Animal Político

De los años mozos de la ANF a la frenética era de las redes

La ANF carga una historia  de vivencias y hechos trascendentales para  el país. Con 52 años de vida es la primera agencia de noticias de Bolivia. El padre Gramunt propone en ‘De los años de plomo al populismo autoritario’ (2015) un viaje necesario para  valorar la vida y el derecho a dar testimonio de nuestra historia

La Razón (Edición Impresa) / Mauricio Quiroz Terán

00:03 / 09 de agosto de 2015

La efigie de Judas Tadeo parece escuchar pedidos imposibles; allí no hay mucha luz porque el templo de San Juan de Dios, donde ‘habita’ la imagen religiosa, ha sido ensombrecido por la modernidad de los edificios que emergen caprichosos cerca de la avenida Camacho, donde afloran bancos y casas de cambio. Es el Wall Street paceño que cada mañana despierta con el café caliente que se beben ‘los canillas’ (distribuidores de periódicos) muy temprano, antes del burocrático horario de oficina. Hace frío, pero las puertas de la iglesia ya se han abierto y Judas siempre tiene la compañía de sus fieles cargados de solicitudes.

Es el primer día de junio de 1999 y el paisaje urbano —del santo, el café de los ‘canillas’ y de los periódicos en la calle— se puede observar desde el quinto piso del edificio Ayacucho, donde está la Agencia de Noticias Fides (ANF), la escuela de periodismo que el sacerdote jesuita José Gramunt de Moragas fundó el 5 de agosto de 1963. Es muy posible que el santo haya escuchado alguna plegaria de aquella redacción, especialmente cuando se trató de afianzar las finanzas de su administración o simplemente para invocar a esa fortuna que suele llegar a la hora de lograr una primicia noticiosa, para ese entonces la ANF ya había logrado muchas.

“Al final es cuestión de fe”, comenté para mis adentros. Era mi primer día de trabajo en aquella redacción, dotada ya con computadoras de capacidades tecnológicas suficientes para esos tiempos. La red interna de ordenadores estaba diseñada para vincularse con un transmisor de datos que enviaba las noticias —todas en formato de texto— a quienes se habían suscrito al servicio informativo: casi todos los periódicos del país, una decena de radioemisoras y tan solo dos canales de televisión, el nicho de mercado más difícil de conquistar para la ANF.

Así, las noticias que por esos años producía la Agencia eran divulgadas a sus abonados por un sistema que implicó el uso de líneas de teléfono, pero dedicadas solo a la transmisión de texto. El acceso a la Internet era aún limitado, pues solo un computador de esa sala de redacción estaba conectado por dial up, que funcionaba con un pequeño aparatito capaz de lanzar al usuario de turno a las redes de la web, pero a una velocidad impunemente lenta. Esa era, sin embargo, una realidad que pronto iba a cambiar.

El padre Gramunt, que ya había sido protagonista de varios avances tecnológicos, consumía con especial interés las columnas de opinión de los diarios españoles El País, La Vanguardia y ABC, que para esos años ya presentaban interesantes diseños en sus portales informativos. Comencé seleccionando estos artículos para luego pasarlos al ordenador del Director de la ANF y por ahí —según mis primeras asignaciones— “hallar alguna noticia que tenga relevancia para Bolivia” en los rotativos que ya pululaban en la web o en el servicio de DPA (Alemania) y AFP (Francia) para alertar a los periodistas. “¿A los periodistas?”, pregunté con interés.

Hace 16 años, el jefe de redacción en ANF era Walter Patiño, un profesional forjado en la radio Pío XII de la población minera de Siglo XX; un hombre ordenado, conocedor del movimiento sindical y de los derechos laborales. En el área política, estaba Marcelo Arce y Miguel Vera, quien años después falleció, alejado ya de la ANF.

Carla Quisbeth cubría los tribunales de justicia y el área de sociedad, Marianela Mercado se enfocaba en las noticias de la ciudad, mientras que Edwin Flores era el hombre de los contactos, porque sin ellos era imposible destacarse en el área de seguridad, Policía y Fuerzas Armadas. Julieta Tovar, autora del libro Del Papel Carbónico a la Computadora (2014) —que cuenta la historia de los primeros 50 años de la ANF— comandaba el área económica y las noticias de la Iglesia. Enrique Zenteno era el hombre entendido en las finanzas del país y la buena música, mientras que Gerardo Bustillos era el primer responsable del boletín Notas Económicas, una especie de vespertino que circulaba entre los escritorios de empresarios, ministros y políticos necesitados de información.

El equipo de periodistas se completaba con José Luis Valdez y Janeth Mendoza, quienes estaban a cargo del monitoreo desde la mesa de redacción de la Agencia. Pues ellos eran los periodistas, los primeros que conocí cuando llegué al quinto piso del edificio Ayacucho, una oficina adquirida con un esfuerzo del padre Gramunt y de su familia. Estos profesionales, como muchos colegas de tantos medios escritos y audiovisuales, han escrito a su turno una parte de la historia del país y de nuestro periodismo. 

Hace apenas unos días, Juan Carlos Salazar, actual director del diario Página Siete y fundador de la ANF, lanzaba el desafío de reconstruir la historia de la hija mimada de José Gramunt y del desaparecido periódico Presencia, que también marcó la carrera de muchos profesionales y dio testimonio de pasajes claves de la historia boliviana. La tarea es compleja, pero necesaria.

Salazar habló de este reto durante la presentación, en La Paz, del libro De los años de plomo al populismo autoritario (2015), el reciente texto del padre José Gramunt. La obra plantea al lector un viaje cargado de reflexiones sobre la historia del país. Salazar, Hernán Maldonado y José Luis Alcázar contribuyen con relatos apasionantes sobre la guerrilla que lideró el Che Guevara y sobre los inicios de la casa periodística que después —mucho después— me cobijó durante 11 años intensos.

  A salto de mata. En 1999, el país era gobernado por Hugo Banzer. Ese fue el año previo a un largo periodo de inestabilidad que estalló con la Guerra del Agua en Cochabamba y el primer motín policial declarado en democracia (8 y 9 de abril de 2000). Sobrevino luego el llamado impuestazo de febrero de 2003 y así un ascenso de protestas sociales que para octubre de ese mismo año desembocó en la “guerra del gas”, que se zanjó con la salida de Gonzalo Sánchez de Lozada. Carlos Mesa asumió con buena voluntad, pero sin partido político; sucumbió a la crisis del Estado. Eduardo Rodríguez (2005-2006) lideró una transición que posibilitó la elección de Evo Morales y el inicio del Estado Plurinacional, aún en pañales.

En cuanto a los avances tecnológicos, los últimos 16 años han estado marcados por una evolución sin precedentes. Hoy los ciudadanos acceden y comparten información variopinta, muchas veces impunemente, a través de las redes. En esas aguas navegan los periodistas y lo hace también el padre José Gramunt, desde la casa Nueva Esperanza de Cochabamba, donde vive desde hace dos años. Es quizá el hombre de los tres siglos, porque nació con la carga histórica del siglo XIX, logró domar a la anterior centuria y hoy mira de frente al siglo XXI.

Como bien lo recuerdan los colegas fundadores de la ANF, el sacerdote sufrió amenazas de todos los colores y fue un defensor de nuestras libertades. Gramunt marcó la vida de tantos otros periodistas que no caben en este artículo y que seguro tendrán algo que decir. El reto está lanzado.

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