Animal Político

¿Vencer o morir? o ¿vencer y morir?

Una victoria del No, aun la más magra, que en circunstancias ‘normales’ no superaría el rango de una llamada de atención, adquiere un sentido apocalíptico gracias a las premisas planteadas por el propio régimen y especialmente por su augurio vicepresidencial.

La Razón (Edición Impresa) / Róger Cortez Hurtado

00:01 / 18 de enero de 2016

Basta uno: un solo voto es suficiente para ser derrotado, lo que no funciona al revés; es decir, que la ventaja con un voto, con un punto porcentual, o cinco, no alcanza a coronar la victoria, tal  como la quieren, necesitan y anhelan el Presidente y su Vicepresidente. La mínima diferencia les permitiría celebrar y ostentar un triunfo formal, pero no satisface la planificación y el cálculo que llevaron a apresurar a marchas forzadas el referéndum.

Las causas que llevaron a precipitar la consulta han sido la necesidad de reforzarse políticamente ante los efectos de una persistente disminución de ingresos, reservas y, en general, disponibilidad de recursos que hacen menos atractiva y viable la posibilidad de una tercera reelección. Detrás de lo evidente está, también, la ilusión de que ganar el referéndum serviría de cimiento para garantizar el triunfo de la dupla oficial en 2019.

No obstante que el cierre de la última gestión económica del país es favorable, en nítido el contraste de lo que ocurre en nuestro vecindario regional, las señales de que las condiciones se harán cada vez más difíciles no dejan de acumularse. Y, a la presión de la coyuntura de escasez, tiene que agregarse la que nace del creciente descontento y desconfianza, que provoca la gran corrupción, mal que les pese a quienes buscan reelegirse, que siguen hablando de “microcorrupción”. Tales problemas parecen restringirse, por hoy, casi exclusivamente alrededor del gran aparato de cooptación y clientelismo del Fondo Indígena, operado como fondo partidario-corporativo, pero, en realidad la corrupción abarca un espacio mucho más amplio, al amparo de las invitaciones directas para adjudicar grandes obras y del manejo discrecional de recursos, que de momento es poco visible y seguirá así, mientras el partido de gobierno controle de manera tan holgada la maquinaria estatal.

De tal modo, la prisa que inicialmente se justificaba para exprimir hasta la última gota la simpatía de los electores, antes de que termine de instalarse una etapa más rigurosa, ahora parece ineludible, ante las reacciones que traen y presagian las inocultables evidencias de descomposición de la manera en cómo se administra el país y se dispone del poder.

Tratando de neutralizar esas huellas, el aparato propagandístico gubernamental ha seleccionado un código radicalmente economicista, que se esmera en explotar los éxitos del pasado y la promesa de gigantescas realizaciones futuras. El Gobierno no es causante de la caída internacional de precios, pero el tono exitista de su campaña soslaya toda alusión a los problemas que se avecinan y presenta proyecciones rebosantes de candoroso optimismo, que serán la referencia fresca con que el electorado juzgará sus realizaciones dentro de cuatro años.

En cuanto al contenido político de la campaña oficial, se limita a agitar el retorno de maltrechos y envejecidos “neoliberales” y excluye, del todo, aludir a las inconclusas tareas de construcción de un nuevo Estado o de transformación de las relaciones sociales y prácticas intelectuales y éticas colectivas.

Bajo esa orientación y con la baraja presuntamente ganadora que proporciona el control completo del Estado en campaña proselitista continua, se manifiesta, sin embargo, una creciente incertidumbre de la fuerza política que ganó las últimas elecciones acariciando los 2/3 y que ha multiplicado por más de cinco veces los casi 600.000 votos que obtuvo en 2002, cuando se presentó por vez primera, con su nombre y sigla actuales a disputar el gobierno a los más de tres millones que obtuvo en 2014.

Esa historia de éxitos, que ostenta inacabablemente y que ha dado base a su arrogante predicción de que llegará al 70% de favorables al Sí para reformar la Constitución, es hoy su prisión y la madre de sus angustias, porque cualquier victoria que esté más cercana a la proporción de su primera (la de 2005) no legitimará recortes ni ajustes, mientras que cualquier derrota, por magra que sea, tendrá sabor a desastre.

Los sondeos y encuestas realizados hasta ahora exhiben, unánimemente, una tendencia a que las cifras estén muy parejas, y la mayoría detecta una inclinación en favor de los negativos. Eso se aplica inclusive para las dos últimas, que detectan un triunfo del Sí, porque la alta e inusual proporción de quienes no responden (escudados tras el “voto secreto” o “no sabe”) es más propensa a volcarse en contra, ya que es difícil que los encuestados teman revelar una posición favorable al poder, o que sea parte de una corriente francamente predominante.

Si se diera un triunfo oficialista con menos de la mitad de los votos emitidos, que el Tribunal Supremo Electoral (TSE) informará y acreditará como de mayoría simple, debido a que en el cálculo se toman en cuenta solo los votos “válidos”, puede solo interpretarse como un anuncio definitivo de que los electores decretan el inicio del temido tiempo de la exigencia de cuentas. Ganar de ese modo, o con un margen estrecho, aunque se sitúe por encima de la mitad de votos válidos, lejos de servir como plataforma para asegurar la victoria en 2019, anuncia que se incrementará la severidad social ante la corrupción, la falta de transparencia y la reiteración de abusos.

Se suele perder de vista que ése es en realidad el talante colectivo que se va afianzando y lo único que probaría lo contrario es que el Sí se imponga con una proporción cercana a la que obtuvo el MAS en la elección del año pasado.

En la otra vereda, una victoria del No, aun la más magra, que en circunstancias “normales” no superaría el rango de una llamada de atención, adquiere un sentido apocalíptico gracias a las premisas planteadas por el propio régimen y especialmente por su augurio vicepresidencial. Asumió éste la responsabilidad de interpretar los resultados de la elección nacional de 2014 como una izquierdización, históricamente afianzada del voto y favorable al régimen, cuando en verdad expresaban simplemente un ánimo pragmático y previsor de los electores; y de anunciar ahora un desastre sideral, si no gana en febrero, contribuye así, con sus cábalas y elucubraciones, a inflar la sensación interna de zozobra que cunde ante la incertidumbre.

Adoctrinados de ese modo, e inmersos, además, en una tradición organizativa en la que existe un único árbitro y decisor final, dirigentes y militantes han perdido la capacidad de imaginar —y manejar, menos— otra manera de existir y proyectarse. Gracias a su propia acción y decisión, incluyendo la convocatoria al referéndum, parece demasiado tarde para enmendar la esquematización que amarra y subordina las transformaciones, exigidas e impuestas por la sociedad, a la continua presencia y vigilancia de un Mesías y su asistente.

Volviendo al inicio: si la reforma constitucional pensada para reelegir a los reelegidos no se impone por amplio margen, lejos de obtener el reforzamiento de legitimidad y una promoción de su candidatura de 2019, inducirá una menor tolerancia y paciencia social ante una gestión cada vez más distante de sus orígenes y principios y cada vez más sumergida en la vieja tradición del uso sensual y abusivo del poder.

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