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La UMSA, un referente pasado de la política, busca volver a serlo

La universidad nacional y en particular la UMSA fue  un interlocutor político cuestionador del Estado tan importante como la COB, hoy, su vocería es casi inexistente, ¿qué sucedió y cuál debe ser su nuevo rol?

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Aguilar Agramont / La Paz

00:07 / 01 de diciembre de 2013

La universidad pública boliviana en general y la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) en particular han jugado un rol político (en el sentido clásico de esta palabra) fundamental en el país; sin embargo, por una serie de factores externos e internos han dejado de ser ese referente que en determinado momento fue tan importante como la Central Obrera Boliviana (COB), para jugar un rol menor o quizás ninguno como mediador entre la sociedad y el Estado.

El reto de la academia es entonces volver a ser ese interlocutor político, todo en el contexto de un nuevo rectorado, el de Waldo Albarracín, quien ganó las elecciones después de una muestra explícita de cómo los vicios de la democracia nacional como la prebenda se han enquistado en la democracia universitaria, cuando el anterior comité electoral hizo todo lo que estuvo en sus manos para inhabilitarlo.

“La universidad ha estado viviendo un proceso de estancamiento en el quehacer nacional. Es tiempo de que vuelva a cobrar el impulso que tuvo como portavoz de todos los intereses de la sociedad, señala el vicerrector electo, Alberto Quevedo.

En efecto, en el pasado la universidad nacional —sobre todo la UMSA como parte de ésta— fue “el eje de una centralidad política tan fuerte como la COB”, describe el académico Gustavo Rodríguez Ostria. Mientras que el también académico Guillermo Mariaca destaca cuatro “grandes” aportes que la institución hizo al país.

El primero fue el diseño del Estado en la época de la independencia desde la Universidad San Francisco Xavier en Chuquisaca. El segundo operó desde la UMSA y se difundió a partir de ella y fue la autonomía universitaria. “La autonomía no sólo fue importante para la institución sino para el país, porque rediseña el poder del Estado poniendo nuevas reglas de juego en la relación entre el Estado y la sociedad”.

La tercera contribución “no es tan visible” y pone a la UMSA como protagonista; se da en la época posterior a 1952 cuando en el nuevo poder político se vincula a los profesionales y ya no a las élites económicas. Por último, está la participación de las universidades —otra vez con el protagonismo de la UMSA— en la recuperación y el diseño de la democracia a finales y principios de los años ochenta, enumera.

Rodríguez delimita esa “sobredimensión política” a las décadas que van de los 40 a los 70, luego se “desdibuja hasta dejar de ser una voz de interpelación al Estado y se vuelca sobre sí misma ‘viendo las cosas pequeñas’, como diría Almaraz, ‘encuevándose’ sobre sí, al punto de existir un proceso político como el que hoy vive el país con la omisión de la universidad. Hoy está en una suerte de limbo”.

Quevedo coincide al decir que la opinión de la institución sobre los temas de interés nacional “casi ha desaparecido”. “Creo que la coyuntura es propicia para retomar este impulso”. ¿Qué factores internos y externos incidieron para que suceda este apocamiento?

Rodríguez menciona un aspecto externo que vino con la democracia: la aparición de otro tipo de organizaciones que ya no necesitaban la mediación de la universidad, como por ejemplo los indígenas, organizaciones de mujeres, entre algunas.

“El espectro social se ha complejizado desde los 80, aparecen actores regionales, cívicos, femeninos e indígenas que pueden cuestionar al Estado sin necesitar para ello la voz de la universidad. Eso le hizo perder protagonismo”.

Mariaca explica lo que sucede en otros términos y especifica que la problemática de la UMSA “es extendible al resto” de las casas de estudio superior con excepción de las de El Alto, Cobija y Siglo XX, por ser de reciente fundación.

“Para todas, menos las mencionadas, la democracia interna se ha degradado y ha adquirido los mismos vicios —más marcados todavía— de la democracia nacional”, que tiene “vicios y limitaciones graves” con su tendencia al autoritarismo por la vía de “la prebenda”, mientras que la democracia universitaria “únicamente” tiende a la “reiteración por la vía de la prebenda”.

Amplía su argumento explicando que en la democracia nacional “al menos” hay pugnas por uno u otro proyecto de país; “en la universidad, en cambio, no hay pugna por proyectos de universidad, sino sólo por intereses inmediatos”.

Esta institución educativa, y en esto fue la vanguardia la UMSA, no sólo fue “referente de todas las luchas sociales del país” —reitera Quevedo— sino también de “la línea que debía seguir el movimiento popular”. Observa que una causa del debilitamiento fue el “modelo neoliberal que castigó una serie de reivindicaciones populares y  dejó aislada a la universidad”.

Otra causa que nota Mariaca es la “creciente eliminación de la autonomía universitaria” no sólo por parte de los gobiernos dictatoriales, sino también de otros democráticos “de manera solapada; eso ha repercutido internamente. La expresión interna se ha ido amordazando de tal modo que de una universidad portadora de las reivindicaciones se volvió una terriblemente prebendalista y se incrustaron un montón de deformaciones de su propia normativa”, cuestiona. No obstante, ve ahí el desafío: “Restablecer el orden con sentido profundo de la crítica y autocrítica dentro de la autonomía”.

¿La autonomía universitaria también ha degenerado de su origen? Esta categoría fundamental del autogobierno de las universidades públicas es la bandera que enarbolan en todas sus movilizaciones; incluso existe una cláusula que campea su indeterminación, con la cual un estudiante o un docente puede ser expulsado del sistema de la educación superior por tener “antecedentes antiautonomistas”.

Si bien es imposible saber a qué se refiere dicha estipulación, sí se puede hacer una evaluación de la autonomía de la universidad boliviana y de la UMSA. La contribución de la autonomía  cumplirá 100 años. “Es un aporte muy importante al país por haber diseñado un Estado que a partir de ese momento contuvo autonomías institucionales en su seno”, apunta Mariaca.

Una cosa es que la introducción de la gestión de las autonomías haya sido tardía (reciente) y que haya sido implementada por la universidad mucho tiempo atrás (1930), eso hace que cobre mayor importancia, subraya. Empero, como la institución ya tiene 80 años bajo esa modalidad, “se puede ver que el modelo de autonomía se ha degradado, hasta ser una pugna, un conflicto, por la prebenda, por las pocas ganancias para las autoridades de turno”.

Si bien no se puede hablar de que exista “corrupción económica”, porque eso es “prácticamente imposible” de hacer; sí existe “corrupción política, es decir prebendas, cargos y privilegios”, pone en cuestión.

Para Mariaca aquí “termina esa autonomía universitaria porque es inviable”. Ésta “aisla” del país a la universidad y está en una crisis “definitiva”. “Lo que no quiere decir que vaya a haber una intervención, ni nada parecido, sino que mientras la universidad y la UMSA sostenga una autonomía prebendal y aislada no tendrá ninguna posibilidad de influencia, ni mucho menos el impacto que debería tener responsablemente con el país”, dice como haciendo eco del deseo de Quevedo de que la institución debe volver a tomar su rol político y el de Rodríguez, que pide una “redefinición” para salir del “limbo”. Esta autonomía “degradada” es la que “condenará” a la universidad pública, de no ser autocríticos a la “irrelevancia”, finaliza Mariaca.

Para Rodríguez, la universidad no tiene mejor manera de autogobernarse que la autonomía, sin embargo, esta modalidad “ha permitido la corporativización de sus intereses por encima del interés común”, lo cual casi coincide con la idea de la “autonomía prebendal”. No ha podido sustraerse del “clientelismo de la democracia boliviana”, no obstante aún se está peor, porque en la política nacional al menos se debaten “intereses de clase”, mientras que en la universidad “no hay debate de ningún tipo”.

Mariaca argumenta que para salir de esa democracia y autonomía prebendales hay que observar cómo los diferentes gobiernos del país son de tendencia hegemónica, “siempre se trata de un partido que quiere imponer un proyecto de país por encima de los demás, resultando gestiones autoritarias”. En ese sentido, la institución educativa superior “es la única” que puede “salvar la democracia” de esa tendencia. ¿Cómo?, además de “formar profesionales” tiene que incorporarse en la reordenación de la democracia mediante la investigación y, por tanto, de la generación de nuevos conocimientos”. El lugar natural para esto es el posgrado. “No puede ser que no sea gratuito y sea prácticamente inaccesible para la mayoría”.

Hoy, la producción de conocimiento nuevo “es ridículamente menor”. Una vez superado esto con la gratuidad del posgrado, la universidad podrá convertirse en “fiscalizadora de las políticas públicas y también diseñadora de políticas de bien común y no de algún proyecto único de país, retomando así su importancia pasada”.

Rodríguez apunta a una redefinición en la que se debata qué universidad quiere el país. Ese debate “no debe restringirse”, sino ser abierto a todos: al Gobierno, a los movimientos sociales y a toda la sociedad. “Esa puerta se tiene que abrir”, concluye rimando con la crítica contra esa “autonomía que aísla”.

La apertura democrática hace que se cobre un nuevo impulso para la participación de la universidad pública en la vida nacional —señala Quevedo— lo cual “es el reto”: “queremos abrir la universidad a nivel regional y nacional para que a través de ella pase la discusión de absolutamente toda la política económica, social y de cambios que se están operando en Bolivia”.

Ésa es la expresión de un deseo que posiblemente fue dicho por muchos binomios entrantes a la rectoría de cualquier universidad pública del país; queda esperar el paso del tiempo para ver hasta qué punto puede pasar de ser sólo una buena intención.

‘Hoy está en un limbo y tienen que redefinirse’: Gustavo Rodríguez Ostria es historiador

Hoy, la universidad está en un limbo y tiene que redefinirse, seguramente no se trata de volver a tener la importancia política que tuvo en los años setenta, cuando fue tan importante como la COB. Eso ha desaparecido hasta hoy y ya no es una voz importante, ya no es una referencia política singular ni conceptual. Otros actores construyeron sus propias voces.

‘Se estancó en el quehacer nacional’: Alberto Quevedo, vicerrector electo de la UMSA

Creo que la universidad ha estado viviendo un proceso de estancamiento en el quehacer nacional y es ya tiempo de que vuelva a cobrar impulso como portavoz de todos los intereses de la sociedad. Virtualmente, su opinión sobre temas como los hidrocarburos o la minería o la Ley de Bancos, por ejemplo, ha desaparecido. Es tiempo de un nuevo impulso.

‘Autonomía prebendal condena a la UMSA’: Guillermo Mariaca, es académico

Es la autonomía prebendal la que condena a toda la universidad nacional y a la UMSA a ser una institución irrelevante. Si la universidad hoy es irrelevante por esas prácticas, la salida es hacer de su centro la investigación y la producción de conocimiento nuevo, y ya no sólo su reproducción. Después podrá hacer lo segundo, fiscalizar y producir políticas públicas.

‘Falta consolidar la democracia participativa’: Waldo Albarracín, rector electo de la UMSA

La democracia representativa universitaria se ha mantenido, tal vez lo que falta es consolidar la democracia participativa para que quienes resulten elegidos no crean que una votación les está dando un cheque en blanco, sino que tengan que consultar constantemente a las bases para asumir un conjunto de decisiones que sean de beneficio de toda la institución y sociedad.

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