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Zapata, los medios y la posverdad

Indudablemente las declaraciones de Gabriela Zapata, quien cambió la historia del país, eran y son noticia. La virulencia con la que los antievistas reaccionaron en contra del mensajero solo es comprensible porque rompía la zona de confort y les dejaba sin argumento. No hubo hijo, por tanto no hubo tráfico de influencias.

La Razón (Edición Impresa) / Jaime Iturri Salmón es periodista, director de Contenidos de la Red ATB

00:00 / 12 de marzo de 2017

La mayor contribución a los estudios sociales en los últimos años es el concepto de posverdad, es decir: la mentira que un grupo de personas quiere creer. Así pudo triunfar Donald Trump después de que lo hicieron los partidarios de la salida de Gran Bretaña de la zona Euro.

Y posverdad es lo que una buena parte de la población siente frente al caso de las nuevas declaraciones de Gabriela Zapata. Los que la amaban por su primera versión hoy la tachan de mentirosa y los que la odiaban ahora le creen. Así de acomodaticia es la “verdad”. La oposición apostó con todo a favor de la versión del exjefe nacional de Inteligencia Carlos Valverde de que el hijo existía, y hoy duda de que Samuel Doria Medina hubiera supuestamente financiado una monumental tramoya. El oficialismo apoya el pedido a un nuevo referéndum en el hecho de que parte de la opinión pública sufrió la influencia de la noticia de un niño que nunca existió.

Indudablemente las declaraciones de Gabriela Zapata, quien cambió la historia del país, eran y son noticia. La prueba está en que antes de la llegada del Carnaval se convirtieron en el centro de atención y de polémica. La virulencia con la que los antievistas reaccionaron en contra del mensajero solo es comprensible porque rompía la zona de confort y les dejaba sin argumento. No hubo hijo, por tanto no hubo tráfico de influencias. Pudieron haber sido 18 minutos intrascendentes pero se convirtieron no solo en los más vistos de la historia de la televisión y de los portales de noticias de la internet (en este caso se llegó a 2 millones 100 reproducciones tan solo en las primeras 24 horas).

En el caso de la televisión, en una última encuesta realizada la semana pasada por la empresa Tal Cual, un 79,1 por ciento de los entrevistados en las ciudades capitales más El Alto respondió que vio la citada entrevista. Está claro, noticia es lo que a la gente le interesa. Y estas declaraciones le interesaban al público. Y vuelvo a repetir algo que declaré muchas veces: otros en mi lugar hubieran matado por este material.

La oposición hizo un rápido balance y contraatacó con dos estrategias destinadas a no discutir el fondo de la cuestión:

a) Vanalizar la entrevista colocando memes que echen la culpa de las cosas más disparatadas a Samuel Doria Medina. Así se dijo que él era culpable del descenso de Bolívar en los años 60, del calentamiento global, de la victoria de Donald Trump, etc. Así, lo dicho por Zapata pasaba desapercibido o por lo menos, pasaba al territorio de lo inverosímil.

b) Atacar al mensajero mostrando que, supuestamente, la forma no era la adecuada. Así, nuevamente, no se discutía el fondo de la cuestión sino si era o no entrevista.

Este argumento cae por sí mismo, todos los que saben de periodismo reconocen que no hay una sola forma de presentar una entrevista y que muchas veces no se usa las preguntas. En este caso había una condición de quien entregó la grabación.

Este tipo de pactos se presentan regularmente en las redacciones. Los periodistas respetamos el off de record, por ejemplo, un acuerdo de que la fuente dice cosas que no se pueden citar pero que sirven para que el informador comprenda mejor el contexto donde se da la noticia. La propia Ley de Imprenta boliviana contempla que la fuente pueda no ser mencionada y siempre hemos protegido este derecho. Y quien proporciona información es una fuente que era el caso de la grabación a Zapata.

Evalué mucho el riesgo de poner una entrevista donde solamente figuraran las respuestas pero llegué a la conclusión de que era información tan valiosa como la anterior y tan cuestionable como las anteriores versiones de Doña Gabriela.

¿Qué aportó Zapata? Algunos colegas han cuestionado si esta era una entrevista. Supongamos que están en lo cierto (criterio que no comparto) pero nadie podría dudar de que la información proporcionada por la exejecutiva era valiosa. Sobre todo la que aclara que:

a) El niño nunca existió.

b) Quien le abrió las puertas de la CAMC era un alto ejecutivo de la empresa que a la sazón fue su pareja con la que alquiló la casa de la familia Fortún.

c) Que se urdió una tramoya por intereses políticos de lastimar al Gobierno.

d) Que la señora Cinthia Perou fue varias veces a visitar a Gabriela Zapata y no precisamente para enseñarle a tejer polquitos.

Queda en la duda si Wálter Chávez ya conspiraba con Doria Medina desde el 2005 o si se trata de otra mentira de la exejecutiva de la CAMC. Habrá que esperar más pruebas para formar criterio.

Otra cosa importante, la usina de comunicación de la oposición (que, se sabe, hasta usa cuentas falsas de Facebook) funcionó mañana, tarde y noche. Pero la del MAS se mantuvo mucho más ocupada en el 21F que en promocionar el caso.

La esquiva verdad. “El hombre se acerca a la verdad a retazos”, decía Federico Engels y este es el caso donde las personas toman posición de acuerdo a la que mejor se acomoda a su modo de pensar.

Pero no corresponde a los periodistas juzgar sino solo mostrar la mayor parte de las visiones. Lamentablemente tanto Samuel Doria Medina cuanto Eduardo León se negaron a ser entrevistados por ATB. En el caso del abogado, primero pidió dar su versión y luego negó la posibilidad.

El enojo y la alegría pasarán. Me quedan dos lecciones:

1) En tiempos de posverdad habrá siempre quien quiera creer en la mentira.

2) Los consumidores cada vez son más críticos con los medios de comunicación y expresan esto a través de las redes sociales. A veces no de la manera más adecuada, muchas de ellas en medio de prejuicios del más diverso pelaje. Pero, aun esto es parte de la democracia que los medios y los periodistas tanto valoramos.

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