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Si no lo decía Francisco, nos íbamos todos p’al infierno

Su palabra da vida, fortalece y hasta dan ganas de volver a las misas —el mismo Francisco dijo a los curas que dejen de ser aburridos— y así dan ganas de volver a creer en lo apostólico y romano.

La Razón (Edición Impresa) / Erick Ortega / La Paz

00:05 / 09 de agosto de 2015

Tuvo que ser él. El mero mero, el jefe de jefes, quien ha sentenciado: “Los divorciados no están excomulgados”. Aplauso de pie. Ovaciones para el argentino Mario Bergoglio, quien en esta vida cumple las funciones del Vicario de Cristo.

Es, sin dudas, uno de los pronunciamientos más resonantes de quien no tuvo miedo de hablar de las relaciones homosexuales y otras “libertades” que en el pasado nos hubieran encadenado al infierno. Francisco —quien además dijo que el lío marítimo Chile-Bolivia debe solucionarse hablando— se ha anotado un punto más entre los católicos que ven de reojo lo bueno y lo malo de su Iglesia.

Su palabra da vida, fortalece y hasta dan ganas de volver a las misas —el mismo Francisco dijo a los curas que dejen de ser aburridos— y así dan ganas de volver a creer en lo apostólico y romano.

En el pasado era una costumbre aquello de latiguearnos por nuestros actos. Ya lo dijo el mundialmente conocido Homero (el amarillo, no el otro): “¿Por qué tengo que pasarme medio domingo escuchando cómo me voy a ir al infierno?”.

Entonces era mejor permanecer en casa y evitar la palabra que latigueaba en vez de consolar. Más grave aún era cuando se habló de la excomunión de los divorciados. Es que la Iglesia Católica miraba con dureza al ser humano. Basta recordar la inflexibilidad de Joseph Ratzinger, quien hablaba de la “indisolubilidad del matrimonio”.

Lo peor es que el tema no era cuestión solo de una mirada. El carismático (ahora santo) Juan Pablo II dijo: “Las políticas familiares basadas en la esterilización masiva, en la promoción del aborto o del divorcio producen resultados dramáticos: la desintegración de la célula fundamental de la sociedad”.

Francisco es más humano (un adagio usado hasta el cansancio es aquel que dice: “Errar es humano y perdonar es divino”) y sabe cómo conquistar a las “ovejas negras”.

Después de todo, los felices sirwiñakeados (como era quien escribe esta nota), padres separados (como es quien firma la presente columna periodística) y personas que no vamos a la iglesia los domingos, pero creemos en personajes como Francisco; personas así, estamos felices de que alguien piense y hable de esta manera. Porque dudo en aquello de irme al infierno solo por no amar a alguien por el resto de mis días.

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