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Ante los albores de un cisma en la FIFA

A Belisario Flores, por la colaboración. Los actuales jerarcas del fútbol federado (la FIFA) tienen en sus manos decisiones que implican miles de millones de dólares, además de organizar campeonatos y revisar la normativa del deporte. Y todo eso sin tener que rendir cuentas a nadie.

La Razón (Edición Impresa) / Mario Murillo

00:01 / 07 de junio de 2015

La Reforma Luterana y el escándalo de la FIFA. Cuando en 1517 Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg, fundaba la Reforma Protestante. El cisma resultaría en la pérdida irreversible para la Iglesia Católica Romana del monopolio religioso en Europa Occidental. Aunque suene descabellado, parece ser lo más pertinente —en términos sociológicos—: comparar las condiciones institucionales y culturales de ese fenómeno con los sucesos vividos por la FIFA en estos últimos días.

Sin llegar a comparaciones abusivas y caricaturescas —las diferencias entre religión y deporte son muchas—,  hay rasgos comunes entre la vivencia del fútbol en el siglo XXI y la cultura cristiana del siglo XVI.  Multitudes de adeptos y seguidores; la implicación de una fe, una creencia —como toda práctica masiva y devocional, para existir el balompié requiere generar un significado trascendente—; la imposición de un calendario que a su vez determina los ritmos del año solar; una forma de camuflar las relaciones de dominación y de adormecer al pueblo; y una vía para alcanzar estados de éxtasis y elevación de otra manera inaccesibles. En ambos casos, la incondicional adhesión colectiva genera un poder inconmensurable para los funcionarios de más alto rango.   

Las coincidencias estructurales entre la Iglesia que heredaron los Borgia y la FIFA que reeligió a Blatter (pero quien luego renunció), se revelan así sumamente significativas desde una perspectiva basada en la distinción entre formas y contenidos sociales.

Institución y contenido. Uno de los principales atributos de toda institución es la tensión entre su carácter artificial —somos los humanos los que las inventamos— y su capacidad de funcionar como estructura preexistente y reguladora de la acción individual —nos “olvidamos” de que las inventamos y las vemos como si fueran naturales. Si los individuos solo ven el carácter artificial de la institución e ignoran sus cualidades “inmutables”, ésta es incapaz de regir y estructurar la actividad social. Al contrario, cuando se asimila la institución con una forma incuestionable y “natural”, para los individuos resulta impensable que se trate de una construcción susceptible de ser revisada.

Antes de la reforma protestante, en Europa Occidental ser cristiano era sinónimo de obediencia al Papa. Los contenidos del cristianismo eran dogmatizados y administrados por esa estructura institucional y eclesial. A tal punto que era impensable decirse cristiano sin adherir a dicha Iglesia. La fe, la impartición de sacramentos e indulgencias, la interpretación de las Sagradas Escrituras, el calendario litúrgico: todo pasaba por la mediación de la Iglesia del Vaticano.

Hoy en día, la FIFA —entidad constituida y reconocida con el fin de organizar, legislar y controlar el fútbol federado a nivel mundial— tiene la legitimidad para coordinar la competición, administrar los recursos y vetar a quien contravenga sus designios. Su poder es tal que se ha liberado de la obligación de rendir cuentas y ha adquirido atributos de poder supranacional que trasciende las Constituciones y la soberanía de los Estados, apoyándose en la fe de millones de adeptos adoctrinados desde la infancia.

Derivas éticas y morales. En el siglo XVI, las condiciones estaban dadas para la eclosión de movimientos reformistas religiosos. En ese contexto —al que se sumó el insumo tecnológico de la imprenta— se hizo posible el cuestionamiento de la jerarquía eclesiástica y de la autoridad del Papa como Pontífice. La deriva ética en la que cayeron los jerarcas de la Iglesia, los afanes políticos por salvaguardar el poder a todo precio, las contradicciones y la lejanía entre las prácticas efectivas del clero y los dogmas fundacionales, se hicieron demasiado evidentes como para ser ignorados, aun por cristianos tan fervientes como Martín Lutero.

Más allá de las emociones de un clásico a estadio lleno, del vértigo de una definición a penales, del júbilo de un gol salvador, hay una institución que vela porque estos primores se lleven a cabo según las reglas: la FIFA. Años de “rumores” nunca fueron suficientes para suscitar vientos reformistas. Con la investigación del Departamento de Justicia de Estados Unidos y el escándalo en curso, ahora somos testigos del génesis de un cuestionamiento radical respecto a la forma de manejar el fútbol federado.

Conviene recordar que la FIFA es producto de la devoción masiva por el juego, y no al revés. Es la cristalización institucional de una vocación colectiva por la competencia organizada que ha ido creciendo a lo largo del siglo XX en la medida en que el balompié se difundía hasta tornarse en una de las actividades más apetecibles para la economía de mercado. Los actuales jerarcas del fútbol federado tienen en sus manos decisiones que implican miles de millones de dólares, además de organizar campeonatos y revisar la normativa del deporte. Y todo eso sin tener que rendir cuentas a nadie.

Acordes con la naturaleza del hombre ante el poder ilimitado, estos señores han usado a la FIFA y al fútbol para enriquecerse descaradamente, perpetuarse en su posición, blindarse legalmente de cualquier conato de auditoría y establecer una red de corrupción que se extiende a entidades estatales y bancarias, firmas multinacionales y empresas constructoras que, por tratar con la FIFA, se revisten también de impunidad. Consolidando un régimen perfecto y totalitario, estos funcionarios han elaborado un poder que se reproduce a escala fractal en todas sus federaciones y confederaciones afiliadas.

Cosmobolitismo. Bolivia no es la excepción en cuanto a los vicios institucionales arriba descritos. Desde 2006, el presidente de la Federación Boliviana de Fútbol (FBF), Carlos Chávez, lidera una institución ineficiente, corrompida y sin ningún tipo de apoyo popular. En las últimas dos gestiones ha conseguido ser elegido con la misma forma antidemocrática y hermética que Blatter. Parece que nada puede penetrar esa “caja negra” que es la FBF. Dado el escándalo a nivel mundial y la posterior renuncia de Blatter, todo indica que vivimos el momento más propicio para tomar acciones definitivas y evitar la perpetuación de este auténtico cáncer institucional.

Inspirados en el espíritu reformista de Lutero, es hora de que los bolivianos cuestionemos a los que administran ese espacio simbólico de carácter sagrado que es el fútbol. Es momento de tomar conciencia de que es inadmisible que un grupo de inescrupulosos se beneficie a costa de nuestra pasión por un juego tan hermoso. El Estado, la prensa, los clubes, los jugadores y, sobre todo, los hinchas debemos tomar cartas en el asunto.

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