Animal Político

Más allá de la izquierda y la derecha

En el siglo XXI, las posiciones de izquierda y derecha conviven junto a la economía capitalista, el potencial democrático de los movimientos sociales y el hecho de abandonar los radicalismos utopistas.

La Razón (Edición Impresa) / Franco Gamboa

00:01 / 08 de febrero de 2015

A 25 años de la caída del Muro de Berlín (1989-2014), las principales diferencias históricas entre la izquierda y la derecha tienden a disolverse. Especialmente porque algunos patrones de comportamiento difundidos por la democracia como cultura política consiguieron compatibilizar diversas ópticas, de manera que aquello defendido por la izquierda como equidad y justicia social también terminó por articularse con lo que la derecha identificó en términos de progresismo: respeto de todos los derechos en la Constitución y reconocimiento de la participación de diferentes clases sociales, grupos étnicos, e incluso la lucha de las mujeres para erradicar el patriarcado.

Las viejas polarizaciones dejaron de ser violentas e irreconciliables, porque los sistemas democráticos sugieren que el posicionamiento izquierda-derecha juega un papel tolerante muy significativo, pues permite el reconocimiento y la legitimación del desacuerdo político, pero sin la pugna de modelos utópicos de sociedad y economía. Actualmente pervive una identificación ideológica cuyo objetivo es delimitar algunas aspiraciones y principios, sustentados en la necesidad de aportar visiones de mundo siempre diferentes. Sin embargo, también ha ido desapareciendo todo debate respecto a cómo pensar un proyecto revolucionario.

RELATIVIDAD. La crítica contra la propiedad privada, como el origen de cualquier desigualdad y forma de explotación, también fue relativizándose o ablandándose, para convencer a los revolucionarios de izquierda que inclusive los obreros y campesinos podían convertirse en pequeños propietarios con derechos de ciudadanía, abiertos al goce del acceso al crédito y a los beneficios de algún tipo de patrimonio para combatir la pobreza, al mismo tiempo que es posible impulsar el crecimiento económico afincado en el camino hacia la propiedad para las grandes mayorías.

En los procesos electorales, tanto izquierda como derecha asumieron, por igual, todas las demandas que provienen de los sectores privilegiados o de las élites, comprendiendo la necesidad de combinar las demandas de la clase obrera con la de los jóvenes, las mujeres, las comunidades indígenas, entre otros. Cada uno de los votos vale para llegar al poder o tener algún tipo de representación parlamentaria. Esto es una norma evidente para cualquier partido o ideología en elecciones democráticas.

La posibilidad de tomar el poder en el fondo no es una ruta custodiada por las fuerzas revolucionarias, como si fueran ellas las que representan la única legitimidad. En realidad, la legitimidad de la izquierda y de la derecha en el siglo XXI está sujeta a la capacidad de interpelar e identificarse con la “universalidad” de las demandas sociales, económicas, políticas y culturales. La predestinación mesiánica del proletariado como el insuperable sujeto revolucionario que reemplazaría a la burguesía y liberaría a la humanidad, es una concepción totalmente vetusta, porque son ahora los intereses y la articulación de múltiples demandas democráticas los que definen la lucha política. Esta lógica para representar a una universalidad de demandas deshace las diferencias entre izquierda y derecha.

La izquierda, de cualquier manera, dejó de proponer diferentes formas absolutistas de “pensar utópico”. Las utopías, no como una misión militar, sino como imágenes de un mundo más magnánimo, sirven de mucho para impedir que toda democracia caiga en una deshumanización. Las críticas de izquierda evitan que las convicciones democráticas sean reducidas a estimular solamente la participación electoral mediante el voto, oponiéndose así al progresismo como horizonte instrumental de estabilidad y satisfacción con beneficios materialistas. Democracia, izquierda y toda lucha por resguardar los derechos humanos aceptan la idea del socialismo, pero meditando en cómo lograr una nueva sociedad que limite drásticamente las formas de dominación violenta.

DOGMATISMO. El viejo radicalismo comunista de alto contenido dogmático entendió que la fase última del capitalismo terminaría en la hecatombe de sus procesos productivos y de todo el sistema financiero. La ideología de izquierda en el siglo XXI abandonó toda tesis sustentada en criterios apocalípticos porque el capitalismo, para desventura de las concepciones radicales, no se detuvo sino que evolucionó y se transformó constantemente. Hoy en día, las estructuras financieras coadyuvan en la creación de utilidades económicas, junto a la expansión de grandes empresas multinacionales que, a su vez, son un componente fundamental en la balanza comercial de muchos países ricos y pobres.

La izquierda se ha contentado con proteger un Estado de Bienestar que brinde servicios públicos baratos y posea la capacidad para inducir algunas políticas de control que constituyen una especie de analgésico en el termómetro de la regulación de los mercados internos.

El mundo tiene una explosión de identidades políticas luego de la caída del Muro de Berlín. La desaparición del socialismo en Europa del Este y la destrucción de la Unión Soviética no solamente expresan las formas en que la historia aplasta cualquier ilusión política, sino que la democracia y los derechos de participación siguen siendo el mejor sucedáneo para cualquier fundamentalismo o la búsqueda del perfeccionismo obligatorio en la sociedad y en el manejo del poder.

En el siglo XXI, las posiciones de izquierda y derecha conviven junto a la economía capitalista, el potencial democrático de los movimientos sociales y el hecho de abandonar los radicalismos utopistas. Ricos y pobres buscan el mejoramiento de sus condiciones de vida, al mismo tiempo que los gobiernos democráticos prácticamente obligan a la izquierda y la derecha a reconocer que la existencia humana tiene múltiples propósitos de emancipación, diferentes del éxito material.

El ejercicio ideológico de hoy parece impulsar una existencia moral y el control de los propios deseos consumistas, por medio de la moderación, la capacidad reflexiva, la compasión y el igualitarismo político, donde florezcan cuantos derechos y responsabilidades sean necesarios.

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