Animal Político

Vestigios de la guerra fría

La relación entre Estados Unidos y China es decisiva para las crisis con Corea del Norte y Taiwán. Es difícil que haya en el siglo XXI un acuerdo entre los grandes  para resolver ambos contenciosos.

La Razón / Xulio Ríos

00:00 / 12 de mayo de 2013

El contraste entre la situación en la península coreana y a través del Estrecho de Taiwán no puede ser mayor. Ambos contenciosos son legado de una guerra fría que en Asia está aún por cerrar. El conflicto ideológico subyace en el origen paralelo y casi simultáneo de la división entre las dos Coreas y entre China y Taiwán, pero sus trayectorias al día de hoy son diametralmente opuestas.

Ha habido hace poco semanas de gran tensión en torno al paralelo 38. La espiral de sanciones, ejercicios militares y amenazas de altos vuelos parecía no tener fin. Pese al apaciguamiento que ahora se respira, todo indica que podríamos volver de nuevo a revivir la misma situación si el frágil compromiso logrado deriva en un nuevo bloqueo. Podría decirse que, al final, Pyongyang logró su objetivo de abrir el diálogo con Seúl y las demás partes. En su reciente gira por Asia, John Kerry dijo que las negociaciones directas entre Pyongyang y Washington son posibles y si los anteriores intentos de entablar el diálogo han fracasado es necesario hacer otros nuevos. Park Geun-hye, la presidenta surcoreana, estaba estos días de visita en Washington para consensuar la estrategia a seguir.

Entre la China “comunista” y la China “nacionalista” el conflicto va por otro camino, especialmente desde 2008, cuando el Kuomintang recuperó el poder en Taipéi. La tensión parece haberse orillado en aras de facilitar un entendimiento que, progresivamente, pueda abrir camino a una reunificación de hecho y pacífica. Es bien sabido que Beijing considera la reunificación con Taipéi un objetivo irrenunciable. Como en otros órdenes, su instrumento privilegiado es el poder de atracción de su economía, tejiendo en torno a él una compleja red de intercambios y dependencias que pueda vencer las resistencias, que no son pocas ni menores.

China y Estados Unidos son, en ambos contenciosos, referentes inexcusables. En el escenario coreano, Washington ha presionado a Beijing para contener a su aliado. La situación para China es cada vez más incómoda pero ante la imposibilidad de cambiar la geografía se impone el temor a un desmoronamiento del régimen que desemboque en una unificación precipitada y pilotada por Seúl y Washington. No obstante, además de secundar la resolución de la ONU que ha impuesto nuevas sanciones a Pyongyang, el debate acerca de la incondicionalidad del apoyo a Corea del Norte arrecia en las altas esferas, muy quejosas de lo que consideran “ingratitud” norcoreana. Xi Jinping lo advirtió a su manera cuando señaló que nadie tiene derecho a precipitar a Asia en el caos por intereses egoístas. La tensión que hubo hace unas semanas ha facilitado argumentos a Washington para justificar el traslado de buena parte de su operativo militar a la zona, pero también puede propiciar un campo para la cooperación entre Estados Unidos y China. Beijing, consciente de que podría perder más que ganar, se afana por evitar la confrontación y por construir con Washington lo que llama un “nuevo tipo de relación entre grandes países”.

El acercamiento entre China continental y Taiwán también ofrece lecturas dispares en Estados Unidos. Por más que el presidente taiwanés Ma Ying-jeou redobla las garantías respecto a su alianza en materia de seguridad, el Pentágono teme que el incremento del espionaje continental afecte a la defensa. El aumento de la dependencia respecto al continente abre un serio interrogante sobre el futuro de sus relaciones y no pocas voces reclaman una reducción del apoyo. Taiwán juega a la ambigüedad, pero la tentación de los beneficios que sugiere el continente es un bocado demasiado apetitoso para sus élites empresariales.

Jugando a la ficción, ¿sería posible un acuerdo estratégico entre Estados Unidos y China que ponga fin a ambos contenciosos? La unificación de la península coreana bajo la égida de Washington y la reunificación de China y Taiwán bajo la égida de Beijing pareciera un marco aceptable, pero en el mundo del siglo XXI, poco probable. En primer lugar, no está claro que el cese de la ayuda china equivalga automáticamente a un colapso del régimen norcoreano ni tampoco que Corea del Sur tenga interés real en cargar con el pesado fardo del subdesarrollo norcoreano cuando tanto se juega en los procesos de integración en curso en la región. Por otra parte, China, como ha venido haciendo en tantas materias, aspira a anunciar la unificación con Taiwán cuando ésta ya esté prácticamente completada. En los últimos cinco años ha destrabado muchos obstáculos y si bien quedan antipatías por vencer confía en su atractivo comercial y en el pragmatismo para mitigar la capacidad de influencia de Washington que bien podría mirar para otro lado si obtiene a cambio otro tipo de ventajas. La creatividad china en cuanto al diseño de una nueva forma de vida internacional capaz de preservar una amplia autonomía taiwanesa completaría el círculo.

Las cosas en Asia se mueven deprisa. La clave del futuro inmediato reside en el tono principal de las relaciones sino-estadounidenses. De imponerse la confrontación, la solución de ambos litigios podría dilatarse y atravesar periodos de tensión. Si la cooperación predomina, podría abrirse un camino sustancialmente diferente.

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