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31 años después, una democracia con altibajos

Se cumplieron 31 años de democracia ininterrumpida en Bolivia, sin embargo, su calidad tiene vaivenes, tiene altibajos tanto a lo largo de las tres décadas como en los últimos tiempos.

La Razón / Ricardo Aguilar Agramont / La Paz

00:07 / 13 de octubre de 2013

El 10 de octubre, Bolivia cumplió 31 años de democracia ininterrumpida. Al ser una democracia en constante construcción y nunca estática, las más de tres décadas bajo este sistema de gobierno no estuvieron exentas de puntos altos y bajos. Estos vaivenes que resumen este periodo de la historia también pueden observarse en la calidad de la democracia actual, es decir, que tiene tanto avances como retrocesos.

Antes de aquella fecha, en la que Hernán Siles Zuazo juró a la presidente de la República, hubo una seguidilla de golpes de Estado y gobiernos de facto encabezados por miembros de las Fuerzas Armadas. Ese periodo fue de 1964 a 1982, desde René Barrientos hasta Guido Vildoso Calderón.

Hubo avances en democracia participativa, el fin del monopolio de los partidos políticos, la apertura a otro tipo de organizaciones para la participación de elecciones, las autonomías, la inclusión de sectores antes excluidos y otros. También retrocesos, como la debilidad institucional de los partidos políticos (uno de los pilares de toda democracia), la tergiversación de la participación de organizaciones sociales corporativas o las crisis políticas de 2003 (la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada) y 2008 (los conflictos en la Asamblea Constituyente y la toma de instituciones en capitales de la “media luna” en contra del gobierno de Evo Morales).

“(La democracia) se trata de un proceso que en ningún momento ha sido lineal, sino con continuos y permanentes altibajos que dan lugar a avances y retrocesos”, analiza el director de la fundación UNIR, Antonio Aramayo.

Entre los momentos flacos menciona la crisis de 2003 (“guerra del gas”) o de 2008 (la toma de instituciones en Santa Cruz). Fue “cuando se puso en cuestión si la democracia se mantenía o no”, pero en esas circunstancias, se vio que “lo que ha prevalecido es permanecer dentro del proceso democrático con sus avances y contradicciones”.

En cuanto a progresos se puede mencionar la constitucionalización —y luego la puesta en práctica mediante referendos— de la democracia directa. También es constitucional, desde 2009, la todavía poco precisa democracia comunitaria, que para el economista Horst Grebe, presidente del Instituto Prisma, incluso es antitética como noción, “aunque legítima”.

Aramayo cita como otro logro la Ley de Participación Popular, que democratizó la distribución de recursos a los municipios del país (1994). “Nos ha permitido que el Estado pueda llegar a todo el territorio, cosa que luego se profundizó en la nueva Constitución con los gobiernos autonómicos en sus diferentes niveles”. Esto ha permitido que la ciudadanía “se sienta más cercana al Estado”. Dentro de las contradicciones, dice que “queda mucho por hacer para que la ciudadanía pueda integrarse al proceso actual”.

En esta afirmación es importante notar que se desea que la ciudadanía participe más. Ésta es entonces una falencia actual en el sentido de que “en este último periodo (de 2005 a la fecha) se ha representado a instituciones corporativas”.

El último tiempo “ha existido más una participación corporativa que una ciudadana”. La participación política activa de estas organizaciones corporativas tiene “su importancia” —destaca— y no deja de ser “interesante para el fortalecimiento democrático”, pero a veces se “tergiversa” en la medida en que este corporativismo se encierra en “intereses muy particulares”, sin cuidar del bien general.

Cuando sucede esta “tergiversación” se llega a momentos en que se cae en el “abismo del prebendalismo” y, si antes se veía el defecto de que la participación corporativa pecaba de limitarse a intereses sectoriales, con la prebenda, “la dirigencia entonces lucha por sus intereses personales, dañando la democracia”.

Grebe también rescata avances y resalta flaquezas de la democracia actual. Entre los primeros “se han logrado varias transformaciones importantes. El momento constitucional ha dado lugar a otras características como la plurinacionalidad, lo que no es un cambio menor”. En este marco “hay un proceso inclusivo de sectores antes excluidos del ejercicio de la política y la participación”.

Participación. Otro logro es la incorporación de mecanismos no representativos, sino participativos. “Hay un avance que es acumulativo, no solamente del último tiempo”, dice en alusión al primer referendo, realizado en 2004, en el gobierno de Carlos Mesa.

Las debilidades, para Grebe, tienen que ver con lo económico. En su argumento, es necesario recordar que la actual administración ha emprendido una política redistributiva del excedente en un intento de democratizar la economía.

Afirma que en la democracia hubo un periodo breve de capitalismo de Estado (el Gobierno de la Unidad Democrática y Popular, UDP), seguido de 20 años de neoliberalismo y ahora un modelo “mixto que no logra cuajar”.

El contexto internacional —prosigue— ha favorecido al país, lo que “ha dado un colchón económico a las gestiones del Movimiento Al Socialismo (MAS)”. En ese sentido, Grebe se pregunta si el modelo de redistribución de excedentes fiscales (mediante el que se quiere democratizar la economía) se podría mantener si cambian las condiciones internacionales.

El coordinador del programa para Bolivia de Konrad Adenauer Stiftung (KAS), Iván Velásquez, ve un punto alto y el resto un bajón. Juzga que el punto más alto de la democracia fue 1982, después de las dictaduras. En el último periodo relacionado al MAS observa una “mala calidad de la democracia y muchos retrocesos”.

Así, señala que desde 2006 hubo eventos que hicieron que “la salud de la democracia no sea el más deseable”. Para sostener esta visión apela a estudios y rankings internacionales. The Economist (Inglaterra) realiza varios estudios sobre el estado de la democracia en el mundo bajo cuatro categorías: democracia plena, imperfecta, régimen híbrido y régimen autoritario.

“Bolivia fue incluido como un régimen híbrido, es decir, como una democracia no consolidada por problemas con los derechos humanos, temas relacionados a la libertad de expresión, no respeto a la institucionalidad, etc.”.

Cita luego el estudio de Konrad Adenauer Stiftung que determina el índice de desarrollo democrático en Latinoamérica, en el que se cataloga al país como uno de “desarrollo democrático mínimo, por los mismos problemas que se mencionaban”.

Velásquez continúa con este argumento y trae a colación el Latinobarómetro, que investiga el desarrollo de la democracia y ubica al país entre los seis peores con una nota de 12 sobre 100. Por último, la Democracy Ranking Association establece que el sistema boliviano ocupa el puesto 64 entre 100 países examinados “diciendo que su calidad democrática es media”.

“Estos cuatro estudios tienen serios cuestionamientos al desarrollo democrático”, observa. Entre estas idas y venidas que se mencionan, no faltan las voces opositoras para las que un régimen totalitario y el llamado proceso de cambio actual son tan iguales como dos gotas de agua...

Grebe dice al respecto que “en Bolivia se tiende a exagerar”. Considera que en el país hay un “componente autoritario en la sociedad, lo que está muy lejos es que esto signifique un sistema autoritario”.

En un sentido similar, respecto a un supuesto totalitarismo, Aramayo vuelve a mencionar que se vive un proceso democrático con altibajos: “en esas contradicciones se han resentido algunos principios de la democracia (...), el peligro es que esa manera de actuar, con matices autoritarios, se convierta en el fin de la propuesta gubernamental, pero se ha visto que estas tendencias hegemónicas no son definitivas”.

Los partidos políticos son otro de los pilares de todo sistema democrático. Tras la nueva Constitución (2009) y la Ley del Régimen Electoral se extiende la participación política, para todo tipo de elecciones, a las organizaciones ciudadanas y a los pueblos indígenas, lo que es un avance. Sin embargo, es visible que los partidos políticos se han debilitado desde 2000, con la “guerra del agua”. En 2003 terminaron por “suicidarse” (según Grebe) en la crisis de 2003, cuando la población alteña y paceña se movilizó contra Gonzalo Sánchez de Lozada, mientras él recibía apoyo de partidos como el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y Nueva Fuerza Republicana (NFR).

Aramayo percibe esto al apuntar  que los partidos se deslegitimaron desde el periodo neoliberal y cedieron el paso a otro tipo de organizaciones. Ese debilitamiento “daña la democracia”, pues a diferencia de las organizaciones —que se pueden quedar “en lo reivindicativo”— los partidos deben ver el largo plazo. “Lo pro-gramático es imposible con un sistema de partidos en reconfiguración e institucionalidad débil”, analiza.

Velásquez interpreta de un modo distinto la flacidez de los partidos. En su criterio, el problema se debe a las estructuras caudillistas que se pueden encontrar desde 1952. “Un partido político, en Bolivia, sólo dura la vida de su caudillo; como no tienen estructura, éstos desaparecen rápido. Es el caso del Movimiento Sin Miedo (MSM), Unidad Nacional (UN) o el MAS”.

El logro, entonces, no sólo es la continuidad de 31 años de democracia, sino también su apertura a otros modos de democracia y la inclusión; los desafíos son seguir construyendo este modelo y aminorar (aunque sería deseable suprimir) esas contradicciones o altibajos mencionados con el fortalecimiento de los partidos o una mayor participación ciudadana fuera de organizaciones corporativas.

‘No se trata de un proceso lineal’: Antonio Aramayo, director de la Fundación UNIR

En estos 31 años se puede observar que se trata de un proceso que nunca es lineal, sino que existen avances y retrocesos. Lo importante es que en situaciones de crisis, y a pesar de las dificultades, ha prevalecido la democracia con todas sus contradicciones, avances, y vaivenes. Destaco las autonomías como elemento que acercó a la ciudadanía al proceso democrático.

‘Un ciclo tan largo es un gran logro’: Horst Grebe, director del Instituto Prisma

Es un gran logro para Bolivia un ciclo tan largo de vigencia democrática, aunque no es una constante a lo largo de cada etapa de los pasados 31 años, pero es de destacar: la ausencia del golpismo. Sin embargo, la continuidad también responde a un contexto regional, no se trata sólo de Bolivia, sino de Latinoamérica, salvo algunos sucesos excepcionales.

‘Han habido ciertos retrocesos’: Iván Velásquez, de la Fundación KAS

Lo importante es ver cuál es la calidad de la democracia estos 31 años. En general —salvo por 1982, que fue el mejor momento—las categorías como el Estado de Derecho, la rendición de cuentas en todo nivel, la participación política, etc., han sufrido ciertos retrocesos. Esto se puede apreciar en dos momentos: de 2006 para atrás y adelante hubo retrocesos.

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