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185 años del asesinato del Mariscal Sucre

Lo que no sabían los amigos de Sucre es que la suerte del Mariscal estaba echada, independientemente del camino que seleccionara en su tránsito hacia Quito; así lo había decretado en Bogotá la facción antibolivariana del partido liberal conocida como El Club.

La Razón (Edición Impresa) / Orlando Rincones Montes

00:00 / 07 de junio de 2015

El 4 de junio de 1830, las húmedas y boscosas entrañas de la montaña de Berruecos (Colombia), sirvieron de escenario para consumar el crimen más atroz y despreciable que recuerde la historia de la Revolución Independentista Americana. Nos referimos al asesinato del fundador y primer presidente constitucional de Bolivia, Antonio José de Sucre, Gran Mariscal de Ayacucho.

Impulsado por el deseo de reencontrarse con su familia, y de recuperar parte de la vida que resignó durante 20 años a la causa de la libertad, el 15 de mayo de 1830 Sucre sale de Bogotá con destino a Quito; en aquella capital le esperan su esposa Mariana Carcelén y su pequeña hija Teresa. El Libertador de medio continente rechaza escoltas oficiales y se hace acompañar tan solo por una minúscula comitiva, compuesta por tres arrieros, dos sargentos y un diputado de Cuenca. El trayecto escogido es el más peligroso, pero a su vez el más expedito, para llegar al ansiado destino: la vía Neiva-Popayán-Pasto.

Desoyendo miles de consejos y advertencias; incluyendo la del propio vicepresidente de la Nueva Granada, Domingo Caicedo, Sucre desiste de viajar por vía marítima a través del Puerto de Buenaventura y emprende la larga y peligrosa travesía que lo conducirá a la muerte.

Lo que no sabían los amigos de Sucre es que la suerte del Mariscal estaba echada, independientemente del camino que seleccionara en su tránsito hacia Quito; así lo había decretado en Bogotá la facción antibolivariana del partido liberal conocida como El Club.

El colombiano Armando Barona Mesa (2006), en su obra El Magnicidio de Sucre, Juicio de Responsabilidad Penal, cita al general Tomás Cipriano Mosquera, presidente de la Nueva Granada (1845-1849) y de los Estados Unidos de Colombia (1863-1864 y 1866-1867), quien en sus Memorias refiere lo siguiente:

“El bogotano don Genaro Santamaría fue de los asistentes al famoso ‘Club’ instalado en casa de don Pancho Montoya, y concurrió a la sesión donde se decretó el asesinato de Sucre, y refería, ‘que adoptada esa medida, se comunicó a Obando para suprimirlo si iba por Pasto; al general Murgueitio, si iba por Buenaventura y al general Tomás Herrera, si iba por Panamá’”.

En su Análisis Histórico-Jurídico del Asesinato de Antonio José de Sucre, Juan B. Pérez y Soto (1924) recoge un fragmento de las memorias de José María Quijano Wallis, abogado, político y diplomático colombiano de amplia trayectoria en Europa (especialmente en Italia), quien revela una serie de confidencias privadas que en su momento le hiciera el expresidente colombiano don Francisco Javier Zaldúa; éste le refiere sobre el asesinato de Sucre lo siguiente:

“En Bogotá se había establecido el Comité directivo antibolivariano, que tenía sucursales o dependencias en varios puntos de la República (…) En una de las reuniones nocturnas del Comité, los directores contemplaron la situación política en relación con el viaje del general Sucre para el Ecuador, con el objeto ostensible, según se decía, de impedir la separación de este Departamento de la Gran Colombia (...) Después de una larga deliberación que duró hasta las cuatro de la mañana, el Comité directivo decretó, por unanimidad, la muerte del general Sucre”.

Adicionalmente, el martes 1 de junio de 1830, el número 3 del periódico bogotano El Demócrata, pasquín del partido liberal, asoma sin escrúpulos que “Puede que Obando haga con Sucre, lo que no hicimos con Bolívar” ¡Con tres días de anticipación se anunciaba desde Bogotá la muerte del héroe de Ayacucho!

Si bien existen otras hipótesis y conjeturas en cuanto a los autores intelectuales y materiales del crimen del Mariscal Sucre —la mayor parte de ellas apuntando al Ecuador por la vía de Flores o de Barriga— es incuestionable la participación protagónica del jefe militar de Pasto, general José María Obando, en la trama infernal. El exguerrillero realista, dueño y señor del Cauca, dio la orden, por escrito, a los sicarios que consumaron el crimen; eso quedó demostrado a lo largo del proceso, lo que queda para la especulación es conocer si actuó en favor de sus propios intereses políticos o en favor de otros.

En su defensa, Obando (futuro presidente de Colombia en 1853) trató de inculpar a Juan José Flores, presidente del Ecuador, quien claramente sería uno de los más beneficiados con la muerte de Sucre. Flores había decretado en mayo de 1830 la separación de Ecuador de la Gran Colombia, la presencia de Sucre en Quito podía influir en el pueblo para revertir esa medida. Consciente del “peligro” que representaba Sucre para Flores, Obando trató de ganar el apoyo de éste para consumar sus planes criminales; en marzo del fatal año 30 le escribe al presidente ecuatoriano en los siguientes términos: “Pongámonos de acuerdo, don Juan; dígame si quiere que detenga en Pasto al General Sucre o lo que deba hacer con él”. Obando va más allá, invita a conferenciar a Flores sobre tan delicado asunto, a lo que Flores contestó: “Acepto la entrevista que me propones en Tulcán; vente, pues, cuanto antes (…) juntos acordaremos todo lo que nos pueda interesar; obraremos como hermanos”. Si bien Flores no asiste a la cita, envía al coronel Guerrero, la respuesta es del todo comprometedora. Flores guardó las cartas de Obando y cuando lo consideró pertinente las publicó para inculpar a aquél. ¿Acaso cayó Obando en una trampa urdida por Flores?

No se ha podido comprobar la participación directa del presidente Flores en el magnicidio de Sucre, ni siquiera por el hecho de que el coronel Guerrero cruzara la frontera días antes del lamentable suceso, o de que el principal ejecutor confeso del crimen, el coronel Apolinar Morillo, haya servido en el Ejército del Sur;  nada ata directamente a Flores al brutal asesinato. Por el contrario, al pie del patíbulo, Morillo inculpó a Obando como ordenador de aquella fatal empresa, para la cual contó con la colaboración directa de los lacayos predilectos de general caucano: Juan Gregorio Sarría y José Erazo.

Si bien todo apunta a que el complot que acabó con la vida de uno de los más ilustres generales de la gesta independentista americana se concibió en Bogotá y se consumó en Berruecos a manos de operadores del partido liberal, la actuación del presidente del Ecuador deja muchas dudas. Las cartas de Obando lejos de exculparlo lo hacen conocedor y encubridor de la conjura mortal. Flores pudo cruzar la frontera y detener a Obando, en vez de ello se hizo de la vista gorda y dejó que éste obrara con total impunidad. Para mayor agravante Sucre profesaba el más grande afecto hacia Flores, al punto de hacerlo padrino de su pequeña hija Teresa Sucre Carcelén.

Los tribunales fallaron en contra de Obando, pero la viuda del Mariscal ocultó durante años su cadáver, pues pensó siempre que el asesino de su esposo estaba en el Ecuador. Hoy, los restos del general Sucre reposan en la catedral de Quito.

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