Animal Político

La conflictividad en la mentalidad boliviana

Se mantiene un balance que hace que, pese al elevado número de conflictos sociales y sus altos niveles de convulsión, los episodios de conflicto logren resolverse por la vía pacífica y democrática, sin llegar a dimensiones alarmantes de violencia armada.

La Razón (Edición Impresa) / Nicole Jordán Prudencio

00:03 / 09 de mayo de 2016

Si un solo día en cualquier departamento de nuestro país puede estar desprovisto de —al menos— un conflicto social. Los bolivianos estamos acostumbrados a transitar por el centro de las ciudades, principalmente de la sede de gobierno, sin siquiera inmutarnos al escuchar los cánticos de una manifestación. Las marchas, paros, huelgas de hambre y bloqueo de caminos se han convertido en parte de nuestro día a día. Esta especie de tradición de la protesta y movilización social constituye uno de los rasgos que hace de la cultura política boliviana una cultura política del conflicto. Sin embargo, una de las paradojas de la conflictividad boliviana es que sin importar los grados de frecuencia y radicalización de los conflictos sociales, afortunadamente, éstos no llegan a desbordarse en un conflicto armado interno. ¿A qué se debe esta situación?

En toda sociedad coexisten una serie de códigos, prácticas, creencias, tradiciones, valores y costumbres que componen la cultura de un determinado grupo humano, la cual condiciona el accionar de los individuos en sus interacciones sociales y políticas. El proceso de interiorización de los preceptos socioculturales llega a ser tan profundo que se torna imperceptible, dando lugar a lo que se conoce como “cultura política”. La cultura política es el entendimiento de la mentalidad prevaleciente y de las pautas de comportamiento de una determinada sociedad.

En Bolivia, la cultura política se cimienta en algunos rasgos predominantes y arraigados en la mentalidad colectiva que la tornan conflictiva. Un primer rasgo es el autoritarismo (el cual se arrastra desde épocas precoloniales), debido a que si bien el fin de los regímenes militares, en la década de 1980, impulsa un nuevo escenario de rechazo a las prácticas autoritarias, los resabios del autoritarismo se hacen visibles aun en la Bolivia democrática, a través de la intolerancia política y la imposición de las demandas sociales por la fuerza. En la actualidad, los vicios autoritarios se materializan durante los conflictos en la forma de comportamientos proclives a la violencia, el daño a la propiedad pública y privada, la dramatización y radicalización de las medidas de presión, la minimización del respeto por los derechos del otro, entre algunos ejemplos.  

Un segundo rasgo destacable son las expectativas de paternalismo y clientelismo estatal, puesto que la analogía de Bobbio, Matteucci y Pasquino, según la cual el Estado se comporta como un “padre” de los ciudadanos, quienes son visualizados como “hijos”, se aplica al caso boliviano, derivando en problemas bidireccionales. Por un lado, a lo largo de la historia, el Estado —a través de los gobiernos de turno— ha promovido la realización de políticas desde arriba, justificadas bajo la idea de ser hechas en beneficio de todos sus “hijos” (esto ha comenzado a cambiar con prácticas que involucran a la ciudadanía de forma más directa, como el referéndum). En consecuencia, las tensiones entre el Gobierno y los grupos movilizados surgen cuando las personas comienzan a sentir que las políticas no las favorecen, empiezan a cuestionarlas y a exigir ser tomados en cuenta en la toma de decisiones. Por otro lado, la población percibe al Estado como a un “padre” del cual se espera la atención y resolución de los problemas. Por ende, cuando esto no sucede, o no lo hace del modo y en el tiempo esperados, los “hijos” protestan y se rebelan a través de medidas que logren presionar al Gobierno en beneficio suyo.

Íntimamente vinculado al paternalismo se encuentra la tradición del clientelismo corporativo en Bolivia, la cual se basa en la obtención de ventajas materiales, tanto para el Estado, que es visto como “proveedor”, como para los grupos sociales (sindicatos, agrupaciones ciudadanas, etc.), percibidos como “clientes”, quienes solo prestan su apoyo o cooperación cuando obtienen algo a cambio. El clientelismo no promueve estabilidad política, sino todo lo contrario: genera relaciones efímeras, volátiles, desleales en el momento en el que se agotan los incentivos, y sumamente corruptibles.

Un tercer rasgo hace referencia a la utilización de las protestas y manifestaciones como mecanismos no convencionales de participación política y/o como recursos estratégicos de obtención de demandas.

La “calle” funge como el espacio de participación política, desde donde la sociedad boliviana impone sus demandas  por la fuerza, no solo porque ha interiorizado el conflicto como parte de su cultura política y lo reproduce, sino también porque el Estado no cuenta con mecanismos eficientes de canalización de las demandas. Dado que las protestas sociales no se manifiestan como sucesos aislados, sino que son parte de una tendencia que se reproduce en el tiempo, se reafirma la idea de que la mentalidad y el comportamiento de los bolivianos se encuentran influenciados por la conflictividad.

Sin embargo, existen contradicciones al interior de la cultura política, ya que el sistema de valores que rige la mentalidad colectiva de la población contiene elementos heterogéneos y, en parte, antagónicos; los cuales se reflejan en puntos de vista y comportamientos contrapuestos que suscitan, simultáneamente, conflictividad y diálogo. Por un lado, la cultura política no cuestiona la democracia como régimen político, puesto que la considera como la mejor opción. Por otro lado, la cultura política se cimienta en tendencias autoritarias, expectativas paternalistas-clientelares y en tradiciones de protesta y movilización social, que continúan reproduciéndose a través de su adaptación a los tiempos democráticos, pero que, al mismo tiempo, generan tensiones conflictivas en las relaciones políticas, sociales y económicas.

La relativamente reciente incorporación de las prácticas democráticas se enfrenta a siglos de estas tendencias, expectativas y tradiciones; por lo cual, una explicación parcial a la interrogante sobre por qué no se produce un conflicto armado interno en Bolivia es aquella que establece que la cultura política boliviana se configura a través de una compleja mentalidad híbrida-dualista. Híbrida porque es el resultado de la conjunción de valores y prácticas democráticas, por un lado; y resabios autoritarios, expectativas paternalistas-clientelares, y tradiciones de protesta y movilización social, por el otro. Dualista por el modo contrapuesto de entender y manifestar la conflictividad; ya que la misma condición híbrida hace que los conflictos sean simultáneamente promovidos e interrumpidos, incrementando la conflictividad, pero al mismo tiempo impidiendo que ésta escale de modo irreversible. En ese sentido, se mantiene un balance que hace que, pese al elevado número de conflictos sociales y sus altos niveles de convulsión, los episodios de conflicto logren resolverse por la vía pacífica y democrática, sin llegar a dimensiones alarmantes de violencia armada.

(*) Cinthya Nicole Jordán Prudencio es autora de una de las tesis premiadas por el Centro de Investigaciones Sociales (CIS) en el Concurso Nacional de Tesis en Ciencias Sociales y Humanidades efectuado en 2015. 

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