Animal Político

Los claroscuros de la destitución de Lugo

Crisis política en Paraguay

La Razón / Diego Raus

00:00 / 01 de julio de 2012

En la semana anterior, el presidente paraguayo Fernando Lugo fue destituido de su cargo por el Congreso, que utilizó un mecanismo que ya reviste antecedentes en la política latinoamericana contemporánea: el impeachment. La reacción inmediata de los gobiernos de la región, o la mayoría de ellos, medios de comunicación y analistas fue la de calificar el hecho como un golpe de Estado, parlamentario o constitucional, pero golpe al fin.

El tiempo dirá acerca de si esa calificación se ajusta estrechamente a la realidad. Por ahora hay conjeturas y aproximaciones. Pero podemos comenzar esta nota, donde intentaremos relevar algunas cuestiones que iban tornándose candentes en la política paraguaya, señalando algo así como una imagen: nunca en la historia política latinoamericana reciente se observó un proceso destituyente en el que el mandatario destituido haya ofrecido tan poca resistencia. En algunos planos de esa imagen hasta se podría observar conformismo o consenso de Lugo hacia su destitución. Estirando la imagen daba la impresión de una relación entre algunos que querían destituir y otro que quería ser destituido. ¿Habrá pasado algo de esto?

El personaje destituyente, el exvicepresidente y actual presidente Federico Franco, pertenece al Partido Liberal. Este partido, de antigua historia, cobró relevancia en los últimos tiempos del stroenerismo al constituirse en la más férrea oposición al Partido Colorado, el partido gobernante. Dado el carácter de la política paraguaya de esos tiempos, el opositor partido Liberal devino en una organización política democrática y progresista, no sólo por sus posiciones programáticas sino también por su rol de principal, o única, oposición al stroenerismo.

En el giro político que vivió América Latina en esta primera década del siglo XXI, genéricamente caracterizado como política progresista, Paraguay fue el último país del cono sur en plegarse a dicho cambio. La figura de Lugo, exsacerdote, exmandatario de la Iglesia a la que abandonó en un duelo de ideas y posiciones sociales y políticas, calzaba perfectamente en el paradigma político vigente en la región. Igual que otros casos —Rafael Correa— no tenía una estructura política propia como para competir con el armado territorial del Partido Colorado. Sólo contaba con el entusiasmo que generó su aparición pública y un carisma que reposaba en sus ideales cristianos de justicia social. Mucho capital político para tan poca, o nula, estructura política. A resolver esa carencia acudió el Partido Liberal.

La alianza entre el carisma de Lugo y la estructura política y los pergaminos históricos (aunque ya un poco manchados por su actuación en los años anteriores) del Partido Liberal permitieron la victoria de aquél y el acople de Paraguay al giro progresista de gran parte de América Latina. Pocos tuvieron en cuenta el papel en esa victoria del Partido Liberal; el triunfo fue de Lugo.

Esta situación se constituyó, durante el gobierno efectivo de Lugo, en un escenario creciente de conflicto. Éste, carente de un armado político sólido propio, jugueteó permanentemente con las líneas internas de su partido aliado (Liberal), principalmente en un intento de debilitar la figura de su vicepresidente (Franco), quien, por su lado, nunca ocultó sus ambiciones políticas más allá de la hegemonía de Lugo en la alianza gubernamental. Este conflicto sordo pero permanente debilitó a la alianza de gobierno en el parlamento, algo que siempre fue bien aprovechado por el opositor Partido Colorado y la fracción política del siempre polémico Lino Oviedo. Es decir, fue un error de Lugo no haber capitalizado su fortaleza política personal para afianzarse definitivamente como líder indiscutido de la alianza de gobierno. Dividió pero nunca imperó.

La otra gran cuestión que atravesó la crisis política en Paraguay fue la tierra, es decir, la propiedad de la tierra. La tierra y su propiedad en los tiempos de la soya. Bastaría con detenerse en el hecho que hizo de argumento para posibilitar la destitución de Lugo: las 17 personas, entre campesinos y policías, muertas en el intento de de-salojo de una estancia de miles de hectáreas ocupada, propiedad de un conspicuo dirigente y senador del Partido Colorado Blas Riquelme. La economía política paraguaya observa esa conjunción estrecha entre propiedad de la tierra y poder político. Un desbalance en un lado de esta ecuación produce un tembladeral tal que cualquier forma de “solucionarlo” es un costo menor a permitir una modificación del status quo. En Paraguay la tierra se controla y el control es exclusiva potestad de la élite de poder tradicional.

La asunción de Lugo, y su aura progresista, trajo la esperanza de una política de mayor justicia social que, en los hechos, implicaba una política de tierras cercana a una reforma agraria. El difícil entramado de la estructura de la propiedad en Paraguay —hay 300 mil propietarios brasileños o de origen brasileño (el Gobierno de Brasil fue el único de los gobiernos del Mercosur que no calificó la destitución como un golpe de Estado), la resistencia del poder económico terrateniente, la debilidad de la política presidencial, la falta de alianzas sólidas para una política de reforma agraria, conspiraron contra esa esperanza de un cambio histórico en la estructura económica y social. Lo que se generó como contrapartida a ese fracaso fueron organizaciones de campesinos sostenidos ideológicamente en discursos políticos y religiosos, cuya modalidad de acción colectiva consistió en la ocupación violenta de propiedades. Estas organizaciones —carperos— fueron consentidas, al menos no reprimidas, por Lugo, lo que incrementó su voluntad y capacidad de acción. De esta manera Lugo se enfrentaba al poder económico y político con una fuerza de acción directa pero sin una base política que, al tiempo, acompañara esa acción colectiva. Por el otro lado, el poder económico y político se iba cohesionando en el espanto, es decir, terratenientes, colorados, liberales y brasiguayos, aliándose con el único objetivo de detener la toma de tierras. Si faltara algo —el factor externo— y sin entrar en teorías conspirativas a pesar de que las hay, no hay que olvidar que Paraguay se asienta en parte de una de las mayores reservas de agua dulce del mundo: el acuífero guaraní.

¿Concretamente, la situación se dirimió en una alianza de poder tradicional, que limó sus grandes diferencias históricas ante el peligro que veían respecto a su base material —la propiedad de la tierra— y un presidente con una crisis profunda de sustentabilidad política. Quizás esa tensión tan dispareja explique esa imagen de un Lugo no muy alterado con su destitución. Quizás el rechazo de los países del área a reconocer el gobierno de Franco haya producido en Lugo su postura actual: la de un presidente destituido dispuesto a volver a la pelea. Sin embargo su objetivo inmediato, por él declarado —buscar una senaduría en 2013— da la sensación de un Lugo que ya aceptó el putsch que lo desalojó el poder. El tiempo dará su veredicto aparte de aportar más claridad, y datos, a este —otro más— episodio lamentable de la política latinoamericana.

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