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La carta del senador Pinto o más acá del bien y del mal

Desde un inicio, en la carta se percibe un fatum, un destino ineluctable que no es desconocido por el autor; él se sabe predestinado, sin embargo, da por cierto que tranquilamente habría podido evitar el sino: “Siempre estuve consciente de que el Gobierno de Evo Morales, (sic por esa coma) no permitiría mi salida”.

La Razón / Ricardo Aguilar Agramont / La Paz

00:02 / 01 de septiembre de 2013

Leyendo la carta del senador Róger Pinto, escrita (con los codos a juzgar por su ortografía y gramática) a su llegada a Brasil y dirigida al “pueblo de Bolivia”, se percibe cierto aire de familia con esos textos de tópica religiosa que anuncian el advenimiento del fin.

Por supuesto, que ese parentesco no lo tiene con el libro de Juan, el Apocalipsis (una obra fundamental de la literatura universal), sino con esos burdos panfletos que reparten creyentes de las sectas religiosas evangélicas en papel couché, full color, saturados de una multitud de fuentes.

Desde un inicio, en la carta se percibe un fatum, un destino ineluctable que no es desconocido por el autor; él se sabe predestinado, sin embargo, da por cierto que tranquilamente habría podido evitar el sino: “Siempre estuve consciente de que el Gobierno de Evo Morales, (sic por esa coma) no permitiría mi salida”.

Pinto cuenta que estando a pasos de poder pasar al Brasil —antes de refugiarse en la embajada— y evitar los 454 días viviendo en una oficina, el operativo de salida, etc., no lo hizo y optó por el “designio”: enfrentar al “mal en su propia sede (La Paz)”.

Sin decirlo textualmente, lo que se quiere significar es claro: el sentido encubierto nos dice que Pinto siguió un destino que bien podría haber evitado, como Jesucristo: tal es la asociación final que esa “sintaxis” quiere provocar en el lector.

La dicotomía bien-mal se posesiona del discurso, cosa por demás acorde con el parentesco con el tono de la panfletería religiosa mencionada y que tanto recuerda al discurso de George W. Bush para invadir Afganistán e Irak.

Por ejemplo, dirá Pinto: “El bien finalmente se impone”. El senador se siente “el elegido”, acá otra vez aparece ese discurso del bien cuando confiesa que su conciencia “seguirá rebelándose y luchando contra el oscuro poder al que (Evo Morales) representa”.

Lo que Pinto nos dice entonces es que él es un agente del bien. Todos los signos de la lucha entre el bien y el mal son el paralelo de la lucha entre Dios y Satán en la tradición judeocristiana; así, por un desplazamiento metonímico, el senador que la Justicia boliviana dice que es un corrupto que malversó Bs 11 millones es nada menos que el representante de esa fuerza divina...

Se concluye entonces que el criterio de selección de las fuerzas del bien aparecen flácidas y poco preocupadas por la ortografía.

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