Animal Político

Un conflicto de interpretaciones

Los censos son una especie de espejo que refleja el rostro de un país, pero además tienen un poder ‘performativo’: transforman los datos estadísticos en verdades políticas.

La Razón / Jorge Komadina Rimassa

00:01 / 29 de septiembre de 2013

El desventurado censo de 2012, tan mal diseñado y peor ejecutado, ha suscitado una avalancha de interpretaciones sobre la “realidad” boliviana. Menos que una controversia técnica, animada por expertos demógrafos, se trata de un debate político e ideológico con fuertes apuestas y  no poca teatralidad. ¿Qué se juega detrás de estas cifras? Para las gobernaciones y alcaldías se juegan importantes recursos de poder: dinero fiscal y escaños parlamentarios. Pero la verdadera apuesta es menos prosaica y consiste en legitimar una cierta idea de Bolivia, una visión de país. Los censos son una especie de espejo que refleja el rostro de un país, pero además tienen un poder “performativo”: transforman los datos estadísticos en verdades políticas.

El censo es un acontecimiento político en un doble sentido. Primero, es un instrumento de gobierno porque determina de manera rigurosa (al menos en teoría) las características de la población en función de diversas variables; estos datos constituyen la base para diseñar políticas públicas. Segundo, los resultados censales convalidan un sistema de clasificación poblacional que suele ser interiorizada por la población. Las categorías que emplea no son neutras, guardan afinidad con una visión de país y, por supuesto, están diseñadas en función de los imperativos de una estrategia política. Por eso se dice que las preguntas sobre identidad étnica siempre contienen una dosis de violencia simbólica.

Volvamos al juego de interpretaciones. Andrés Soliz Rada (Bolpress 01-09-2013) ha calificado como “históricos” a los resultados del Censo 2012 porque han demostrado, de manera incuestionable, que Bolivia es un país mestizo. De esta manera, se habría corregido la imagen distorsionada que produjo el censo de 2001, manipulado por organizaciones no gubernamentales y las organizaciones indigenistas, entre las cuales se incluye al Movimiento Al Socialismo (MAS). El problema es que esas estadísticas legitimaron una política disgregadora que, al conceder derechos especiales a los pueblos indígenas, se volvió una amenaza para la integridad nacional. Aquí se pueden reconocer los argumentos de la izquierda nacional, sobre todo la idea del mestizaje como una síntesis feliz entre el mundo indígena y el mundo occidental.

Pero la vindicación de la identidad mestiza admite otras declinaciones. Así, el expresidente Carlos Mesa (Página Siete, 10-08-2013) argumenta que el Censo 2012 puso las cosas en su justo lugar. Ironía de la historia: el principal beneficiado —por así decirlo— de la visión del país con mayoría indígena, gestado a partir del censo de 2001, el artífice del Estado Plurinacional, el MAS, fue también el responsable de formular la pregunta de pertenencia indígena en el último censo, en tales términos que se resquebrajó el discurso de la mayoría indígena. Pero, además, los resultados censales muestran que “15 de los 37 pueblos, es decir el 40,5% del total, tienen menos de 1.000 miembros cada uno. Diez de esos 15 tienen menos de 500 miembros, y tres de esos 15 tienen menos de 100 miembros”. Es decir, el censo revelaría que los pueblos indígenas son minoritarios y algunos enfrentan procesos de extinción.

En esas condiciones, ¿es posible defender la existencia de un Estado Plurinacional? ¿No asistimos al ocaso de una quimera política? Entre otros analistas, Jorge Lazarte (08-08-2013) ha escrito sobre la “demolición” del Estado Plurinacional: los resultados censales han implicado un brusco viraje que ha hundido el cimiento social y la justificación histórica de esta forma estatal, dato que invitaría a recuperar las ideas de república y Estado nacional.

No me quedan claros los alcances del concepto mestizaje, una categoría “atrapatodo”, ambigua, que ha invisibilizado las enormes diferencias entre mestizos y ha escondido al mundo indígena. Asimismo, me parece apresurada la hipótesis de que el censo haya liquidado el Estado Plurinacional; como todos sabemos, el nuevo ciclo estatal responde a un complejo proceso histórico que no puede reducirse a los efectos del censo. El argumento cuantitativo es parcial: en el fondo, la idea de la plurinacionalidad está basada en una evidencia cualitativa, la singularidad de las culturas indígenas, la existencia de otros modos de vida.

Paradoja: a pesar de la Constitución, en los hechos, el Estado Plurinacional no existe plenamente, pero no por la variabilidad de los datos censales, sino por el carácter limitado y parcial de la presencia indígena en la estructura estatal y por la orientación real de la política del MAS (TIPNIS). Por tanto, el meollo del debate será la cuestión de la “mayoría indígena” y no el fin del nuevo Estado, dato que podría implicar un retorno a las visiones multiculturales, de raigambre liberal, que giran en torno a la idea de las minorías.

Para el oficialismo, los inesperados resultados del censo no han merecido un análisis serio, sí han suscitado algunas ocurrencias como aquéllas del “desclasamiento” o de la “identidad compuesta”. El Gobierno apostó a la confirmación e incluso al incremento de esos datos. Los estrategas masistas se negaron a incorporar la opción “mestizo” porque esta clasificación no contaba con los atributos que definen a una nación indígena. La solución fue una pregunta que ataba la categoría “boliviano” (¿un eufemismo del mestizaje?) con la adscripción indígena. Parecía un truco astuto, pero su resultado fue catastrófico. ¿Catastrófico? No exageremos, intuyo que el MAS se acomodará rápidamente al nuevo escenario y desplazará su discurso hacia figuras de integración y unidad.

Xavier Albó estima que la disminución en los porcentajes de autoidentificación indígena se debe a la forma errónea de plantear la pregunta censal: “En la construcción de la pregunta se ha priorizado la pertenencia y no en sentido de identificación”. Pablo Stefanoni (Pagina Siete 05-08-13) también comparte este punto de vista, aunque admite que las variaciones pueden responder a transformaciones estructurales, vinculadas con la migración masiva del campo a la ciudad.

Otros analistas piensan que se trata de una suerte de voto castigo al gobierno del MAS, sobre todo a su discurso confrontacional. Pedro Portugal (www.lafronterados.com, 12-08-2013) sugiere que los datos del censo expresaron “una expectativa de cambios necesarios, que aún deben darse”. Si así fuera, ¿cómo se expresará esta conducta en la próxima elección presidencial? 

El debate continua. En realidad, recién empieza. Los datos completos y detallados del censo permitirán no sólo constatar la magnitud de los errores procedimentales, también convalidarán algunas de las hipótesis iniciales. Se anuncian, asimismo, censos departamentales y municipales y encuestas adicionales. Más leña al fuego. En todo caso, queda claro que la identidad boliviana se ha convertido en un problema político, pero también es evidente que ella no puede ser pensada como un dato inmutable; es una relación social interpretada y reinterpretada por cada generación.

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