Animal Político

Una autopsia y algunas conjeturas

El No en los referéndums marca una tendencia que deberían considerar todos los actores políticos, y en primer lugar el oficialismo: no hay elecciones fáciles ni cuerpos electorales cautivos.

La Razón (Edición Impresa) / Armando Ortuño Yáñez

00:03 / 27 de septiembre de 2015

El No a los estatutos autonómicos se ha impuesto contundentemente en los cinco departamentos. Esta opción no solo ha logrado un desempeño abrumador en las zonas urbanas de clase media, ha sido también mayoritario en los barrios populares e incluso ha conseguido un porcentaje interesante de votos en los distritos rurales. Así pues, el rechazo a los estatutos ha sido claro y bastante transversal e incluso se ha impuesto en segmentos que adhieren al oficialismo. Pero la masividad del rechazo urbano fue innegablemente clave en el desenlace. Estos no son datos que se deben soslayar.

Otro elemento a considerar es que el resultado tampoco ha sido relativizado ni por un alto ausentismo, ni por un significativo voto blanco o nulo, como se preveía. La participación se habría situado en torno al 80-85%, ligeramente inferior a los valores de las últimas elecciones, y los nulos y blancos no superarían el 8%. Los electores no solo han ido a las urnas, sino además han elegido una de las dos opciones, no han escapado a sus responsabilidades, como algunos responsables partidarios, pese a la escasa información y a un debate previo entre descafeinado y bizantino. Ha sido un comportamiento imprevisible para todos, como debe ser en una democracia. Desde esta perspectiva, el ejercicio electoral, con sus imperfecciones, sigue gozando de buena salud en Bolivia.

Los datos están ahí pero hay pocos elementos sobre las razones que los explican y sobre sus implicaciones futuras. De ahí la proliferación de interpretaciones parciales sobre lo que pasó, lo que nos ratifica que el voto sigue siendo un fenómeno misterioso difícil de encuadrar en una sola razón, pues tiene que ver con una combinación compleja de factores individuales y sociales.

Siempre es problemático equiparar linealmente los comportamientos en un referéndum con los que suceden en unas elecciones de autoridades. Ambos implican decisiones políticas mediadas por una urna, pero los primeros suelen ser más exigentes en información e involucramiento de los ciudadanos. El posicionamiento de la sociedad frente a ciertas cuestiones en un plebiscito no siempre corresponde perfectamente a los alineamientos políticos tradicionales, dificultando su lectura desde una perspectiva únicamente partidista. En un referéndum no solo importa lo que se está preguntando, suele ser también relevante quién lo está preguntando y sobre todo las diversas interpretaciones y pasiones que puede despertar una cuestión compleja que debe simplificarse en un “Si” o un “No”.

Un ejemplo de estas dificultades de análisis se evidenció cuando un 55% de los franceses rechazaron en 2005 el texto de la Constitución europea. Detrás de ese rechazo se perfiló una heteróclita combinación de intereses, varios contradictorios: críticas a su cariz liberal pro-mercado, resistencia a ceder la soberanía, xenofobia frente a los migrantes de Europa del Este, observaciones a la timidez integracionista del documento o el deseo de castigar al gobierno que lo convocó. Posicionamientos que involucraban a un arco de fuerzas políticas que abarcaba desde la izquierda radical hasta la extrema derecha. Obviamente, no todos estos segmentos tuvieron un peso e influencia similar en el resultado, varios de ellos eran muy minoritarios en el conjunto, pero fue la convergencia coyuntural de todas esas sensibilidades la que permitió agrupar una mayoría suficiente para ganar la contienda. Sin embargo, la sostenibilidad política de esta coalición social fue efímera por las mismas razones que cimentaron su triunfo.

Desde esa perspectiva, el No a los estatutos parecería también ser fruto de una articulación coyuntural de al menos tres corrientes de opinión pública relativamente independientes. Una primera, muy importante y posiblemente la que tuvo mayor fuerza en el conjunto, relacionada con una oposición social que viene resistiendo al oficialismo desde hace mucho y que además fue incentivada en su movilización por la inminencia del debate reeleccionista o por conflictos locales como el potosino. Adicionalmente, en este grupo siempre fue fuerte la crítica al centralismo y la adhesión a un ideal autonomista que es parte de su cultura política desde los años del conflicto constitucional.

Una segunda vertiente parecería ser una expresión de la falta de información y de la confusión sobre los contenidos de los estatutos que prevalecieron en los últimos meses. Un gran contingente de electores independientes, mayoritariamente votantes del MAS en las presidenciales, respondieron con un No a un documento que no entendían o no conocían suficientemente, y por tanto que no podían, razonablemente, validar. Quizás si el voto no sería obligatorio, muchas de estas personas no se hubieran molestado en asistir, pero frente a la boleta tuvieron que elegir. Justamente, uno de los grandes déficits de los promotores del Sí fue la ausencia de un discurso que aporte razones concretas e inspiradoras a estos ciudadanos. Al contrario, el No se alimentó de una idea simple, no partidista pero fuerte: no se puede/debe optar por algo que no se conoce o que “se precisa mejorar”. 

Finalmente, no habría que descartar que pudo también existir un tercer grupo de ciudadanos que expresó, nuevamente, su escepticismo frente a la idea misma de autonomía. Tendemos a olvidar que en el referéndum de 2009, alrededor de un 20% del electorado rechazó las autonomías en estos departamentos. No hay razones para no pensar que esa posición no tenga adeptos hoy, aunque su dimensión es evidentemente minoritaria con relación a las dos anteriores.

Así pues, esos tres tipos de rechazos con sus razones propias terminaron por cristalizar en un contundente No, ratificando, al mismo tiempo, una tendencia que deberían considerar todos los actores políticos, y en primer lugar el oficialismo: no hay elecciones fáciles, ni cuerpos electorales cautivos. Los comportamientos políticos autónomos se están extendiendo y volviéndose comunes sobre todo en las áreas urbanas, que ya aglomeran al 70% de la población. Esto no quiere decir que la polarización ha muerto, la fuerza social de las variopintas oposiciones y de los leales al oficialismo siguen induciendo y explicando una proporción apreciable del voto, pero para construir mayorías ambos bloques precisan persuadir cada vez más a ciudadanos que responden a lo que se les consulta con pragmatismo, de acuerdo con el contexto y que suelen contar con información imperfecta.

La situación es paradojal para el MAS, sigue siendo un coloso electoral, incluso en sus horas bajas, pero es frecuentemente superado por fracturas que no está logrando resolver, quizás porque insiste en no entender que sus estructuras políticas y organizativas en las ciudades, cuando el líder no está ahí para sostenerlas, tienen grandes dificultades para cumplir las dos funciones básicas que se esperaría de ellas: ser canales para recoger los humores de las masas urbanas y constituirse en instrumentos eficaces para movilizar y seducir a los ciudadanos.

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