Animal Político

Entre la anécdota comunicacional y el ‘nuevo ciclo’ chileno

Los símbolos importan porque, en el fondo y con el tiempo, fundan la historia. En ese sentido se evidencia la superficial lectura que hicieron los medios del campo  simbólico que se pudo percibir durante la posesión de Michelle Bachelet el martes.

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Rocha Fuentes

00:00 / 16 de marzo de 2014

Durante el último tiempo, se ha hablado mucho acerca de lo que pueda suceder en el ámbito público-político en Chile tras la posesión de Bachelet en la presidencia y nosotros nos hemos ocupado ampliamente de cómo estos cambios políticos en el país vecino pueden terminar afectando nuestras relaciones diplomáticas, sobre todo en el álgido tema que atañe a ambos Estados, el tema del mar.

No obstante, puede ser interesante ensayar una lectura preliminar acerca de algunos escenarios que, a la par, pudieran sufrir algunas transformaciones en la sociedad y la política chilena. Concretamente estoy pensando en una posible reconfiguración del espacio público mediatizado y de los imaginarios políticos colectivos; todo esto a partir de algunos elementos nuevos en la política chilena como son: el ingreso de nuevos y nuevas actoras a la escena política (me estoy refiriendo a la denominada “bancada estudiantil”), el giro discursivo que implica un cambio de gobierno (estoy pensando en los compromisos y el uso de palabras-símbolo para hacerlos discurso) y, finalmente, los varios ingredientes simbólicos que se suman al escenario público, político y mediático en el vecino país, precisamente a partir de las dos variables mencionadas anteriormente.

Está claro que no se trata de arrancar cándidamente de contexto a un objeto en particular que se compone en y a partir de elementos con los cuales existe una relación previa e históricamente establecida. Es decir, en el espacio público chileno podrían darse cambios sustanciales en la medida en que el sistema político y la sociedad que lo valida se encuentren igualmente atravesando por procesos de transformación. Se trata un poco de retornar a las nociones básicas de lo que la comunicación política plantea; es decir, que todo aquello que se encuentra concentrado en el espacio público responde, en la actualidad, a las dinámicas relacionales que se hacen presentes entre sus tres privilegiados actores en plena Sociedad de la Información: el sistema político, el conglomerado mediático y la sociedad en su conjunto. Y que, claro, cualquier cambio en alguno de estos ámbitos se encuentra necesariamente ligado a los otros y sus nuevas o renovadas dinámicas, todo esto producto de inflexiones históricas como han sido las protestas estudiantiles y sus respectivas consecuencias con sus concernientes resultados.

Veamos, en el plano de los nuevos actores, es preciso rescatar algunos hechos que circundaron la posesión y que más allá de su simple ingreso al escenario político institucionalizado, dan cuenta del tratamiento mediático con el que se asume este hecho. Por un lado está la sonada elección de Isabel Allende (hija de Salvador Allende) como presidenta del Congreso, quien es la primera mujer en asumir este cargo y que junto a la potencia histórica que simboliza, fueron uno de los principales temas al momento de fundar la simbología en torno a dicha posesión. Por otro lado, se me ocurre pensar en Camila Vallejos que, con una fuerza histórica de menor data pero casi similar potencia, llegó al Congreso con su hija de cinco meses en el regazo (emulando aquella conmovedora imagen de una parlamentaria europea legislando ataviada con su bebé) siendo más bien el centro de la cobertura en algunos medios la belleza de la dirigente estudiantil, o se me ocurre pensar en la cobertura que le dieron a Javier Candia (su asesor comunicacional) haciendo mofa de su problema de vista y ubicándolo en el sector “humor” de un canal de televisión. O, finalmente, se me ocurre pensar también en Gabriel Boric (diputado independiente y exdirigente estudiantil) que cometió la osadía de acudir a la posesión de mando prescindiendo del uso de la corbata y que fue blanco de críticas por ello.

Como se sabe, mucha de la cobertura que se hizo en torno a estos nuevos actores y actoras en este evento fue realizada para el anecdotario, siendo que, cuando menos, acusan bastante del discurso político que ellos y ellas aportan y que, precisamente, los y las hicieron llegar al Congreso.

Ahora, en el plano de los nuevos discursos, bastante énfasis se puso en las “palabras clave” que circundaron el discurso de Bachelet tanto durante el periodo electoral, como durante la consolidación de su nuevo mandato. Concretamente llama la atención aquella combinación sobre la cual pareciera que la nueva mandataria pretende construir su flamante discurso/gobierno y que hace referencia a un “nuevo ciclo”; el uso de estas palabras podrían estar dando cuenta de uno de los grandes aciertos que la mandataria supo tener de cara a esta última contienda electoral: haber entendido el desgaste que acecha al sistema partidario chileno. Asimismo, aunque de manera no declarada, se conoce y se habla de que la gestión de Piñera habría estado enfocada en los siguientes ejes temáticos y de acción: empleo, crecimiento y delincuencia; mientras la agenda de acción urgente que Bachelet ha comprometido, estaría enfocada en: educación, sistema tributario y nueva Constitución. Ejes, temáticas y —como vemos— palabras radicalmente distintas que hacen a un discurso instituido que comienza a tomar su propio rumbo en una nueva gestión.

Por supuesto, este espacio no es suficiente para determinar cuán profundo o real puede llegar a ser un cambio que parece ser demandado en Chile, donde —pese a los pequeños guiños y a los mínimos elementos que irrumpen en este tiempo— se mantiene un sistema político-institucional bastante legitimado, un férreo sistema económico basado en el capital y un conglomerado mediático que se caracteriza por desenvolverse entrampado en un sistema de concentración económica que, lejos de alejarse de los hechos sociopolíticos de ese país, pareciera acomodarse bastante bien a las nuevas circunstancias, pero quizás sin la profundidad necesaria. Es decir, cuando menos mediáticamente, este orden hegemónico pareciera ser bastante flexible, a la vez que superficial. Los símbolos importan porque, en el fondo y con el tiempo, fundan la historia. Si lo sabrá nuestro país que volvió a mirarse en los medios de comunicación con un titular que emulaba la diversidad cultural y los colores en el Congreso de 2002 y, luego, de 2006. ¿Habrá tantos cambios en el escenario político, en el espacio público, para que finalmente los medios de comunicación chilenos crean que deban abordar los cambios por encima de la anécdota? ¿Habrá “nuevo ciclo” o habrá solo intenciones en el país vecino? No lo sabemos de cierto. Pero sí estamos en condiciones de afirmar que ante tanto guiño, algo, alguito podría moverse en los espacios mediáticos vecinos. Algo se podría estar anunciando. Y ese algo podría retornar, en cualquier momento, a copar los titulares.

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