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64 años de la repatriación de los restos de Abaroa

También se efectuó un acto militar en la frontera, en la población boliviana de Chiguana, en “Colina Abaroa”: el coronel de Ejército chileno Manuel Rivera izó la bandera boliviana y, en igual gesto, el general de Ejército boliviano Francisco Arias izó la enseña chilena.

La Razón (Edición Impresa) / Jhosmane Rojas Padilla

00:03 / 11 de abril de 2016

A partir de 1951, las gestiones iniciadas por el diplomático Alberto Ostria Gutiérrez empezaban a tener éxito: las autoridades chilenas, principalmente su Cancillería, daban el visto bueno para la “ansiada” repatriación —con el protocolo previo de exhumación y reconocimiento de restos— de Eduardo Abaroa Hidalgo.

Pese a existir un clima político “tenso” en Bolivia, la repatriación de los restos de Abaroa mermaba en algo la agitada situación, volteando el interés mediático hacia los actos “cívicos” del 23 de marzo de 1952.

Un primer conflicto fue la conformación del Comité pro restos de Abaroa, que pasó a ser el “Comité Pro Monumento a Eduardo Abaroa” y que enfocaría sus esfuerzos a la construcción de un monumento al “Héroe del Topáter”.

El siguiente problema fue la residencia de los restos, tanto el Comité Cívico y otras instituciones paceñas abogaban por la ciudad de La Paz, a razón de situarse en ésta desde inicios del siglo XX la sede de gobierno. En cambio, Sucre también se manifestaba, reiterando que la capital constitucional del Estado era la Ciudad de los cuatro nombres. Se sumaron a la petición de “residencia de los restos” Cochabamba y Potosí (el último argumento que Abaroa era de ascendencia potosina). El veredicto lo dio la Junta Militar del general Hugo Ballivián Rojas, eligiendo la ciudad sede de gobierno, La Paz.

El monumento empezó a ser fundido a comienzos de 1952, en instalaciones del Regimiento Bolívar 1° de Caballería de Viacha, fue vaciado en material de bronce reciclado de cañones fuera de uso; su escultor fue el mayor de Ejército Emiliano Luján; en tanto que el trunco donde estaría situado (en la plaza Abaroa) sería proyectado por el mayor de Ejército Arturo Orsini.

En relación al auspicio económico para la construcción, traslado y entronación de la estatua, el “Comité Pro Monumento a Abaroa” se proveyó de aportes del personal activo y pasivo del Ejército boliviano.

Después de la batalla de Calama (del 23 de marzo de 1879), Abaroa fue enterrado con honores por el Ejército chileno en el cementerio antiguo del Topáter. En 1910, su hijo Andrónico Abaroa trasladó los restos de su padre al mausoleo particular de la familia, en el cementerio de San Pedro de Atacama. Para 1938, Juan Abaroa Rodríguez, Eduardo Abaroa Orosco y Elena Abaroa de Luksic (nietos y nieta del héroe) retornaron los restos nuevamente al cementerio de Calama. Finalmente, el 14 de febrero de 1952, los restos son cambiados de la urna original de madera a una de bronce, por los nietos Juan Abaroa Rodríguez y José y Óscar  Abaroa Cerruti, como preludio a la anunciada repatriación. Un mes después, el 14 de marzo de 1952, se realizó el reconocimiento de firmas y de la urna conteniendo los restos del “Héroe del Topáter”, ante las autoridades chilenas y bolivianas.

El 19 de marzo, ante la nutrida presencia de la población calameña y de las autoridades políticas, militares y eclesiásticas de Chile y Bolivia, y con 21 cañonazos de fondo, Juan Abaroa Rodríguez procedía a la entrega de la urna con los restos de su abuelo al representante del Gobierno chileno Alfredo Fábrega Chellew. Las autoridades bolivianas encargadas de recibir los restos fueron el cónsul en Calama Miguel Olmos Peñaranda y el general Francisco Arias.

También se efectuó un acto simbólico militar en la frontera, en la población boliviana de Chiguana, en el sitio que se denominó “Colina Abaroa”, donde el coronel de Ejército chileno Manuel Rivera izó la bandera boliviana y, en igual gesto, el general de Ejército boliviano Francisco Arias izó la enseña chilena.

A su paso, ya en territorio boliviano, los restos fueron recibidos con sendos desfiles y actos cívicos por las poblaciones aledañas al ferrocarril Ollagüe-Uyuni-Oruro-La Paz. El domingo 23 de marzo de 1952, la urna con los restos de Eduardo Abaroa Hidalgo ingresaba a la ciudad de La Paz. En las puertas de la Estación Central del Ferrocarril, la urna fue depositada en un armón del Regimiento Bolívar 2° de Artillería para iniciar su recorrido triunfal por las calles de Nuestra Señora de La Paz.

Desde la Estación Central siguió su ruta por las avenidas y calles Manco Kápac, General Pando, América, plaza Alonso de Mendoza, Evaristo Valle, Comercio y Catedral Metropolitana. Luego de la misa, siguió su recorrido por el paseo de El Prado, avenidas Arce y 6 de Agosto, hasta llegar a la plaza Abaroa, adonde días antes había sido trasladado en tanques y camiones planos, el monumento de bronce.

La instrucción de los reclutas de las Fuerzas Armadas, enfocada en las marchas militares para engalanar el recibimiento de los restos de Abaroa, fue un rotundo éxito. Contradictoriamente, la carencia de preparación militar de los soldados le jugaría un revés a esta institución, cuando el 9, 10 y 11 de abril de 1952 sería derrotada humillantemente por el Cuerpo de Carabineros y Policías, en la denominada Revolución Nacional.

La construcción de la imagen del “Héroe del Topáter” se remonta a los primeros partes de guerra elevados por Ladislao Cabrera, después de la batalla del Calama, al gobierno del general Hilarión Daza. Entre 1879 y 1880, el sentimiento boliviano se volcaba hacia la consolidación de un “nacionalismo” que permitiera afrontar la realidad de la guerra contra Chile, el invasor y usurpador. En esta construcción, necesaria y urgente, la figura de Abaroa empezó a hacerse eco, tanto en el ejército como en la población civil.

La coyuntura de la Guerra del Pacífico no ponía en cuestionamiento los negocios comerciales del finado Eduardo Abaroa Hidalgo en la región de Calama, San Pedro de Atacama, Caracoles, Huanchaca, Chiu Chiu y San Pedro de Lípez; así como su origen potosino-chileno.

Aunque posteriormente se cuestionó la participación “voluntaria” u “obligada” de Eduardo Abaroa en la defensa de Calama, la necesidad de héroes, carentes en este periodo, legitimó su participación y mitificó su respuesta grosera y enérgica al enemigo, y simbolizó las ansias de recuperar una cualidad marítima nata del Estado boliviano y de su población.

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