Animal Político

Del bar, a repartir el ‘periódico que queremos’

El entusiasmo era tal, que ni el polvo de la sala, ni el ruido de los martillos ni el olor a pintura fresca pudieron frenar el correteo por las llamadas a las fuentes, las consultas ante los editores o los printers (borradores de página).

La Razón (Edición Impresa) / Rubén Atahuichi / La Paz

00:05 / 18 de enero de 2016

La noche del 13 de junio de 1998, un grupo de periodistas aún se preguntaba si el primer número de La Prensa iba a salir a las calles. Habíamos hecho dos intentos previos, en domingo, por llegar de una vez a los lectores, que impacientes, ante tanta publicidad, esperaban el nuevo impreso de Villa Fátima.

La prueba final salió perfecta, los colores se sincronizaron bien y el parto —como titulamos la crónica de este sueño al día siguiente— fue normal, aunque con algunas convulsiones y emociones típicas de madre y padre primerizos. El diario ya era parte del mercado de periódicos el 14 de junio, con un titular conminatorio para el entonces Presidente de la República: Banzer necesita triplicar el ritmo de la erradicación.

Es incomparable ahora la algarabía de los escribidores de entonces. Seguros de la publicación, los periodistas nos fuimos a celebrar a un bar de Sopocachi mientras esperábamos la señal de que los impresos ya estaban “en la Camacho”, la avenida donde usualmente se repartían los periódicos a los canillitas. Esa madrugada, bloqueamos la vía y cada quien —los que estaban de pie después de tanto libar cervezas, rones y whiskies— cogió varios ejemplares y los repartió a cuan alma se cruzara por nuestras narices. Hasta nos tiramos en el asfalto para la foto que —seguro— más de uno guarda en el recuerdo.

Horas después, con la resaca sobre las mesas del bar (es que el galpón de Pepsi los guardaba y nosotros los usamos como escritorio por varias semanas), comenzamos en serio a vivir el ritmo diario de las noticias, aunque ya habíamos hecho ejercicios previos de ambientación. Sin proponérselo, los albañiles que acondicionaban la Redacción fueron los testigos del traqueteo de nuestras computadoras Macintosh de paquete.

El entusiasmo era tal, que ni el polvo de la sala, ni el ruido de los martillos ni el olor a pintura fresca pudieron frenar el correteo por las llamadas a las fuentes, las consultas ante los editores o los printers (borradores de página).

Hoy que la catarsis de periodistas, armadores y prensistas ha estallado ante el cierre de aquel periódico, el viernes, queda solo para la nostalgia aquel ímpetu. Ni del polvo ni de la pintura fresca quedaron nada, solo la tinta que llevamos dentro quienes pasamos por el “periódico que queremos”.

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