Animal Político

Quién es quién en el caso de la fuga del senador

Se relata el papel de los actores con un rol en la salida del senador Róger Pinto al Brasil. En la segunda parte se hace una suerte de radiografía de Itamaraty, desde la percepción del exembajador de Bolivia en Brasil, José ‘Gringo’ González.

Info Róger Pinto.

Info Róger Pinto.

La Razón / Ricardo Aguilar Agramont / La Paz

00:06 / 01 de septiembre de 2013

Es comparable la fuga del senador Róger Pinto a Brasil con una película, para algunos cómica (en sentido clásico), y para otros, trágica. El primer caso corresponde a la percepción de la oposición boliviana y el segundo, a la oficialista. ¿Pero quién es quién en el elenco de la trama? El tiempo hará la clasificación del género, mientras se tiene a continuación a los protagonistas...

La “Prima Donna” de la opereta es el senador por Convergencia Nacional (CN) Róger Pinto Molina, que antes fue diputado por Acción Democrática Nacionalista (ADN) durante el gobierno de 1997 del exdictador Hugo Banzer Suárez y luego senador, en 2005, por la escisión de ADN, Poder Democrático y Social (Podemos).

Con más juicios relacionados con corrupción, vinculación en la masacre del Porvenir en 2008 y otros por delitos comunes (tenía cinco por de- sacato, figura que luego fue declarada inconstitucional), dijo ser un perseguido político y se refugió en la embajada brasileña en La Paz. El 8 de junio de 2012, Brasil le otorgó el asilo.

Marcel Biato, embajador en Bolivia ese momento, fue acusado de gestionar la protección. Evo Morales se refería a él como el “desestabilizador”. Recibió el “castigo” de Brasil y fue retirado de las funciones que iba a cumplir pronto en Suecia.

El ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, fue quien más denunció los delitos de los que se acusa a Pinto. Bolivia se negó de conceder al senador el salvoconducto, con el argumento de que éste no es perseguido político y es procesado por delitos comunes.

Por otro lado, los líderes opositores jugaban un rol mediático con la excusa de que el Gobierno no respeta las leyes internacionales sobre el asilo. Asumieron ese rol en la representación Samuel Doria Medina y Rubén Costas, como los más visibles.

Tras la salida de Biato, el segundo en la embajada, Eduardo Saboia, asumió el papel de Encargado de Negocios. Él fue quien condujo a Pinto a la frontera de Brasil con la justificación de “razones humanitarias”, pues arguyó haber creído como reales las intenciones del asilado de suicidarse. Creyente cristiano (escuchó “la voz de Dios” para decidir), fue retirado de su cargo e Itamaraty le abrió un proceso de investigación.

El senador brasileño Fernando Ferraço recibió en la frontera a Pinto y defiende su actuación. Al ruedo entró también el ahora excanciller Antonio Patriota, quien fue separado de sus funciones y, más tarde, expresó, como la presidenta Dilma Rousseff, que no estuvo de acuerdo con el cómo fue la salida asistida de Pinto.

Lo sucedido en el caso del senador y las consecuencias en las relaciones de Bolivia y Brasil es inédito. No hay registro visible sobre cómo un caso particular termina con el cargo de un canciller, un embajador y un encargado de Negocios, al menos.

Itamaraty, ese  ‘país’ que a veces se lleva bien con Brasil

El título es una paráfrasis del alto dirigente del Partido de los Trabajadores y asesor de Asuntos Internacionales del gobierno de Dilma Rousseff, Marco Aurelio Garcia. “Itamaraty es un país con el que a veces nos llevamos bien”, lo cita el exembajador de Bolivia en Brasil José Gringo González.

Esta frase resume cómo es la diplomacia brasileña, tan reputada de ser impecable y que pretende ser una institución del Estado y no de un Gobierno. Tal vez el asilo otorgado a Róger Pinto sea un ejemplo de la separación. Otro ejemplo es que sectores de Itamaraty vieron con malos ojos la integración regional promocionada por Lula y Rousseff. “Tienen la vista puesta en Estados Unidos y Europa, no en los países vecinos”, afirma. 

De primera mano, González describe su impresión de Itamaraty. Quien ingresa a la escuela diplomática brasileña “es una persona acomodada y con apellidos”. Así, por ejemplo, asegura que, siendo Brasil un país de mayoría negra, nunca conoció un solo diplomático de Itamaraty que sea de raza negra, o cuando menos mulata, ni uno.

Para ingresar se debe tener una formación impecable, con licenciaturas y estudios de posgrado y manejar varios idiomas. “Es de suponer que nadie de extracción humilde va a cumplir estos requisitos”.

Una vez que ya han sido aceptados entre los contados elegidos que podrán seguir la carrera diplomática, los estudiantes empiezan una suerte de guerra de “baja intensidad”, pues entre ellos son “competitivos al extremo”.

González compara Itamaraty y su escuela a las aulas que salen en el film de Pink Floyd, The wall —particularmente cuando suena la canción Another brick on the wall (segunda parte). “Todos en línea, muy obedientes, son idénticos unos a otros, inidentificables, como clones. Todos tienen la misma forma de vestir, la misma forma de hablar, hasta la misma manera de estornudar. Son como un genotipo, todos eficientes”.

Tienen de una disciplina “casi militar” de obediencia, “incapaces de actuar por propia voluntad. Al superior se mira con sumisión”, por eso es muy curiosa la actuación subalterna en el caso Pinto del encargado de Negocios en Bolivia, Eduardo Saboia.

Esta “oveja negra” se oscurece aún más cuando González describe que si hay un diplomático de rango superior en la sala, “los demás no abren la boca, ni preguntan, salvo que el superior les pregunte. Nunca opinan nada”, siempre “son neutrales”, no toman nunca posición, pues no saben” qué Gobierno podría llegar”.

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