Animal Político

Tratado de 1904 reglamentó la invasión chilena de 1879

Réplica ante los ‘mitos’ de Garay

La Razón / Juan Albarracín Millán

00:02 / 06 de mayo de 2012

El 14 de febrero de 1879, las fuerzas navales de guerra de Chile se apoderaron, primero, del mar boliviano e invadieron, después, las poblaciones indefensas del departamento del Litoral; sometieron a un estado de guerra a los pueblos invadidos, depusieron a las autoridades bolivianas y en su lugar erigieron un gobierno chileno que represente a la invasión.

Un cuarto de siglo después, el 20 de octubre de 1904, tras 25 años de una implacable chilenización de las poblaciones sometidas por la ocupación de guerra, Emilio Bello Codecido, por Chile, y Alberto Gutiérrez, por Bolivia, firmaron en Santiago un tratado preparado en Chile, cuyo artículo 1 dice: “Restablécense las relaciones de paz y amistad entre la República de Chile y la República de Bolivia terminando, en consecuencia, el régimen establecido por el Pacto de Tregua”.

Este breve artículo es incompleto, falso y cínico, delata por sí mismo su perversa naturaleza de “Tratado”, como hijo de la guerra.

1) Es incompleto en su texto porque da por “terminada” la guerra desde el Pacto de Tregua de 1884 y no desde la invasión iniciada el 14 de febrero de 1879. Son cinco los años que no se toman en cuenta, de 1879 a 1884, porque no se quiere mencionar la invasión. El Tratado de Paz y Amistad rige recién a partir de 1904 y, en consecuencia, oculta dolosamente el tiempo real que duró la invasión. Para Chile, la guerra, según el Tratado, empezó con la tregua de 1884, no con la invasión de 1879, que para la historia es la fecha verdadera.

2) También es falso el Tratado porque no es verdad que Bolivia y Chile, con la firma de éste, establecieron relaciones de paz y amistad. Fueron 25 años que duraron la invasión y la guerra, tiempo en el que, obviamente, no hubo relaciones de paz y amistad porque fueron años de guerra. Antes de la invasión de 1879, Bolivia vivió 49 años de invasiones chilenas. Chile invadió con su ejército dos veces al territorio de la Confederación Boliviano-Peruana para derrocar al “protector” Andrés de Santa Cruz, entre 1837 y 1839; invadió también Atacama, en 1842, y Mejillones, en 1863. Nunca, entonces, fueron normales las relaciones en la preguerra para que el Tratado declare: “Restablécense las relaciones de paz y amistad entre ambas repúblicas”. Restablecer relaciones es volver a establecer las relaciones después de una interrupción. Y, Bolivia y Chile nunca tuvieron establecidas relaciones de paz.

En 2012, en plena vigencia del Tratado, a 133 años del Tratado “reestablecedor”, el presidente Sebastián Piñera amenazó a Bolivia con el envío de su ejército “competitivo” para hacer “respetar” el Tratado con Bolivia, como si no existiera un “Tratado de Paz y Amistad”, pero si un estado de guerra, ni fuera bilateral el tratado, para que una de las partes ordenara, unilateralmente, la intervención militar contra la otra parte, como sucedió con la invasión de 1879.

3) Es cínico, además, porque definitivamente el Tratado no fue verdaderamente de paz y amistad, sino en apariencia, porque inocultablemente fue un instrumento de administración colonial de todo lo despojado a Bolivia con la invasión y la guerra de 1879-1904, como lo delata por sí mismo el pérfido encierro geográfico de Bolivia, la pérdida de la soberanía marítima, la tributación colonial por el “libre tránsito a perpetuidad”, la absoluta y perpetua ocupación de los territorios asaltados con la acción militar, la engañosa bilateralidad que utiliza Chile para despojarle a Bolivia, abiertamente, de todo derecho.

Invasión y Tratado, como se ve aquí, hacen un todo, sin lugar para separarlos, como lo hace el historiador chileno Cristian Garay (Animal Político del 8 de abril de 2012) al hablar de los “mitos” rancios habidos en torno del Tratado de 1904, para picotear algunas incidencias de la guerra y llamarle muy pretensiosamente, “análisis de la historia desde la visión chilena” (NdR: fue un pretítulo que puso el editor de este suplemento). Obviamente, el historiador no representa a la “visión chilena”, porque sabemos que no repite las argucias el pasado.

Podríamos dar por terminado aquí este comentario si no hubieran cuestiones más actuales que tratar como algo nuevo sobre el Tratado mencionado. Repetir a Abraham König es caer en lo más bajo que hay en la historia chilena. Garay debería haber leído los brulotes del “ultimátum de guerra” que entregó al Gobierno boliviano para arrancarle el tratado a Santiago. König es el padre del antiguo testamento de la oligarquía despótica de Chile. Escribió contra Bolivia frases que representan a la fiereza de la guerra. Para conocerlo hay que enterarse de la opinión que tienen de él en Chile sus historiadores. Por esta razón, en vez de ocuparse de los “mitos” conviene hablar de cosas actuales del Tratado porque son hechos que figuran en el nuevo testamento del Tratado que escribieron no hace mucho los expresidentes Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, y, ahora mismo, Piñera con el “acercamiento” y “la confianza mutua”.

La realidad histórica actual del Tratado no se compone de “mitos” inventados, es la continuación objetiva del Tratado de 1904. El Tratado está vigente, no es cosa del pasado. Es mucho más importante tratar el nuevo significado que ha adquirido éste, que afirmar en forma baladí que el “Tratado fue consensuado”, teniendo delante de los ojos el “ultimátum de guerra” de König que dice lo contrario.

¿Qué tiene que ver el despojo de las aguas de la cordillera boliviana por Chile con el Tratado hoy en vigencia, con los casos del río Lauca desviado de su curso natural y con el despojo de las aguas de los manantiales del cantón Quetena de Potosí? ¿Qué relación hay entre el “Tratado” y la “agenda de 13 puntos”, de casos pendientes, sin exclusiones y otros? ¿Qué es hoy, para Bolivia y Chile, el Tratado de 1904? Ésas son las novedades del Tratado en nuestros días, no otras cosas.

El Tratado de 1904 fue, en su primera parte, una reglamentación de los objetivos de la invasión chilena, consistente en el despojo del mar, el enclaustramiento geográfico, la perdida de la soberanía marítima, la tributación colonial del “libre tránsito”, la imposición del “dominio” chileno absoluto y perpetuo de los territorios asaltados a Bolivia que no son nombrados en el documento, las servidumbres, la penetración invasora a La Paz, hacia el Beni, etc. En su segunda parte, el tratado chileno proyecta su “dominio” de los “territorios ocupados a Bolivia”, a todo el Estado como consecuencia de que el enclaustramiento, la tributación, la pérdida de la soberanía marítima, entre otras acciones, no son castigos de guerra regionales, sino nacionales.

Garay se ocupa de los “mitos” del viejo Tratado de 1904, que es su primera parte, no de la segunda, y es porque cree que el Tratado vale lo mismo ayer y hoy, y comprende a sólo un tiempo congelado alrededor del año 1904. Lo que viene sucediendo en la segunda parte de la vigencia del Tratado es lo nuevo, que no puede ser soslayado porque es la continuación de la primera. Ahora, el Tratado entra en una fase de desenlaces graves, como se observa en el armamentismo chileno, en su mayor agresividad política, en sus nuevos planes sobre Bolivia con el documento, con la audaz agenda de 13 puntos.

Con las relaciones diplomáticas rotas, Chile se siente más cómoda con el Consulado General. Hoy, Chile tiene agendado, sobre la bastarda base de la “confianza mutua”, la explotación de las materias primas bolivianas esenciales como el agua, gas, petróleo o los minerales a cambio del “acercamiento” caliente de ayer, y hoy enfriado a voluntad de Chile.

¿Por qué hacer hoy de los “mitos” inútiles del pasado materia de rediscusión si con ello sólo se reavivan las pasadas agresiones culturales? Sospechamos que hay interés, no de amistad, sino de reabrir heridas, en la “historia” de los “mitos” inventados que no son discutibles ya, para soslayar las cuestiones apremiantes que hoy pueden tratarse, como las vivientes cuestiones que tenemos señaladas y, que le proponemos a Garay, si desea seguir hablando sobre el Tratado con algún provecho para las partes.

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