Animal Político

Aquí nada es chévere, ni la música, ni el chofer

A diario coleccionamos historias de maltrato y lo peor es que no hay dónde quejarse. En el caso de los taxis, o radiotaxis, las tarifas establecidas por la Alcaldía, ellos se las pasan con facilidad, como cruzan un semáforo rojo en cercanías del estadio Hernando Siles.

La Razón (Edición Impresa) / Erick Ortega / La Paz

00:05 / 11 de enero de 2016

Cierto, acá en la ciudad de La Paz nada es chévere, ni el coche (que por lo general lleva decenas de años de sobrevivencia entre alambres), ni el chofer. La música es parte de la dictadura del volante. Y, como toda dictadura que se respete, no sabe de buen gusto.

Nada une más a los paceños que la bronca contra los choferes. Bueno, quizás haya un cariño especial por el Illimani y la marraqueta; pero lo cierto es que el emplume (otra bella inocente palabra de la hoyada) contra los maestritos es generalizado.

A diario coleccionamos historias de maltrato y lo peor es que no hay dónde quejarse. En el caso de los taxis, o radiotaxis, las tarifas establecidas por la Alcaldía, ellos se las pasan con facilidad, como cruzan un semáforo rojo en cercanías del estadio Hernando Siles. Los minibuseros cambian de ruta con la simpleza con la que matan cambios. Muchos, no todos, la verdad sea dicha.

La semana que agoniza fue un ejemplo más de que la intolerancia en la ciudad marcha sobre ruedas. Nuevamente se han llegado a los extremos de bloquear a la ciudad para conseguir un aumento en el pasaje. Otra vez se ha golpeado a la gente que piensa diferente. Y se ha hecho todo lo humanamente posible para ganarse el repudio de la población. Definitivamente, siempre se puede ser peor.

Por eso muchos amamos el PumaKatari y nos subimos felices al Teleférico. Esto, al margen de que el primero sea una propuesta de la Alcaldía y que el segundo sea una iniciativa del Ejecutivo.

Con estos medios de transporte podemos —sin necesidad de pelear con choferes, ayudantes, taxistas y demás— hacer algo tan elemental como movilizarnos. A nosotros, los mortales que no tenemos un coche para ir de acá para allá, estos servicios nos sirven a rabiar. Ahí, en Pumas y Teleféricos, los paceños nos convertimos en gente bien. Saludamos, cedemos el lugar, no pisamos los asientos, ni escupimos. Ay de aquel que ose con rayar un asiento, lo ajusticiamos con la mirada, el desdén y, por último, le hacemos bulling paceño.

En el otro extremo, los choferes hacen todo por merecerse el desprecio general. Encima nos mienten cuando algunos ponen esos letreros como “El lujo de volar por tierra”. Porque, después de todo, en La Paz todo está mal, el coche, el chofer y la música.

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