Animal Político

Entre la Venezuela roja-rojita y el Paraguay colorado

Motivados por éxitos económicos palpables en contextos ideológicamente opuestos, los latinoamericanos parecemos haber encontrado, a tientas, una ruta común tantas veces soñada

La Razón / Rafael Archondo

00:00 / 28 de abril de 2013

Con sólo una semana de diferencia —en Venezuela el 14 y en Paraguay el 21 de abril— se han celebrado elecciones en lugares y sociedades que parecen diferir abismalmente aunque habiten el mismo continente. La patria de Hugo Chávez se mantiene roja-rojita a pesar del éxodo de medio millón de votantes a los puertos de la oposición, mientras el Paraguay, vituperado por el derribo de Fernando Lugo en junio del año pasado, ha regresado a la normalidad institucional, que en ese país vuelve a llevar el atuendo de los colorados.

Los contrastes entre ambos comicios saltan a la vista. En Venezuela, el partido político que ha venido montándose a lo largo de 14 años de ejercicio del poder, el Socialista Unido (PSUV), aún no puede ser derrotado en las urnas, a pesar del ascenso, por primera vez expectante, de la Mesa de Unidad opositora. En Paraguay, el desencanto por los tímidos intentos de un exobispo por emprender reformas sociales desde el Palacio de Gobierno le ha devuelto el mando a la sigla que pasó al llano en 2008, pero sólo para organizar su rebrote imponente apenas un lustro más tarde. En los dos países se han impuesto opciones ideológicamente antagónicas y parecen consolidarse perdurables aparatos de movilización electoral, capaces de desbaratar cualquier disidencia interna significativa.

Nicolás Maduro vale como la reafirmación de un camino elegido con ardor desde 1999, mientras Horacio Cartes es la rectificación de un ensayo fallido por integrar a Paraguay a la ola de redenciones sociales y antiimperialismo militante, que acompaña a grandes zonas de América Latina desde inicios del presente siglo. Mientras el norte se agobia y deprime con su crisis económica, acá en el sur pareceríamos estar empujando nuestra tardía guerra fría doméstica entre dos modelos que se adversan recurrentemente.

Una reinducción democrática. Sin embargo, a pesar de que Venezuela y Paraguay caminan por rutas contrapuestas, prevalece un rasgo compartido que ayuda a comprender las cosas desde una nueva perspectiva. En ambos países las disputas políticas han tenido que circular por las anchas avenidas de la democracia, de las campañas en pos del voto popular y de la necesidad de persuadir antes que imponer. Así, la oposición venezolana se ha aproximado al poder sólo en la medida en que ha acatado las reglas del juego electoral y ha invertido sus esfuerzos en la construcción de una opción, que sin desconocer los logros sociales de la Revolución Bolivariana, signifique un paso más hacia el progreso de todos. Del mismo modo, esa misma oposición se ha apartado del consenso popular cuando después de su última y apretada derrota ha optado por la furia, el cacerolazo y el desacato. Si un valor tiene arraigo en la Venezuela de hoy, además del ideal de justicia redistributiva emanada de la riqueza petrolera, es la invalidez o ilegitimidad de cualquier acto violento que amenace con hacer naufragar el orden vigente.

Desde la otra orilla, en Paraguay, el derribo de Lugo, en junio de 2012, a pesar del repudio mediático regado sobre sus autores, se operó invocando la Constitución, reuniendo una aplastante mayoría congresal y sin más estruendo que el compungido repliegue del presidente destituido, quien respondió al juicio sumario de 48 horas organizando un frente político dispuesto a competir en las pasadas elecciones. De haber podido unir a la nueva izquierda paraguaya bajo una sola bandera, los seguidores del exobispo hubiesen abrazado un prometedor 10% de los votos, cifra antes impensada en un país que a lo largo de décadas fue un bastión cerril del anticomunismo. Si esas fuerzas alternativas, que despertaron a la vida tras la caída de Lugo, saben asimilar ahora la lección, se unifican en torno al liderazgo del periodista Mario Ferreiro y organizan una plataforma viable y realista, bien podrían encaminar a su país hacia una verdadera alternancia que modere el poder de los colorados e imite la exitosa trayectoria del Frente Amplio en el Uruguay. La ecuación promete: a más izquierda en el Paraguay, mayor desarrollo del pluralismo.

Lecciones valiosas. Lo que aprendemos al comparar ambos países es que cuando las democracias se ven desafiadas por la desmesura de partidos dominantes o partidos de Estado, como el PSUV o el colorado (Asociación Nacional Republicana, ANR), persisten las esperanzas, pero también los incentivos, para que las minorías desplazadas desbrocen el camino de su retorno al poder mediante un persistente apego a las reglas electorales y una paciente labor de persuasión que no se aparte de los consensos generales ya establecidos por la fuerza mayoritaria. Este largo trayecto implica tener que hacer concesiones importantes como la de reconocer que las premisas fundamentales sobre las que se asienta el partido hegemónico, gozan de plena validez entre el común de la gente y que la fuerza alternativa está obligada a profesar su aceptación, así sea parcial, para llegar al corazón de las adhesiones nacionales.

Una fuerza que se abre paso en un contexto tan controlado por el adversario, necesita producir la sensación de que la alternancia en su favor no implica un salto al vacío, sino una continuidad mejorada. En tal sentido, ni Henrique Capriles puede hacer oficio como sepulturero del chavismo ni la izquierda paraguaya puede ataviarse de un perfil bolchevique ante los círculos señoriales de ese país.

Lo señalado hace instantes me hace pensar que a pesar de que Venezuela y Paraguay compiten por escribir un manual de gestión gubernamental para el continente, la dinámica de sus propias democracias las lleva a entregarse a una “contaminación cruzada” de sus principales atributos. Ni el anticomunismo tradicional de Asunción ni las aspiraciones socialistas de Caracas podrán imponerse químicamente puras en un contexto de obligados comportamientos democráticos. Las presiones y la mímesis de sus respectivas oposiciones aportarán con el necesario equilibrio que al final tiende a forjar un proyecto común que terminará siendo una genuina creación latinoamericana.

La prueba final de que América Latina ensaya un modelo propio desde las antípodas es que los éxitos económicos se repiten sin considerar las diferencias ideológicas. Tan bien le va a Venezuela o a Bolivia con sus altos índices de reducción de la pobreza, como le va a Brasil o Perú en sus titánicos esfuerzos por atraer inversiones y dar un salto tecnológico. Por ello no es casual que después de las turbulencias políticas de las últimas décadas, donde datos como el golpe en Honduras o los altercados entre Álvaro Uribe y Rafael Correa parecieron fracturar a América Latina en dos trincheras irreductibles, pronto Maduro y Cartes tendrán que compartir la misma mesa en un Mercosur que los reúne a ambos en el esfuerzo por llegar a convertirse en una nación continente.

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