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Mucho más que una cumbre

La Cumbre Antiimperialista y Anticolonial de Cochabamba entendió que la región vive el asedio permanente de Estados Unidos, que de propiciar golpes en los 70 ahora lo hace a través de órganos estatales y pretende frenar bloques de izquierda antiimperialistas.

La Razón / Alfredo Rada

00:03 / 11 de agosto de 2013

El 2 de julio de 2013, cuando ocurrió el atentado contra la inmunidad diplomática del avión en que viajaba el presidente Evo Morales, recordé lo ocurrido hace 11 años, cuando un embajador estadounidense en Bolivia, Manuel Rocha, se atrevió a lanzar una monserga a los bolivianos exigiéndoles no votar por Evo en las elecciones nacionales a riesgo de perder la ayuda norteamericana. La insolencia terminó de catapultar al Movimiento Al Socialismo (MAS), que estuvo a punto de ganar las elecciones de 2002, antesala del triunfo de diciembre de 2005, que finalmente convirtió a Morales en presidente de Bolivia. Sobre Rocha, removido de su cargo se retiró a la actividad privada en un país caribeño.

Volviendo al atentado, poco a poco se fue develando que Washington presionó a gobiernos europeos signatarios de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para que impidan el tránsito del avión presidencial, difundiendo a través de un embajador la información falsa y tendenciosa de que Edward Snowden —ex contratista de sus servicios de Inteligencia— estaba viajando en el aparato.

Aunque Barack Obama pretendió desentenderse del asunto, dejando que sus “aliados” asuman todo el costo político, la autoría norteamericana quedó al descubierto cuando su secretario de Estado, John Kerry, ante el anuncio de que Venezuela otorgaría asilo político al disidente, declaró: “Ningún avión venezolano que transporte a Snowden podrá pasar por espacio aéreo de Estados Unidos ni de ningún país miembro de la OTAN”.

Pero los genios del norte —que también se equivocan y esta vez, superando a Rocha, en escala internacional— nunca imaginaron que la reacción en Latinoamérica llegaría a tan altos niveles de solidaridad regional, de apoyo incondicional a Bolivia y de condena a la violación de convenios de las Naciones Unidas sobre convivencia pacífica entre países. Tampoco esperaban que a la postura de los gobiernos (especialmente de Argentina, Brasil, Venezuela, Uruguay, Ecuador, Nicaragua y Cuba) se sumaría luego la movilización de organizaciones sindicales, campesinas y populares, así como partidos políticos de izquierda, que protagonizaron acciones de masas en varias ciudades latinoamericanas.

Luego de casi una década vuelve a darse en la región una efervescencia antiestadounidense que no se veía desde aquella oleada de movilizaciones que hizo fracasar el año 2005 el proyecto del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Hoy son multitudinarias concentraciones realizadas en La Habana, Managua, Guayaquil y, la más reciente, en Cochabamba, a la que podríamos sumar la reunión de partidos de izquierda del Foro de Sao Paulo.

La Cumbre Antiimperialista y Anticolonialista que se realizó en Bolivia tuvo una respuesta que rebasó las expectativas de la Coordinadora Nacional por el Cambio (Conalcam) que la convocó. Más de 1.500 delegados de los nueve departamentos en el ámbito nacional y casi 400 representantes de una veintena de países, la mayoría latinoamericanos, pero también de Europa y Asia, configuraron un resonante éxito internacional cuyo cierre congregó a casi 200.000 personas en la avenida Blanco Galindo.

La cumbre ha fijado estrategias para contener y revertir la ofensiva imperialista estadounidense en el continente. Esa ofensiva comenzó con el golpe de Estado contra el presidente de Honduras, Manuel Zelaya, en junio de 2009, asonada muy bien caracterizada por Hugo Chávez: “Éste es un golpe contra la Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América”.El golpe hondureño retrasó la expansión del Alba, pero no logró destruir esa alianza entre los gobiernos antiimperialistas de Venezuela, Bolivia, Cuba, Nicaragua y Ecuador.

Posteriormente, en abril de 2011, los gobiernos de Sebastián Piñera, en Chile; Alan García, en Perú; Juan Manuel Santos, en Colombia, y Felipe Calderón, en México, conformaron la Alianza del Pacífico, un bloque único comercial que funciona bajo los principios neoliberales de apertura irrestricta a las inversiones externas, flexibilización laboral y libre circulación de capitales. El Gobierno de Estados Unidos promueve desde entonces la ampliación a otros gobiernos de este bloque que reaviva su viejo proyecto del ALCA.

La existencia de bases militares que pueden ser utilizadas por tropas estadounidenses en Guantánamo (Cuba), Palmerola (Honduras), Palanquero y otras seis más en Colombia constituyen un factor de riesgo en nuestra región. A ello se suma la manifestación de interés por parte del gobierno colombiano para ingresar a la OTAN, un bloque militar anticomunista surgido en plena guerra fría y que, en los últimos años, ha realizado operaciones bélicas de agresión en la ex Yugoslavia, en Irak, en Afganistán y en Libia. La Cumbre Antiimperialista se pronunció en torno a estos tres temas. Condenó las formas de desestabilización y neogolpismo contra los procesos de transformación en el continente.

Analizó que ya no son esos clásicos golpes de Estado en los que las tropas militares ocupan posiciones y bombardean los palacios de gobierno, como hizo Augusto Pinochet contra Salvador Allende en 1973. Ahora son modalidades conspirativas que operan sistemáticamente desde algunos medios de comunicación y el control de los poderes Judicial y Legislativo contra el Ejecutivo; así fueron los casos de Honduras y el derrocamiento de Fernando Lugo en Paraguay.

La cumbre planteó la necesidad de organizar un proyecto político y un instrumento político antiimperialista en toda Latinoamérica, lo cual pasa por la unidad y la defensa común entre gobiernos progresistas y revolucionarios, así como la acción coordinada de movimientos sociales, sindicales y populares de todos los países. En el tono de los debates prevaleció el postulado de que un antiimperialismo y anticolonialismo consecuentes suponen también un anticapitalismo consecuente, ya que el imperialismo no sólo actúa desde fuera de nuestras fronteras, sino que encuentra sus aliados internos en las oligarquías y en las fracciones más fuertes de las burguesías en cada país.

Pero a su vez este planteamiento anticapitalista conduce a la necesidad de avanzar en la construcción de un nuevo socialismo, que en el caso boliviano es definido como “socialismo comunitario”.

En lo económico, el evento planteó como tarea de primer orden acelerar la integración de nuestras economías bajo enfoques de complementariedad y no de competitividad, como sugieren los neoliberales. También se afirmó que cada país debe lograr su soberanía económica a través del control sobre los recursos naturales estratégicos implementando procesos de nacionalización. En cuanto a los servicios básicos, el acceso a ellos por la población debe ser un derecho humano y no una fuente de negocio privado.

La cumbre se pronunció contra la presencia militarista de la OTAN, postulando una Latinoamérica libre de guerras. Para esto exigió el inmediato cierre de todas las bases militares que sirvan a intereses imperialistas de agresión. Por estas cosas, lo de Cochabamba fue mucho más que una cumbre.

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