Animal Político

En defensa de los no visionarios

George H. W. Bush no fue un gran transformador, como Thatcher o Reagan. Pero su política exterior, marcada por la prudencia, el autodominio y la búsqueda de la estabilidad, fue una de las mejores del siglo pasado. Bush alcanzó los objetivos de Estados Unidos con un daño mínimo a los intereses de otros países.

La Razón / Joseph S. Nye

00:00 / 12 de mayo de 2013

En muchos de los homenajes que se le rindieron tras su fallecimiento, Margaret Thatcher fue elogiada como una líder transformadora, que generó grandes cambios. Y se mencionó con frecuencia al igualmente transformador Ronald Reagan, su contraparte estadounidense. Más interesante resulta compararla, sin embargo, con el otro presidente de Estados Unidos con el que coincidió durante su mandato, George H. W. Bush, Bush padre.

Aunque a Bush se le ha caracterizado a menudo, de forma despectiva, como un mero administrador “de componendas”, su política exterior fue una de las mejores del siglo pasado. Su gobierno gestionó el fin de la Guerra Fría, el desmantelamiento de la Unión Soviética y la unificación de Alemania dentro de la OTAN, todo ello sin violencia. Al mismo tiempo, encabezó una amplia coalición respaldada por las Naciones Unidas que repelió la agresión de Sadam Husein a Kuwait. Si se le hubiera caído cualquiera de las bolas con las que hacía malabarismos, el mundo actual estaría en condiciones mucho peores.

Si bien durante su mandato se produjo una transformación global de grandes proporciones, Bush (en sus propias palabras) no tenía objetivos transformadores. Con respecto a la unificación de Alemania, se resistió a seguir los consejos de Thatcher y otros, aparentemente por un sentido de justicia y responsabilidad hacia su amigo el canciller Helmut Kohl. En octubre de 1989 respondió a una llamada de Kohl manifestando públicamente que no compartía “la preocupación de algunos países europeos respecto a una Alemania reunificada”.

Al mismo tiempo, comprendió la importancia de permitir que Kohl y otros asumieran el protagonismo. Cuando un mes más tarde se abrió el Muro de Berlín, en parte debido a un error de Alemania del Este, se le criticó por el bajo perfil de su respuesta. Pero había optado deliberadamente por no presumir ni humillar a los soviéticos: “No voy a bailar sobre el Muro ni a darme golpes de pecho”, respondió. Todo un ejemplo de inteligencia emocional de un líder. Ese dominio de sí mismo ayudó a crear las condiciones para el éxito de la Cumbre de Malta con el presidente soviético Mijaíl Gorbachov, celebrada un mes después. La Guerra Fría acabó tranquilamente, seguida por el desmantelamiento del imperio soviético.

A medida de que Bush y su equipo respondían a fuerzas que estaban en gran proporción fuera de su control, se fijó metas y objetivos que equilibraban de manera prudente las oportunidades y las limitaciones. Algunos críticos le reprochan el no haber apoyado las aspiraciones nacionales de repúblicas soviéticas como Ucrania en 1991 (cuando dio su tristemente famoso discurso del “pollo de Kiev” contra el “nacionalismo suicida”); o no haber llegado hasta Bagdad para derrocar a Sadam Husein en la Guerra del Golfo; o haber enviado a Brent Scowcroft a Pekín para mantener relaciones con China tras la matanza de la plaza de Tiananmen en 1989. Pero en cada uno de estos casos, lo que estaba haciendo Bush era limitar sus logros a corto plazo para poder alcanzar estabilidad a largo plazo.

Otros críticos se han quejado de que Bush no fijara objetivos de cambio más ambiciosos con relación a la democracia rusa, Oriente Próximo o la no proliferación nuclear en tiempos en que la política mundial parecía más fluida. Pero, una vez más, hay que decir que se mantuvo más centrado en mantener la estabilidad global que en promover nuevas estrategias.

Además, Bush fue respetuoso de las instituciones y normas en el exterior y dentro de su país: acudió al Congreso para pedir autorización para iniciar la Guerra del Golfo y a las Naciones Unidas para solicitar una resolución bajo el capítulo 7 de la Carta de la ONU. Aunque era de pensamiento realista, podía ser un wilsoniano en sus tácticas. La decisión de Bush de poner fin a los combates en Irak después de apenas cuatro días estuvo motivada en parte por inquietud humanitaria, para evitar una carnicería de soldados iraquíes, y también por el interés de no dejar a Irak tan debilitado que no pudiera servir de contrapeso al poder de su vecino Irán.

Si bien la invasión de Panamá, ordenada por Bush para capturar (y después enjuiciar) a Manuel Antonio Noriega, puede haber violado la soberanía panameña, tenía un grado de legitimidad de facto, dada la conducta infame del dictador. Y, cuando organizó su coalición internacional para emprender la Guerra del Golfo, el presidente estadounidense incluyó a varios países árabes no para asegurar el éxito militar de la misión, sino para darle más legitimidad.

Se dice que cuando Thatcher y Bush se reunieron en Aspen, Colorado, en el verano de 1990, la británica le aconsejó que no “le temblara la mano”. Pero la mayoría de los historiadores coinciden en que no existía ese peligro. Con su cuidadosa combinación de poder duro y blando, Bush impulsó una estrategia exitosa que alcanzó los objetivos estadounidenses sin caer en un excesivo aislacionismo y con un daño mínimo a los intereses de otros países. Fue muy prudente para no humillar a Gorbachov y manejar bien la transición a la presidencia de Borís Yeltsin en la nueva Rusia independiente.

Por supuesto, no todos los extranjeros recibieron una protección adecuada. Por ejemplo, Bush dio poca prioridad a los kurdos y chiíes en Irak, a los disidentes en China y a los bosnios en la ex Yugoslavia. En ese sentido, su realismo puso límites a su cosmopolitismo.

¿Podría haber hecho más si hubiera sido un líder transformador, como Thatcher o Reagan? Tal vez en un segundo mandato. Y, con más habilidad para la comunicación, podría haber educado mejor al pueblo estadounidense acerca de la naturaleza cambiante del mundo posterior a la guerra fría. Pero ante las profundas incertidumbres de un mundo en movimiento y los peligros de cometer errores de cálculo cuando el imperio soviético se derrumbaba, la gestión prudente se impuso a las grandes visiones.

Es conocida la frase de Bush de que él no hacía the vision thing (“eso de la visión de mundo”). No obstante, pocos en 1989 creían que Alemania se podía reunificar en paz dentro de la Alianza occidental. Thatcher no, desde luego. La lección es que, en determinadas circunstancias, es preferible el liderazgo de buenos “administradores de componendas”, como George H. W. Bush (o Dwight Eisenhower antes que él), al de innovadores más llamativos y sugerentes.

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