Animal Político

Las aventureras no votamos

Solo 115.055 personas han podido rogar el voto (una forma de sufragar del español en el extranjero), lo que supone un 6,11% de todas las registradas en el Censo Electoral de Residentes Ausentes. De ellas, ¿a cuántas les llegarán las papeletas, y a tiempo? Que en pleno siglo XXI votar dependa de unos trozos de papel…

La Razón (Edición Impresa) / Gemma Candela

00:03 / 14 de diciembre de 2015

Tengo un donante. No va a cederme un riñón, ni un pulmón, ni a darme sangre, aunque sí algo igual de vital para el sistema, para el sistema de gobierno menos malo de todos, según lo llaman: la democracia. Tengo un donante de voto que me da el suyo porque mi país me ha negado, como a muchos de los españoles y españolas que vivimos en el extranjero, el derecho de elegir gobernantes. El 20 de diciembre una persona, de la que solo sé su correo electrónico, depositará en la urna la papeleta que yo le pida. La confianza en que ella o él se ha apuntado en el banco de donantes, porque realmente quiere donar el derecho que no va a ejercer, es mi última posibilidad de poder participar en el sistema democrático.

Ésta será la primera vez en los cinco años que llevo viviendo fuera de España que “podré” votar. En los anteriores comicios (ya hubo otros generales, regionales y europeos), también me robaron la posibilidad de elegir.

En el país en el que nací, votar es un derecho pero nadie está obligado a ejercerlo: no hay multa ni boleta que mostrar después para hacer transacciones bancarias. Es un derecho en toda regla, pero una regla, o dicho correctamente, una modificación de la Ley Electoral hecha en 2011 que ha dificultado que podamos ejercerlo: los que estamos afuera ya no votamos por derecho, sino por ruego (la modificación la hizo el partido gobernante en 2011, el “socialista”, y actual, el “popular”, no ha querido cambiarla). Que vivamos lejos porque seamos “aventureros”, como nos llamó a los expatriados una Secretaria General de Inmigración y Emigración, no quiere decir que no nos importe quién parte el bacalao en el suelo que dejamos. Es más, muchos pensamos que solo un cambio de gobierno acompañado de un nuevo sistema nos permitirá, algún siglo, volver.

La primera vez que rogué mi voto, como se llama el trámite para solicitar el derecho a votar desde el extranjero, el sobre con las papeletas de los diferentes partidos políticos nunca me llegó, o llegó tarde, ya no me acuerdo. Y es que resulta que estas cartas se mandan por correo ordinario, y ya sabemos que correos, en países como España o Bolivia, es más lento que el caballo del malo. A pesar de contar con valijas diplomáticas, los consulados no se hacen cargo de enviar las solicitudes, que hemos de mandar también por correo, fax o por un sistema telemático que pocos pueden y saben usar, ni de recibir las papeletas.

La segunda vez, el amplio horario de atención del consulado español en La Paz para sus ciudadanos (de lunes a viernes de 9 a 11 de la mañana) no me permitió ir a suplicar, perdón, rogar el voto. Para las regionales de este año sí pude ir al Consulado y hasta llegué a mandar el fax con la solicitud, pero… el fax nunca entró.

Y llegamos a esta última vez, cuando he tratado de participar en la elección de los candidatos a Presidente que se realizará el 20 de diciembre, una fecha, por cierto, anunciada con tan poca anticipación que tras hacerse pública dejó cerrada la posibilidad de modificar el censo electoral, lo cual también perjudica a los expatriados. De nuevo fui a hacer el trámite de siempre (al final, una se siente como Bill Murray en El Día de la Marmota pero sin posibilidad de modificar el final de la jornada). Mandé el fax y fue recibido a 9.000 kilómetros: solicitud y fotocopia del carnet juntas, como debe hacerse, y tengo el recibo de fax de demuestra que mandé dos hojas. La respuesta de la oficina del censo, dos semanas después, es que niegan mi solicitud de ruego de voto porque no adjunté ningún documento de identidad... Que te mientan en la cara, que ya no sepan qué más inventar para no dejarte votar, es, cuando menos, indignante, y no uso otros calificativos; no sea que desde allá me apliquen la Ley Mordaza. Como dice el estribillo coreado en tantas manifestaciones: “Oé, oé, oé… Lo llaman democracia y no lo es…”

Solo 115.055 personas han podido rogar el voto, lo que supone un 6,11% de todas las registradas en el Censo Electoral de Residentes Ausentes. De ellas, ¿a cuántas les llegarán las papeletas, y a tiempo? Que en pleno siglo XXI votar dependa de unos trozos de papel…

Antes de que se implantara el sistema del voto rogado, y aunque eran menos los inscritos en el censo electoral de los ausentes, podían votar más personas que ahora. Por ejemplo, en los comicios generales de 2008 ejercieron su derecho 383.016 de 1.201.433 inscritos. En 2011 fueron 73.294, aunque el censo había crecido. Con suerte, 100.000 españoles y españolas residentes en el extranjero lograrán participar en las actuales elecciones, según los pesimistas pronósticos de Marea Granate, nombre del colectivo transnacional de emigrados del Estado español y simpatizantes. No sabemos cuántos somos parte de ella y no tiene dirigentes, tal como los movimientos sociales que hace pocos años empezaron a protestar contra los recortes, los desahucios, la precariedad laboral… de los que se nutrió Marea Granate. Somos multitud, una marea que constantemente, como la del mar, crece pero que, contrariamente al movimiento de las olas, no vuelve hacia atrás: nos vamos y no volvemos. Lo de “granate” es por el color de nuestro pasaporte, de ese pequeña libreta forrada y con dibujos de animales en las hojas donde muchos acumulan sellos de entrada y salida de países latinoamericanos, africanos, de América del Norte, y en las que otros no acumulan sellos porque no salen de la Unión Europea y que se las ingenian aprendiendo alemán o mejorando su inglés trabajando de lo que sea. A la mayoría nos valoran en buena parte de los países a los que hemos emigrado porque, supuestamente, somos la generación más preparada: somos licenciados con uno o varios estudios posteriores y sabemos algunos idiomas (no todos), a pesar de que el inglés que “estudiamos” durante años en el colegio fue pésimo y no siempre hubo la opción de aprender otras lenguas. Nada de esto tuvieron nuestros padres ni abuelos, esos abuelos que también migraron a Alemania, a Francia o cruzaron el charco para “hacer las Américas”; esos abuelos y padres que nos dijeron: “Estudia, hija, estudia para trabajar de lo que tú quieras, para que nunca te falte nada y para que nadie pueda engañarte”. Pero no pudimos trabajar de lo que soñamos y estudiamos porque Estado y empresas se aliaron para mantenernos como eternos pasantes, cobrando (cuando no de gratis) cifras inferiores a las del salario mínimo, aunque trabajando como los que más; nos faltó vivienda, pese a empeños como el de una ministra del área, que quiso regalarnos unas zapatillas muy bonitas para que saliéramos a patear las ciudades en busca de pisos, como llamamos a los departamentos allá, de buen precio, en vez de regular los insultantes montos de los alquileres, ni qué decir de las viviendas en venta.

Sí, nos engañaron, y nos hemos convertido en “aventureras”, como se empeñan en llamarnos, que no podemos volver a casa. Y cuando regresamos, aunque sea unas semanas para ver a la familia y amigos, ya no podemos ir al médico porque para el sistema de la sanidad pública (instaurado por el dictador Franco y eliminado por su sucesor, el Partido Popular) somos personas no gratas; a las “aventureras” tampoco nos dejan votar, no sea que logremos cambiar el país del que la falta de trabajo, dignidad y, cada vez más, de libertades, nos ha expulsado. #SinVozNiVoto

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