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La complejidad del racismo

La autora sostiene que la segregación repercute más en la población mestiza o clase media emergente.

La complejidad del racismo.

La complejidad del racismo.

La Razón (Edición Impresa) / María Esther Mercado

00:00 / 31 de enero de 2018

La ideología racista como sistema tiene distintos componentes en la historia. Se conoce que hacia fines del siglo XV, la monarquía cristiana en la península ibérica, con el fin de realizar limpiezas étnicas manejaba el discurso de la “pureza de sangre”, fundamentalmente orientado hacia judíos y musulmanes, los mismos que, para evitar la muerte, adoptaban el cristianismo. La idea de esta maniobra era controlarlos biopolíticamente. Igualmente, las viejas prédicas antisemitas islamófobas o antisemitas judeófobas referían al “Dios equivocado” a la “teología equivocada” o a la “influencia del demonio en la religión equivocada”. Aquí, lo significativo es que no se cuestionaba la humanidad de las víctimas, sino la segregación religiosa justificada por la pureza de sangre.

La primera forma de racismo en el sistema-mundo fue el racismo religioso, el mismo que en el siglo XVI se articuló con el racismo de color. En la actualidad, estos paradigmas religiosos, el racista biológico y el racista culturalista son los que se sostienen en el carácter de la colonialidad, proyectados en el fenotipo y la etnicidad.

Al presente, aún se debate el argumento de superioridad o inferioridad de las culturas. Sin embargo, en esta discusión se esquiva el sentido del racismo, siendo que el discurso racista es una de sus expresiones que se reproduce silenciosamente en distintas dimensiones: política, social, cultural y económica. Para Ramón Grosfoguel, del grupo Modernidad/colonialidad, “el racismo no es un tema de prejuicios y estereotipos, es institucional y estructurado, y es imposible pensar que se reduzca a esos dos conceptos, porque es más profundo, complicado y complejo”.

Además, puntea, existe un solo racismo con otros marcadores como la religión, la identidad étnica, la lengua y otros factores. “No es un tema de discriminación étnica, es más profundo. Si solo fuera eso, sería más manejable, pues la modernidad se funda sobre estructuras racistas, sexistas y de dominación racial y patriarcal”.

Frantz Fanon en su obra Los condenados de la tierra (1961) señala: “El racismo es una jerarquía global de superioridad e inferioridad sobre la línea de lo humano que ha sido políticamente producida y reproducida como estructura de dominación durante siglos por el sistema patriarcal occidental moderno colonial”. Al mismo tiempo explica que las personas que están arriba de la línea de lo humano son reconocidas socialmente como seres humanos con subjetividad y acceso a derechos humanos, ciudadanos, civiles, laborales en tanto para las personas que están por debajo de la línea de lo humano, su humanidad está cuestionada y, por tanto, negada. Hay ejemplos como del imperio británico que empleó la jerarquía religiosa de los protestantes como superior a los católicos, para marcar la línea de lo humano. En ese entendido, la forma particular que el racismo adopta en una zona específica del mundo no necesariamente es la misma que en otras latitudes, justamente por la diversidad de situaciones, formaciones sociales, históricas, culturales y religiosas.  

En este contexto, el racismo como fenómeno social es un conjunto de normas y representaciones que conducen a la exclusión de aquellos que no responden al imaginario occidental, patriarcal, social, étnico y académico del grupo hegemónico y principalmente que en función a su imaginario sitúa al otro, bajo la línea de la inferioridad. De manera que, el racismo o discriminación que estamos viviendo, (aunque haya negación), se marca por la clase social, el fenotipo, la forma de hablar y de vestirse, los gustos, las creencias, las formas de ser y de organización, y por qué no aludir al  género, orientación sexual, transexualidad y otros.

Las consecuencias de las categorizaciones mencionadas en nuestro contexto son las que sitúan al otro en el eslabón social más bajo, como producto de una ideología discriminatoria construida desde la colonia y legitimada por la sociedad boliviana. Sin duda, esta segregación repercute en la población mestiza o clase media emergente, generando una suerte de endoracismo —exclusión propia o de los suyos— con una carga de desprecio y hasta de rencor, debido a las representaciones simbólicas que la sociedad constantemente le recuerda. El endoracismo se presenta bajo formas discursivas y prácticas sociales cotidianas, a veces violentas, otras jocosas. Con todo, bajo la mirada incrédula de muchos, el racismo estructural que está internalizado emerge sin máscaras.

  • María Esther Mercado es antropóloga, investigadora y gestora cultural

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