Animal Político

La campaña electoral que se nos viene

Un repaso de los liderazgos en boga, junto a una caprichosa comparación con comicios pasados; un aperitivo para degustar por anticipado las elecciones nacionales venideras.

La Razón / Rafael Archondo

00:03 / 28 de julio de 2013

Tracemos de entrada una comparación histórica posiblemente sugerente. Las elecciones de 2014 podrían parecerse mucho a las que los bolivianos celebramos allá en 1985. Y es que al igual que aquéllas, éstas serán las primeras que se organicen después de un desempate claro entre dos bloques políticos antagónicos e irreconciliables.

¿Usted se acuerda? Una vez que la izquierda en el poder llevara al naufragio a uno de los gobiernos más tímidos de la historia, el de la Unidad Democrática y Popular (UDP), los partidos que la combatieron en el Congreso Nacional y en las calles se dispusieron a repartirse sus despojos. En 1985, se fundó en el país un nuevo sistema político que tuvo como pilares estabilizadores a tres siglas primordiales: Acción Democrática Nacionalista (ADN), Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR). La triada aguantó prácticamente hasta 2002, año en el que decidió recluirse en el Palacio de Gobierno para esperar la muerte lenta a manos de muchedumbres enfurecidas. Visto de ese modo, los comicios de 1985 sirvieron para dibujar los contornos del nuevo sistema de partidos, que recibiría con optimismo decreciente la llegada del nuevo siglo.

Quién le dice que en 2014 vamos por el mismo camino, aunque con signo ideológico invertido. Las condiciones son en verdad muy similares. En 2009, el bloque político encabezado por Evo Morales rompió todas las barreras pretéritas y abrazó los dos tercios del respaldo ciudadano. Las fuerzas partidarias y sociales que lo resistieron se desplomaron silenciosamente y hasta ahora no se recuperan de aquel derrumbe inesperado. Lo mismo le sucedió a la izquierda antes de 1985, cuando una fracción respaldó el voto en blanco y la otra aspiró a cargos parlamentarios, pero en condiciones de anemia electoral aguda.

Se puede decir entonces que en 1985 y ahora se dieron por finalizadas las transiciones políticas que suelen enterrar un viejo orden e inaugurar formalmente el nuevo ciclo. Cuando una transición finaliza, acaba también esa situación de indefinición que en algún momento fue bautizada como empate histórico. El bloque victorioso impone ahí sus prejuicios y recetas de éxito tanto a sí mismo como a sus adversarios. Se puede decir también que tiene la prerrogativa de organizar el debate y poner las piezas en el tablero para que éstas jueguen a su favor. En otras palabras, no sólo dicta los términos de la discusión, sino que conserva todos los ases en la mano.

Hoy, como en 1985, se da por sentado que la política en Bolivia sólo puede practicarse siempre y cuando se recite o simule el credo del bloque político dominante, aquel que ha logrado sembrar sus premisas en las mentes de los electores. Si en 1985 quedaba claro para todos que el Estado era un pésimo administrador y que el país debía zafarse de los parámetros consagrados por la Revolución de 1952, hoy queda claro que entregar el control total de nuestras principales fuentes de riqueza a las empresas privadas es un error categórico. Hemos sido testigos del alumbramiento de dos épocas, de dos consensos antagónicos y, al mismo tiempo, esperanzadores o, al menos, perdurables.

La gran duda de 2014, tras haber repasado 1985, es si ahora surgirá también un sistema con dos o tres siglas partidarias vigorosas. Una vez experimentado nuestro primer lustro con mayoría absoluta en manos de una cúpula partidaria, los electores ya tendríamos que saber qué es lo que más nos conviene: un poder centralizado y confortable, sin contrapesos, o un esquema compartido en el que toda política pública tenga que ser negociada entre varios puntos de vista oficialmente representados. ¿Cuál le gusta?El eje del debate. Por todo lo dicho, es muy probable que la tónica dominante de las elecciones de 2014 sea si conviene o no tener un nuevo gobierno con dos tercios del electorado en su favor. Parece que eso es lo que estará en juego el año venidero.

Como se sabe, la primera pregunta que un jefe de campaña serio debe hacerse es justamente cuál será el eje del debate en los comicios que se avecinan. Por lo general, cada elección se mueve al amparo de una sola contradicción fundamental. Veamos ejemplos a granel. La de 1985 nos sorprendió con la pregunta de si debíamos o no enterrar las banderas del 52; la de 1989 nos puso ante el dilema de consolidar o no las medidas marcadas por el Decreto 21060; la de 1993 indagó en nosotros si era admisible o no abrir las puertas para la inversión extranjera; la de1997 nos puso ante el reto de cómo encarar la crisis; la de 2002 nos colocó ante la disyuntiva de si debíamos o no enterrar el neoliberalismo; la de 2005 nos hizo dudar sobre qué tamaño debía tener su lápida y la de 2009 nos interrogó si queríamos o no un gobierno fuerte y decisivo para encarar los cambios ya previstos en la nueva Constitución Política del Estado.  Pues, se me hace que la elección de 2014 será sobre si el Movimiento Al Socialismo (MAS) merece o no repetir los dos tercios. 

Como se sabe, el contenido de esta contradicción fundamental, elección tras elección, no depende en lo más mínimo de los equipos de campaña, sino del contexto histórico general. Es el terreno en el que toca jugar y sobre el que se puede influir muy pálidamente. Son los bueyes con los que no queda más remedio que arar lo mejor que se pueda.

¿Ventaja para quién? Si esto es así, demos entonces un paso más allá en el análisis. La segunda pregunta de todo estratega de campaña es si la sigla a la que se busca favorecer corre con ventaja o desventaja dada la disyuntiva planteada. En otras palabras, debe evaluar si el terreno establecido para la disputa está enfangado o seco, considerando las habilidades y antecedentes de los candidatos.

Para el MAS, la pregunta de si debe o no recibir dos tercios de respaldo se le presenta retadora. Tiene que demostrar que sólo con su actual margen de apoyo es capaz de seguir distribuyendo bienestar y obras por doquier.  Para generar esa sensación, tendrá que encender las alarmas ante la posibilidad de una parálisis perjudicial a las iniciativas que está impulsando.  

En el caso de la oposición, sea ésta de izquierda o de derecha, su principal consigna tendrá que ser la de frenar un supuesto avasallamiento autoritario por parte de una sola fracción del firmamento político. Los opositores tendrán que esforzarse por mostrar la amenaza que representaría una prolongación de un poder acumulado en tan pocas manos.  Dicho de otro modo, parece que la oposición tendrá que pedirle a los electores que la coloquen como contrapeso necesario, como freno de los futuros abusos y factor de corrección de las falencias involuntarias o deliberadas de los gobernantes actuales.

Vistas las cosas de ese modo, se podría decir que si la disyuntiva de 2014 es la entrega o rechazo de dos tercios por parte de los electores a la opción ganadora, el oficialismo corre con ventaja. Si bien la población actual puede estar mirando con recelo los excesos de poder, tampoco sabe con exactitud en qué mejoraría su situación si se incrementase la conflictividad dentro de la Asamblea Legislativa Plurinacional. Por lo tanto, la oferta de un gobierno con más controles y frenos no necesariamente es una opción atractiva, en la medida en que se trata de la misma sigla dominante, aunque debilitada. La imagen de un gobierno entrampado por sus opositores no tiene las trazas de un escenario deseable para la gente.

Mover las fichas. ¿Cabe imaginar acaso la posibilidad de un cambio en la contradicción fundamental? ¿Es posible un vuelco drástico de escenario? Este camino sería sólo pensable si sobreviniera una crisis aguda que pusiera en duda la validez de los paradigmas gubernamentales o la irrupción de un liderazgo inesperado que ofreciera avanzar por la misma senda, pero con un horizonte más amplio y prometedor. Vemos que a pesar de todos los errores acumulados en estos casi ocho años de gestión, el estilo y los rasgos implantados por el MAS y Evo Morales siguen siendo el norte de las mayorías. La oposición se debate entonces entre una oferta que trascienda al MAS, prometiendo un masismo mejorado, o una que rompa con todo lo logrado, a riesgo de quedar como fuerza solitaria y testimonial.

Ante un escenario tan cuesta arriba como el sugerido acá, la oposición tendría que concentrar sus energías en hacer ingresar a los dos hemiciclos de la plaza Murillo a la mayor y mejor cantidad de legisladores, representantes capaces de allanar una plataforma de cuestionamiento más documentado y contundente, que supere en serio los esfuerzos precedentes. Sus listas de candidatos tendrían que despertar la sensación de que quienes vayan a ocupar los curules, serán personas que antes que obstaculizar la gestión impedirán que se sigan cometiendo errores.

Parece llegada la hora de una oposición constructiva, pero al mismo tiempo, intransigente en ciertas cuestiones de principio. La conducta explicada tendría que llevar quizás no a un frente único de oposición, fórmula equivocada tratándose de actores ideológicos diferenciados, sino de una estrategia común para lograr, por separado, el mayor número de bancas legislativas. ¿Cómo se pone en práctica algo así? 

La idea sería que cada candidato presidencial concurra arguyendo sus propuestas de forma separada, pero que allí donde una fuerza opositora sea débil, deje el espacio libre para las otras a fin de concentrar votos.  Ello implica, por ejemplo, que Rubén Costas no presente candidatos a la Asamblea Legislativa en el occidente del país y que Juan del Granado no cometa un error similar allí donde la centro-derecha oriental tiene gran poder de convocatoria. De ese modo, toda fórmula opositora en las regiones o circunscripciones podría aspirar a ganarle a los candidatos oficialistas.

Esta receta parece la única viable a fin de sumar debilidades y permitir que la próxima Asamblea Legislativa se transforme en un espacio debatido, nutriente de cualquier sistema de partidos, en el que reine el pluralismo.

Repaso de candidatos

Las actuales señales de la coyuntura parecen apuntar a un nuevo sistema de partidos conformado por cuatro siglas: el MAS, el Movimiento Sin Miedo (MSM), Unidad Nacional (UN) y los llamados demócratas encabezados por el gobernador Rubén Costas. Un espectro así nos plantea un prisma convencional que va de la izquierda a la derecha, según como se quiera colocar las fichas sobre la mesa. 

Eventualmente, el MAS seguiría siendo el partido más fuerte y extendido de Bolivia, mientras el MSM podría concentrar a los disidentes del evismo y a ciertos movimientos que se sostienen en la rebelión de inicios de siglo, pero que también quieren equilibrios y correctivos.  De su lado, UN abarcaría una especie de centro-izquierda, mientras la opción de Costas representaría al segmento conservador y de derecha, afincado en las ciudades y lo que queda residualmente de la llamada “media una”. Una vez más, acá, resurge la contradicción o duda fundamental que resolveremos en 2014: ¿se queda el MAS con dos tercios?

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