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Estados Unidos: agenda con el ídolo caído

El objetivo de una nueva agenda entre Estados Unidos y América Latina parece claro: se precisa de dicha potencia para aprovechar futuras ventajas, así como es mejor lograr una buena predisposición en todo el continente con el propósito de soportar el peso competitivo que viene de India, China y la Unión  Europea.

La Razón (Edición Impresa) / Franco Gamboa Rocabado

00:01 / 21 de diciembre de 2014

La iniciativa asumida por el gobierno del presidente Evo Morales de acercarse a los Estados Unidos es una decisión acertada. No es posible hostilizar las relaciones internacionales con ningún país del hemisferio, mucho más si se ha conseguido la reelección para un tercer mandato (2015-2020). Sin embargo, es vital considerar varios aspectos, sobre todo pensando en que Estados Unidos está dejando de ser la vieja potencia intimidante y hegemónica que antes reclamaba. De hecho, la imagen estadounidense en el concierto mundial ha caído a su más baja expresión, sobre todo por el monumental espionaje internacional que impulsó en su guerra frenética contra el terrorismo islámico, los casos de tortura perpetrados por la CIA, y la violación de los derechos humanos junto al persistente racismo que terminaron por convertir a la democracia estadounidense en una parodia de mal gusto.

TENSIÓN. Las relaciones internacionales entre Estados Unidos y América Latina, en general, han sido siempre de tensión, indiferencia, resistencia, mutua crítica, cooperación, rechazo, resentimiento y admiración. La política exterior estadounidense fue —y todavía es— la combinación de dos actitudes contradictorias. La primera muestra que la mejor forma en que los Estados Unidos sirven a sus valores es perfeccionando la democracia dentro de su país y actuando como faro para el resto de la humanidad. La segunda, que los valores de su nación le imponen a los Estados Unidos la obligación de expandirlos por todo el mundo. Ambos puntos de vista se convirtieron prácticamente en dos escuelas: la de los Estados Unidos como ejemplo democrático y aquella escuela donde los Estados Unidos son un poderoso soldado en campaña que coloca el puntal de la democracia en los lugares donde ésta aún no existe o se encuentra en peligro de desaparición.

La historia diplomática estadounidense es, además, una articulación entre utopías y acciones de intervención que deben enfrentar con mayor intensidad la diversificación y la multiplicidad compleja del escenario internacional. Estados Unidos es un ídolo caído y decepcionante porque su régimen democrático terminó siendo una plutocracia incapaz de transformarse más allá del racismo y la protección de las élites económicas más poderosas. Esta incapacidad hace que su política exterior deba reorientarse hacia un perfil tolerante que deje de lado cualquier prejuicio y renuncie a ser un supuesto ejemplo para el resto de las Américas. Estados Unidos no es un ejemplo para nada. Por esta razón, su conducta internacional se tornó flexible y práctica con el fin de restablecer las relaciones con Cuba y así conectarse con todas las soberanías estatales del continente, en un horizonte de igual a igual.

Bolivia, al acercarse a los Estados Unidos, tendrá que meditar sobre cómo el problema de la soberanía estatal en América Latina y en otros países del mundo se presenta como un espejo de doble cara: por una parte, aparece la aspiración de los Estados libres y con plena autodeterminación, capaces de irradiar internacionalmente el orgullo de una nacionalidad y una identidad irrepetibles.

Por otro lado, cualquier país está forzado por las circunstancias a tener una imprescindible vinculación diplomática con los Estados Unidos, el país más fuerte del hemisferio, de quien se espera benevolencia, dádivas comerciales y cooperación militar para no atomizarse en un contexto histórico cada vez más internacionalizado y difícil, en el cual muchos países pueden fácilmente ser descartados o inclusive agredidos, sin la más mínima contemplación.

Bolivia deberá aprovechar el hecho de que los Estados Unidos perdieron terreno para vincularse con América Latina de una manera más productiva en los últimos diez años, pues el viejo imperio simplemente reprodujo una dinámica tradicional donde reinaba un exceso de desconfianza y donde se debilitó el multilateralismo, entendido como una búsqueda para aplicar principios democráticos y reflexiones sobre el institucionalismo en las relaciones internacionales. Tanto Estados Unidos, como Bolivia y América Latina, necesitan aspirar a la creación de una sociedad de Estados, sin borrar las fuerzas legítimas y la soberanía de cada una de sus naciones, pero fomentando un conjunto de pactos entre Estados considerados iguales, cuyo propósito final esté afincado en la cooperación que facilite el éxito del conjunto de las Américas frente a Europa, Asia y África.

     La agenda de la política exterior latinoamericana también se encuentra barnizada de una mezcla entre utopías y pragmatismo explícito. La ilusión utópica de mantener una soberanía incólume o tomar una decisión pragmática para someterse a los Estados Unidos, está sujeta al logro de buenos resultados. Este vaivén político sirve para explicar por qué es necesario reconstruir las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos, a pesar de tantos conflictos como las relaciones comerciales siempre desiguales en los Tratados del Libre Comercio, o la reproducción del atraso económico y la pobreza, después de haber aplicado religiosamente los términos del Consenso de Washington en la década los años noventa.

VENTAJAS. Estados Unidos es un actor fundamental en Las Américas, aunque sin otorgar mayores beneficios para América Latina. Por lo tanto, el objetivo de una nueva agenda exterior entre Estados Unidos y América Latina parece estar muy claro: se precisa de dicha potencia para aprovechar futuras ventajas, así como es mejor lograr una buena predisposición en todo el continente con el propósito de soportar el peso competitivo que viene de India, China y la Unión Europea. América Latina, y Bolivia por supuesto, deben revertir el estigma del estancamiento y la identidad de una región que no puede superar la pobreza, tratando de mostrar al mundo que su democracia política es un valor susceptible de convivir con nuevos patrones de crecimiento económico y estabilidad realmente duraderos.

Reconstruir la agenda exterior con los Estados Unidos, implica la posibilidad de debatir y consultar con la sociedad civil cuál podría ser el curso de los futuros acuerdos en materia de participación del sector privado en el desarrollo, inversión extranjera directa, lucha contra el narcotráfico y control en los flujos de dinero de la cooperación internacional que, en teoría, buscan combatir a la pobreza.

La idea no es presentar la imagen de buena conducta ante los Estados Unidos, sino una cara democrática donde se fortalezcan los valores de participación interna y se los exporte hacia una nueva estructura de equilibrios internacionales. El acercamiento y la confianza entre los Estados Unidos, Bolivia y América Latina requieren de otro enfoque concentrado en el consenso democrático y la consulta ciudadana para fortalecer la estabilidad interna, como un nuevo prerrequisito de legitimidad internacional.

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