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El avance territorial del MAS y desafíos para la contienda de marzo

Entre 2005 y 2014, la proporción de municipios en los que el MAS ha logrado más del 50% de votos ha pasado del 68% al 89%. Actualmente solo en 12 municipios de 339, esa fuerza política obtuvo menos del 40% de preferencias

La Razón (Edición Impresa) / Armando Ortuño Yáñez

00:07 / 18 de enero de 2015

Los comicios nacionales de octubre de 2014 nos han aportado un panorama actualizado de la distribución territorial de las preferencias de los electores bolivianos. Esta geografía electoral se distingue más bien por sus continuidades que por sus rupturas, reflejando la consolidación del realineamiento político que se inició con el surgimiento electoral del Movimiento Al Socialismo-Instrumento Por la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP).

Esta sensación de punto de llegada de un proceso no se expresa tanto por el 61% de votación que logró el presidente Evo Morales, ligeramente menor al que consiguió en 2009, sino por su presencia en toda la geografía nacional y en casi todos los segmentos sociales del país. Este panorama no está, sin embargo, exento de novedades que nos sugieren escenarios de mayor complejidad para el oficialismo en las elecciones subnacionales, convocadas para el domingo 29 de marzo.

Los datos de las elecciones generales del 12 de octubre muestran una “ola electoral azul” que desbordó las zonas occidentales y vallunas, y que llegó con gran fuerza a tierras amazónicas y chaqueñas. En un periodo de nueve años, entre 2005 y 2014, la proporción de municipios en los que el MAS ha logrado más del 50% de votos ha pasado del 68% al 89%. El avance es grande, al punto que actualmente solo en 12 municipios de 339, esa fuerza política obtuvo menos del 40% de preferencias, según los datos oficiales desagregados que el Tribunal Supremo Electora (TSE) finalmente logró publicar.

Las regiones donde la oposición ha logrado preservar una posición competitiva no solo son reducidas, sino están fragmentadas en torno a ciertas zonas urbanas focalizadas, en el noreste amazónico, en los valles y las regiones orientales cruceñas.

Por otra parte, las urnas han ratificado la artificialidad del supuesto clivaje urbano-rural que, según algunos análisis previos a las elecciones, es el rasgo definitivo del electorado masista. Pero, ahora a la luz de los datos oficiales, se establece que ese partido ha superado el 40% de preferencias en todos los segmentos territoriales que componen el país, con un pico de 87% en los municipios rurales dispersos y un “mínimo” de 43% en Santa Cruz de la Sierra. El 58% del total de electores de ese partido viven en municipios metropolitanos o urbanos, incluyendo ciudades intermedias. De hecho, el MAS se constituye en el partido mayoritario no solo entre las clases populares y las zonas rurales, sino también entre las clases medias urbanas.

Todos estos datos confirman el debilitamiento de la desambiguación regional que estuvo asociada al conflicto sobre las autonomías y de las explicaciones dicotómicas que hacían primar las diferencias urbano-rurales o la pertenencia étnica como factores explicativos esenciales del anterior desempeño electoral. No es un dato menor que el actual electorado masista sea policlasista y mayoritario en casi todos los territorios que componen el país. La persistencia de ese comportamiento en grandes segmentos de la población, por casi una década, nos sugiere la cristalización de una identidad política “masista” o “evista” que difícilmente puede ser simplificada como una expresión de un malestar coyuntural, de meras transacciones clientelares o del despiste o “irracionalidad” de las masas populares. La resiliencia de estos indicadores a las difíciles coyunturas que han jalonado la gestión del presidente Morales en estos nueve años, nos habla no solo de su vitalidad, sino de su fuerte penetración en las estructuras sociales y las subjetividades de buena parte de los bolivianos. Habrá, al menos, que entenderlas con mayor precisión si alguna fuerza política quiere competir en los próximos años.

¿ALTERNATIVAS? El problema de las oposiciones no es solamente que son una minoría electoral en esta coyuntura, sino que su capacidad de integrar y representar a todos los sectores sociales y territoriales está muy debilitada. Este rasgo no solo les complica su potencial de representación de la diversidad del país y en particular de los mundos populares, sino también su capacidad de constituirse en una alternativa viable de un gobierno ante la complejidad nacional, lo cual reduce, a ojos de muchos, su competitividad electoral. 

Como suele pasar en la política, las fortalezas de un fenómeno son también, desde otra perspectiva, sus debilidades y prefiguran sus futuras tensiones. Una mayoría tan amplia y heterogénea social y territorialmente, expresa por una parte la capacidad hegemónica y de gobernabilidad que se ha construido a lo largo de una década, pero, al mismo tiempo, podría esconder la gran diversidad de intereses e “interpretaciones” ideológicas sobre lo que “realmente” significa ser masista hoy en día. Es decir, se trataría de una mayoría social intensa en torno a un líder y a un conjunto reducido de orientaciones básicas, pero, al mismo tiempo, muy variable, conflictiva y  hasta confusa en relación a otras cuestiones que hacen a la vida pública. Son votantes cada vez más influenciados por las transformaciones sociales que se están produciendo en el país y que transitan y viven en los extensos espacios urbanos y periurbanos donde ya se aglomera más de dos tercios de la población que habita en Bolivia.

Los resultados de las elecciones nacionales muestran, en sus márgenes, algunas de esas nuevas complejidades. Se puede, por ejemplo, mencionar la erosión del voto por el oficialismo en la zona metropolitana paceña, donde se ha producido un retroceso de casi 13 puntos, o el fuerte bajón en las regiones fronterizas orureñas y la propia ciudad de Pagador, donde el conflicto con el contrabando parecería haber tenido un costo electoral significativo para el MAS (entre 15% y 25% según los municipios).

SUBNACIONALES. Estas pérdidas fueron compensadas por el dinamismo ascendente del masismo en el Oriente, pero su dimensión es de todas maneras relevante. La preponderancia de la adhesión por el líder y el desapego por el partido se han igualmente ratificado: casi un 28% de votantes de Evo Morales (800.000 personas) han decidido, al mismo tiempo, votar por otra opción para diputado uninominal o sufragar en blanco en ese caso. Este fenómeno ya sucedió en similar dimensión en 2009, lo que indica que hay regularidad en el comportamiento electoral ciudadano. Es decir, aunque existe un sólido bloque de electores que apoya al Presidente, éste no es totalmente disciplinado cuando se trata de otro tipo de decisiones, un rasgo crucial pensando en las elecciones subnacionales de marzo, cuando cerca de seis millones de electores elegirán a 2.529 autoridades regionales, entre alcaldes, gobernadores, legisladores departamentales y concejales.

La experiencia de los procesos electorales de 2009 (elecciones nacionales) y 2010 (comicios subnacionales) fue emblemática respecto a la disociación que hace una buena parte del electorado. La gente responde a lo que se le pregunta y pondera sus decisiones según cada contexto particular. Por supuesto, la cercanía ideológica o la simpatía por el oficialismo nacional o las oposiciones influyen en cierta medida en las decisiones, pero se combinan con las  evaluaciones sobre la personalidad de los candidatos y los intereses y expectativas específicas en torno a lo que se espera del nuevo gobierno local. 

Entre diciembre de 2009 y abril de 2010, el MAS perdió más de un millón de votos entre las elecciones nacionales y las subnacionales. Esa fuerte pérdida se canalizó en poca proporción hacia los candidatos opositores, la mayoría engrosó el voto blanco, nulo o la abstención.

El mayor riesgo para el MAS en las próximas elecciones regionales  no es necesariamente la oposición, sino la desmovilización y desafección de parte de sus votantes frente a la oferta de liderazgos locales que ese partido propone. Al contrario, los votantes opositores suelen estar más movilizados y motivados para apoyar a los aspirantes que tengan la oportunidad de derrotar al masismo o que son valorados por su desempeño en la gestión local. Ahí tampoco hay muchas lealtades partidarias, sino elecciones según cada contexto. Por esta razón, pese al piso electoral elevado con el que parte siempre el MAS, muchas contiendas locales podrían terminar con resultados ajustados, sobre todo en las zonas urbanas donde las diferencias entre ambos bloques son estrechas.

DESAFÍOS. El reto electoral del MAS en este año consiste en demostrar que puede volver a cristalizar un voto de similar dimensión al logrado por Evo Morales en octubre de 2014. Como se ha dicho, el antecedente de 2010 no augura una contienda fácil.

De todas maneras, tampoco se debería exagerar los efectos políticos de un eventual resultado mediocre del oficialismo nacional en los próximos comicios, pues es muy cuestionable sustraerlo de su naturaleza local y proyectarlo como un cambio político que contradiga el resultado de octubre. Por otra parte, la dimensión del electorado del MAS, en los municipios rurales, es tan grande que incluso con una competencia de las oposiciones y de las listas de “disidentes” que erosionen su votación, es probable que pueda retener gran parte de esas alcaldías con mayorías simples. La experiencia de los últimos años nos ha enseñado además que la mayoría de disidentes exitosos se transforma rápidamente en “hijos pródigos” que retornan al hogar oficialista una vez dirimidos sus conflictos internos en las urnas.

Considerando sus debilidades, el gran desafío opositor se limita a la conquista de un número importante de grandes municipios urbanos y de un par de gobernaciones que den sustento y visibilidad a la acción política territorial de sus líderes. Por esas razones, lo crucial de esta contienda electoral se jugará posiblemente en los 20 más grandes municipios urbanos y en las nueve gobernaciones. En 12 de esas 20 municipalidades, las diferencias entre el MAS y las oposiciones no excede los diez puntos, es decir, hay condiciones para competencias relativamente abiertas dada la elevada volatilidad de los electorados en ese tipo de distritos. En el caso de las gobernaciones, parecería que todos los ojos se concentraran en lo que pueda pasar en Tarija, Santa Cruz y Pando, donde ambos bloques (MAS-oposiciones) estuvieron separados por una diferencia menor a los cinco puntos porcentuales en las elecciones nacionales. En Beni y tal vez Chuquisaca, por la presencia de una contienda triangular, se avizora una segunda vuelta.

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