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La ‘construcción’ del mito de Mariano Melgarejo

Si se analiza el perfil de un militar de la época, Melgarejo era el arquetipo perfecto de militar. Criado en la subordinación vertical, obediencia acérrima, promiscuidad sexual, borracho en premio al deber y por el deber, conspirador por las circunstancias y, al mismo tiempo, ferviente defensor de la patria.

La Razón (Edición Impresa) / Jhosmane Rojas Padilla es historiador

00:00 / 26 de febrero de 2017

El 28 de diciembre de 1864 se proclamaba Presidente Provisorio de Bolivia el general Mariano Melgarejo, en la ciudad de Cochabamba, después de sitiar el Palacio de Gobierno, al mando del Batallón Húsares y pese a la fortuita resistencia de los Batallones Cortés y Bolívar, del general José María Achá. Seis años después, en la batalla del 15 de enero de 1871 —en la ciudad de La Paz— sería derrotado por el general indio Luciano Willka, dando fin a su gobierno.

Entre 1864 y 1871 es el periodo que se ha venido a denominar como El Sexenio, los seis años de la presidencia del general Mariano Melgarejo. Lo llamativo de este tiempo es que en su curso se fue mitificando la imagen del “Capitán del Siglo”; lo cierto es que todo ello ha sido una construcción intencionada y hasta descarada, por autores que simplemente fueron repitiendo lo “establecido”, sin preocuparse de realizar una “crítica de las fuentes” sobre Mariano Melgarejo.

La bibliografía “oficial” sobre Melgarejo tiene como tronco común los diarios de cinco escritores chilenos: Francisco Valdez Vergara, Carlos Walker Martínez, Ramón Sotomayor Valdez, Mario Barros, Jaime Eyzaguirre y Mackena Vicuña, quienes constituyeron —sustentados en su prestigio de “gente de bien”— la imagen de un general alcohólico, mujeriego, analfabeto, déspota, sanguinario, loco y enemigo de los indios (entre lo más llamativo).

Por otra parte, la obra del tarijeño Tomás O’Connor D’Arlach, Hechos y dichos del ilustre ciudadano Mariano Melgarejo, es la obra boliviana más usada y citada, cuando se habla de Melgarejo (principalmente en el imaginario histórico de la población), misma que buscó defender la imagen de Melgarejo, resaltando su “anecdótico” gobierno, a partir de “dichos populares” (que, cabe recalcar, no tuvieron un sustento histórico-documental), pero que terminó convirtiéndose en todo lo contrario de lo que buscó el autor.

Las obras chilenas —diarios de misiones diplomáticas o memorias históricas de los autores— fueron la fuente irrefutable, durante el siglo XIX y parte del XX, de escritores bolivianos, para sustentar sus trabajos sobre Mariano Melgarejo, ese general Melgarejo desvariado, fuera de todo juicio sano y traidor de la “Patria”.

Pero —siempre hay un pero— si se analiza la coyuntura de la época, el fin diplomático e histórico que desempeñaron los seis escritores chilenos da para cuestionar.

Si se compara el accionar de los presidentes anteriores a Melgarejo, no existía nada llamativo o que destacara, porque tanto asesinatos, fusilamientos, conspiraciones, intentonas golpistas, como juicios y persecuciones políticas eran ciertamente “naturales” durante el siglo XIX. Los excesos de presidentes militares y civiles estaban sustentados en la normativa legal de la época; las excentricidades estaban vinculadas al grado de popularidad alcanzado.

Tanto Santa Cruz, Ballivián, Velasco, Belzu, Córdoba, Linares y Frías tenían tras de ellos un sinfín de actos “reñidos con la moral y las costumbres” de la época. Al resaltar la coyuntura de los mismos, por supuesto una vez en el poder, se procuraba minimizar tales hechos y la mejor manera era hacer desaparecer cualquier información o informante que pudiera existir (acción hecha por ellos mismos o por sus seguidores).

Es de entender que el poder no estaba en relación con un partido político (como tal), sino que se encontraba en relación a un caudillo, el cual actuaba movido por las circunstancias (o por sus más cercanos allegados en el poder). Mariano Melgarejo fue producto de la idiosincrasia de su época, lo que por un lado se vanagloriaba y por otro se repudiaba.

Pero los autores chilenos centran su interés principal en el gobierno del general Melgarejo, donde, por un lado, les “sorprende” las hazañas militares del “analfabeto” y su alto conocimiento sobre la guerra y, por el otro, les “excita” lo “bárbaro” de su actuar con sus conciudadanos (esta faceta fue la que destacó Alcides Arguedas años después).

Si se analiza el perfil de un militar de la época, Mariano Melgarejo era el arquetipo perfecto de un militar. Criado en la subordinación vertical, obediencia acérrima, promiscuidad sexual, borracho en premio al deber y por el deber, conspirador por las circunstancias y al mismo tiempo ferviente defensor de la patria.

Por otra parte, si se analiza el perfil de un político o de un funcionario público de la época, ambos estaban a merced del caudillo que emergiera de las elecciones o de las conspiraciones golpistas. Con el final de un gobierno también venía el final de todo el aparato burocrático del Estado; el funcionario público era la expresión de un gobierno. Porque no era para nada raro que al calor del golpe se ajusticiara a un “x” servidor público, justificándolo en la necesidad de terminar con la tiranía de un “x” presidente.

A Mariano Melgarejo lo apadrinaron los seguidores del candidato Adolfo Ballivián (posteriormente presidente); los ballivianistas pusieron en sus manos armas y dinero, a Melgarejo solo le correspondió poner su valor, la conspiración no fue suya, fue hecha por civiles.

Otro análisis que se debe hacer está en relación a la prensa de la época. Los periódicos podían proclamarse abiertamente “oficialistas”, ser “objetivos” o simplemente constituirse en acérrimos defensores de la Constitución, en la práctica “opositores”. Esta prensa en algunos casos era de existencia corta (como la segunda etapa del periódico paceño “La Época”, de 1866 a 1868) y  era vulnerable al peso político; tanto periodistas como editores sufrían el gran dilema de su profesión de abogados frente a su vocación de periodistas. La suerte de los periódicos “oficialistas” consistía en agraciar la imagen del caudillo subido al poder, al cual consideraban “Libertador”, “Constitucional”, “Justiciero” y otros tantos adjetivos ‘dulces’. Similar caso se presentó durante el sexenio del general Melgarejo, cuando las vivas a Melgarejo, las comparaciones con “grandes personajes universales”, poemas, cantos y otros, no faltaron. Fue una prensa aduladora del poder, que para este periodo representaba el caudillo.  

Ante ello, se denota una intencionalidad por parte de los autores chilenos, de justificar su accionar diplomático ante la administración de Mariano Melgarejo, para ellos el culpable es Melgarejo. Porque —según dichos autores— pese a sus civilizados “esfuerzos” por lograr obtener una salida “salomónica” al conflictivo tema de los límites entre Bolivia y Chile, el actuar despótico y bárbaro del presidente Melgarejo les impidió lograr un “tratado justo” para Bolivia y solo se “sometieron” a la voluntad del “analfabeto” Melgarejo, ello, para no ser víctimas de su ira. Esta intencionalidad descarada de los seis autores chilenos sorprendentemente fue aceptada como cierta por parte de los escritores bolivianos y muchos más, después de la Guerra del Pacifico, cuando se inició la búsqueda de culpables de la pérdida del Litoral, responsabilidad que primero recayó en el general Hilarión Daza Groselle (que hasta nuestros días se sigue repitiendo sin tampoco tener un sustento documental histórico) y, posteriormente, en el general Mariano Melgarejo, como el “génesis” de las culpabilidades.

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