Animal Político

Sobre democracia, populismo y ciudadanía

¿Cuál es el futuro de la democracia intercultural? La verdad es que no se sabe. Lo que se vislumbra  es que el futuro de la democracia intercultural dependerá de si se expande hacia un pluralismo político o si se profundiza hacia una lógica estatista que reedite, finalmente, formas de dominación patrimonial y corporativas.

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Calderón

00:02 / 12 de octubre de 2014

Dónde anida el sentido del cambio político? Es una de las preguntas fundamentales que recorre el libro de Fernando Mayorga, Incertidumbres tácticas. Ensayos sobre democracia, populismo y ciudadanía (PIEB, Ciudadanía, Plural, 2014). Para el autor parece ser que es la formación de una democracia intercultural. Ésta sería la respuesta a la crisis de la democracia liberal que generó el proceso político boliviano. Respuesta tanto a la crisis e inflexión histórica nacional, como a la crisis generalizada a escala global de la democracia representativa. Desde Estados Unidos y Europa hasta América Latina, con la honorable excepción de Uruguay, en todas partes los partidos políticos tienen serios problemas de representación y de legitimidad.

La “vía democrática boliviana” es una experiencia novedosa, polémica y polemizante. Mayorga analiza cómo se vinculan una democracia comunitaria con otra representativa, otra participativa y yo agregaría otra plebiscitaria. Parece un laberinto institucional complicado.

¿Cuáles serían los fundamentos sociológicos de los cambios políticos en curso? Trataré de colocar tres reflexiones derivadas de los planteamientos de Fernando Mayorga. La primera se refiere a la tesis sobre la continuidad y el cambio en el tiempo histórico, donde trataré de indagar sobre los sujetos del cambio. La segunda, al “modelo boliviano” de desarrollo emergente. La tercera, sobre el lugar de Bolivia en la globalización.

Para entender la experiencia actual, parece fundamental situarla en el largo plazo. Tiene que ver con Charcas, la dominación colonial y los levantamientos de la época, pero también con la larga, diversa, complicada y conflictiva construcción social de la institucionalidad de la nación boliviana y de sus múltiples nacionalidades en el espacio original de Charcas. El actual Estado Plurinacional es un país con historicidad intensa y extraña. Las Fuerzas Armadas, por ejemplo, nacen de las guerrillas regionales de la Independencia, y Juana Azurduy de Padilla fue primero guerrillera y luego coronela a medias. O sea, en Bolivia la sociedad hace las instituciones y probablemente allí radique tanto su fortaleza como su debilidad. Fortaleza, porque muestra la capacidad de acción y creación colectiva. Debilidad, porque las instituciones no alcanzaron a ser eficaces y legítimas con la propia sociedad que les dio origen. En nuestro país, la ley difícilmente se cumple, hubo demasiados golpes de Estado frustrados a lo largo de la historia y predomina una cultura política parainstitucional. La ausencia de “minorías consistentes” explica en gran medida los límites institucionales del país, pero también las experiencias de explotación y dependencia que vivió. Pasó con la Revolución del 52 y también con la democracia reiniciada hace 30 años, para mencionar solo dos hitos recientes.

En este ámbito hay problemas constantes como la estratificación de clase de origen colonial o la persistente cultura de “la negación del otro”. Son cuestiones que se han ido modificando y parece que hoy resultan fundamentales para auscultar las genuinas chances de una democracia intercultural.

TESIS. A este propósito, hace años concluimos con Jorge Dandler y otros colegas (ver La fuerza histórica del campesinado, CERES-UNRISD, 1984) la tesis de que el campesinado boliviano y andino era un sujeto de cambio político y cultural, que sus prácticas históricas no solo habían modificado sus propias condiciones, sino la de otros actores sociales y del propio Estado, e insistíamos en que su papel en el futuro sería fundamental. Es sobre esa experiencia histórica y cultural que estaría asentado el crucial protagonismo de campesinos, pueblos indígenas y originarios que impulsan el proceso de cambio actual. Pero, ¿qué características y probabilidades tienen y cómo entenderlos en una sociedad predominantemente urbana y global?

Pero, ¿cuál es la actual matriz de actores sociales que impulsan el cambio? Desearía detenerme solo en un actor por el carácter estratégico que tiene en el proceso de cambio: los campesinos colonizadores, particularmente del Chapare en la Amazonía boliviana. Sin ellos no se explica ni la asincronía del proceso de cambio ni el liderazgo de Evo Morales.

Los colonizadores son el resultado del agotamiento del minifundio en el occidente, así como de las políticas impulsadas por el Estado del 52. Se trata de migrantes, sobre todo campesinos, de distintos ámbitos culturales y sociales andinos, de regiones con importantes rasgos de comunidad, como el Norte de Potosí, o de regiones donde la pequeña propiedad agraria tenía ya una larga persistencia histórica, como la de los valles cochabambinos. Pero también son el resultado de las crisis y los fracasos económicos en distintos momentos históricos, como la crisis del estaño y las reformas estructurales de los 80, y de la atracción inercial que ejercen la economía y el precio de la coca. Como sea, en su diversidad, son fundadores de una nueva configuración multicultural y social. Sus capacidades de sobrevivencia y desarrollo se inician con el acto mismo de su inserción tropical. Tienen que enfrentar una naturaleza dura y agresiva en condiciones muy precarias y producir arroz, plátanos, coca, etc. Al principio se suponía que en la diversidad productiva estaba la victoria económica y con ellos se tenía que enfrentar la agresividad de los mercados y de los intermediarios. Con el tiempo, solo la coca fue rentable y les permitió sobrevivir y a veces acumular al precio de la semilegalidad y de enfrentamientos con el Estado y con la DEA. Las diversas políticas alternativas relativamente fracasaron. Y todo ello, como se sabe, está asociado al poder del mercado internacional de la cocaína y de unas sociedades desarrolladas consumistas, en alguna medida en decadencia moral.Lo que deseo resaltar es que con todas estas experiencias se formó un espíritu estoico y astuto, una clase dura, forjada en la resistencia de todo tipo; no una clase social “líquida”, sino sólida, y que se organizó en sindicatos como forma de vida local y, más adelante, gracias a la Ley de Participación Popular, municipal. La unidad y la creatividad permitieron la sobrevivencia.

COLONIZADORES. A diferencia del sindicalismo minero de “masa aislada”, el campesino colonizador es más abierto y plural, sus relaciones con el exterior están sustentadas en complementariedad con las comunidades de origen y, en algunos casos, como en Cochabamba, con economías familiares diversificadas y complementarias. Sus relaciones con comunidades indígenas de la Amazonía han sido ambivalentes y mutuamente suspicaces. Su presencia política en las calles de Cochabamba y La Paz fueron cruciales en el proceso reciente. Se trata de una clase y un sindicato duros, con orientaciones ideológicas campesinistas y revolucionarias radicalizadas, pero con prácticas concretas flexibles, con alta capacidad y habilidad para articular demandas maximalistas con resultados específicos. Sobre ellos descansa, aunque no únicamente, la fuerza política del Movimiento Al Socialismo (MAS), las alianzas sociales, la fuerza política del gobierno y del propio Presidente. ¿Quién pensaría que campesinos pobres migrantes iban a hacer complejas alianzas sociales con intelectuales de clase media, con organizaciones vecinales de El Alto y con empresarios cruceños, así como negocios y sociedades con transnacionales del gas y el petróleo? “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…” La cuestión es si este actor, sus aliados y las nuevas élites políticas, con su identidad, sus conflictos y orientaciones, podrá plasmar una democracia intercultural como la que argumenta Mayorga.

En relación al “modelo de desarrollo” que sustentaría la democracia intercultural, tengo la hipótesis de que la conjugación entre una orientación estatal y otra comunitarita, que predominó en los primeros años y que derivó en una nueva Constitución, ahora se inclina hacia la primacía de la primera sobre la segunda. El “modelo” cada vez más tiene como epicentro al Estado, al Ejecutivo y al rol carismático de Morales. Desde allí se articulan sus componentes básicos: por una parte, una gestión macro y microeconómica eficaz y eficiente, acorde con las prácticas internacionales, con niveles de ahorros extraordinarios y planes de inversión nunca antes vistos. Por otra, una política económica cada vez más desarrollista que descansa en una economía de exportaciones primarias y fuertes inversiones en la integración nacional desde infraestructuras de diverso tipo (camineras, de equipamiento) hasta inversiones en comunicación satelital.

La presentación que hizo el Ministro de Finanzas en 2005 ante financiadores internacionales contempló planes de inversión hasta de 35.000 millones de dólares. Finalmente, tanto la gestión económica como las políticas desarrollistas se complementan con políticas populistas de integración y legitimidad nacional-popular en base a inversiones sociales y movilizaciones políticas. No se bajó solo los niveles de pobreza, sino que se fomentó el empoderamiento y la autoestima de mayorías indígenas y comunitarias tradicionalmente discriminadas y negadas por el poder social y cultural prevaleciente en largos períodos de dominación, aunque no en todos.

Aquí se plantean las posibilidades de una democracia intercultural que para Mayorga, con razón, supone una comunidad de ciudadanos. Sin negar importantes avances, y dada la diversa y compleja realidad boliviana, es lícito preguntarse si ésta tiene las chances de ser plenamente abarcativa. ¿Cómo se integran a ella las diversas minorías, que no son pocas? ¿Cómo se incluyen las libertades personales? El análisis que hace Fernando del conflicto del TIPNIS es revelador de tensiones, debilidades y ambigüedades que acompañan a este proceso político-cultural.

Ahora, si bien la legitimidad electoral es evidente, ¿cuál es la calidad de la representación del sistema de partidos? ¿No será que el MAS es legítimo porque descansa en la figura carismática del líder y que más bien se experimenta una curiosa coincidencia entre legitimidad electoral subordinada a la legitimidad del líder, por lo menos hasta el momento?

La política continúa con fuerza en las calles. Bolivia es uno de los países con mayor nivel de conflictos sociales en la región. Parece que hoy se experimenta una pugna distribucionista vinculada a una revolución de expectativas que el mismo proceso generó y que los partidos de gobierno y de la oposición no alcanzan a procesar institucionalmente.  En síntesis, da la impresión de que la interculturalidad democrática descansaría en una suerte de contradicción entre pluralismo político y hegemonía estatal.

El pluralismo político intercultural necesariamente es conflictivo e inclusivo, pero también inconcluso, pues toda democracia necesita renovarse constantemente. No es solamente responsabilidad del Gobierno y la oposición, sino de la sociedad toda, de su capacidad de acción y autonomía; ella es la única garantía de una interculturalidad democrática sostenible. En este sentido, la única hegemonía democrática posible en un país como Bolivia sería la de un pluralismo político que, a mi juicio, es también la mejor, pero no la más fácil manera de progresar democráticamente. En este marco, las nociones de “vivir o convivir bien” o la de “comunidad de ciudadanos” cobrarían un sentido diferente. Claro está, por otra parte, que así como la sociedad boliviana registra una notable fuerza creativa y deliberativa entre diferentes que buscan la igualdad, también tiene rasgos facciosos, clientelares y paternalistas, que limitan, cuando no destruyen, los mismos procesos de cambio que crearon.

GLOBALIZACIÓN. Respecto a la situación de Bolivia, me parece fundamental asumir que los cambios experimentados son parte de una enorme y compleja mutación de los procesos de globalización y que afecta de distinta manera al conjunto de la región. La crisis del “modelo neoliberal” latinoamericano fue un antecedente de la crisis global actual que, por cierto, incluye una crisis de la convivencia multicultural. Hoy más que nunca resulta fundamental pensar globalmente. Por ejemplo, los cambios en la economía y la política en China tienen un impacto directo en la economía y política regional y nacional. Un orden multipolar está emergiendo con probables transformaciones importantes en la institucionalidad internacional. Cómo situarse frente ese orden, parece ser crucial.

Mayorga analiza el sistema y régimen político boliviano en relación con los países andinos y desliza conclusiones importantes. En la dinámica política y socioeconómica boliviana esos países son tan importantes como los del Cono Sur, particularmente Brasil y Argentina. En buena medida, la interdependencia con estos países y sus respectivos procesos políticos son cruciales para Bolivia. Sus conflictos y cambios afectarán con más fuerza que en el pasado.

¿Cuál es el futuro de la democracia intercultural? La verdad es que no se sabe. Lo que se sabe y se vislumbra en las argumentaciones de Mayorga es que el futuro de la democracia intercultural dependerá de si se expande hacia un pluralismo político o si se profundiza hacia una lógica estatista que reedite, finalmente, formas de dominación patrimonial y corporativa. El futuro nunca se supo de antemano, pero recordemos a Jorge Luis Borges cuando decía: “Ya somos el pasado que seremos…”.

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