Animal Político

Los derroteros del multiculturalismo estatal boliviano

Quienes se autodenominaron Tacana entendieron con claridad cuál era el arma más poderosa que tenían a la mano: la etnicidad. Ésta podía funcionar como un elemento articulador poderoso en la gestación y existencia de su movimiento social.

La Razón (Edición Impresa) / Enrique Herrera Sarmiento

00:04 / 18 de abril de 2016

Cuando cursaba el último año de Antropología en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), en 1995, me involucré en un conjunto de reformas estatales cuyo propósito era construir un modelo de ciudadanía basado en el respeto a la diversidad étnica, con el reconocimiento de derechos a los pueblos indígenas como eje central. El impacto que me generó tal experiencia persiste; sigo buscando explicaciones y planteándome preguntas acerca de la interdependencia entre las acciones colectivas indígenas y las políticas estatales.

Un hito importante en esa búsqueda lo constituye la investigación que acaba de publicarse, El multiculturalismo boliviano y la invención de los indígenas tacana del norte amazónico, gracias al respaldo del Instituto Francés de Estudios Andinos (IFEA) y de Plural Editores. En ella analizo un acontecimiento que observé en los años 90 en el norte amazónico: el surgimiento de una colectividad étnica que se autodenominó Tacana, compuesta por descendientes de los peones que formaron la fuerza laboral de la industria del caucho, instalados en la región a fines del siglo XIX y que obtuvieron derechos sobre áreas comunes en calidad de territorios indígenas.

Entiendo lo sucedido como parte de la apertura global a los derechos específicos otorgados a los pueblos indígenas, especialmente a través del Convenio 169 de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) en 1989, al que Bolivia se adscribe en 1991. Igualmente, lo ubico dentro de las iniciativas de las Naciones Unidas por encarar las relaciones asimétricas entre grupos y minorías étnicas, excluidas del ordenamiento político y territorial en las democracias occidentales. Canadá y Estados Unidos son los casos más visibles, ya que desde los años 70 implementan políticas públicas dirigidas a gestionar la diversidad étnica. La aplicación de este tipo de políticas, catalogadas como multiculturales, ocurre en Bolivia desde 1993. Los Tacana que estudio son resultado de ellas.

El fenómeno de etnogénesis al que asisto me obliga a mirar la etnicidad como una acción instrumental. Me aleja de las perspectivas que dan por sentada la existencia de grupos étnicos como colectividades homogéneas, imperecederas en el tiempo y portadoras de una serie de rasgos específicos. Mis herramientas conceptuales deben ser distintas. Deben ayudarme a entender, ¿por qué un segmento de los descendientes de los peones del caucho decide autodenominarse Tacana y no utiliza otro apelativo? y ¿por qué lo hace en determinadas circunstancias y no en otro momento? También deben posibilitarme explicar por qué la acción colectiva de los Tacana produjo un movimiento social exitoso, si nunca antes los peones del caucho habían sido sujetos políticos.

Descubro que la adopción de la categoría Tacana fue una determinación vinculada al hecho de que era el nombre de una de las pocas lenguas indígenas que sobrevivió en los centros de extracción de caucho (barracas) y que algunos siguieron utilizando. Es posible que también dicho etnónimo (nombre con que se denomina un grupo étnico) fuera apropiado emulando a una comunidad campesina (conformada por hablantes de la lengua takana) que decidió llamarse así en 1990. Esta iniciativa abrió el camino para que otras comunidades campesinas de la región (sin hablantes de lengua takana) hicieran lo propio, justo cuando el Estado se mostró permeable a aceptarlo. Se sabe que el acto de designación con un nombre étnico responde a intereses que entran en juego entre quienes desean portar esta nominación y quienes la utilizan para designar a otros en circunstancias sociales determinadas y en contextos históricos específicos. Esto sucede cuando se requiere esclarecer el orden social y delimitar conjuntos humanos a partir de la alteridad étnica o cultural. La aparición del nombre Tacana no escapa a ese proceso.

Para delimitar con precisión esos límites, los propulsores de las políticas multiculturales necesitaron estadísticas de la población a la que debían dirigir su atención. Así, promovieron censos demográficos y presentaron sus resultados como pruebas objetivas de que los Tacana existían. Pero si se tiene en cuenta que la pertenencia étnica siempre es un asunto estratégico e instrumental, utilizado en circunstancias situadas, censar la etnicidad resulta discutible porque implica una gran dosis de subjetividad. De ahí que no sea extraño que los censos efectuados entre los Tacana, desde los años 90 registraran un vertiginoso crecimiento demográfico. Importaba que fuesen más numerosos para justificar mejor sus demandas. Luego de culminada la redistribución de tierras en el norte amazónico (después de 2005), tal explosión demográfica desaparece. Una vez que los derechos propietarios fueron alcanzados, no se deseaba compartirlos con nuevos adherentes Tacana.

El protagonismo político de los Tacana es inusual porque en la historia regional no se registra un movimiento social semejante. Los reclamos de la fuerza laboral del caucho siempre habían sido esporádicos, individuales y, en muchos casos, expresiones subversoras, pero silenciosas. Todo cambió cuando el Estado apareció de forma efectiva, a través de las reformas de los 90, cuando la economía del caucho se extinguía y los sectores hegemónicos de la región se debilitaron. Entonces, disputar el control de la actividad forestal —concentrada en castaña y madera— se tornó un hecho factible, y recurrir a los derechos otorgados a las poblaciones indígenas fue la clave. Quienes se autodenominaron Tacana entendieron con claridad cuál era el arma más poderosa que tenían a la mano: la etnicidad. Ésta podía funcionar como un elemento articulador poderoso en la gestación y existencia de su movimiento social.

En suma, en el norte amazónico, las políticas multiculturales no arribaron como resultado de demandas o presiones sociales. Por el contrario, estas demandas se construyeron como efecto de la aplicación del nuevo marco jurídico que emergió y que posteriormente se viabilizaron a través de un movimiento social que aprovechó el marco de oportunidades políticas abierto. Y de hecho, este alto grado de iniciativa estatal, percibida en el caso boliviano, no es solo cualidad de esta realidad. Las políticas que gestionan las diferencias étnicas en otros lugares del mundo (Australia o Canadá) han producido situaciones semejantes.

Mi trabajo invita a reflexionar de forma distinta la acción política de los movimientos indígenas, y no solo transitar por sus discursos coyunturales; trascender los espacios locales y detenerse también en su interdependencia con procesos globales e históricos. Invita a debatir acerca de la consistencia sociológica de las fronteras sociales y territoriales de los pueblos indígenas, a todas luces dúctiles y volátiles. Creo que necesitamos ampliar el horizonte explicativo de las categorías conceptuales de etnicidad y política, especialmente cuando ambas se entrecruzan.

Por ejemplo, a 20 años del inicio de la aplicación de políticas multiculturales en Bolivia, se necesita analizar sin ataduras teóricas los desfases y los aciertos de la acción del Estado cuando ha abordado la desigualdad social y la participación política priorizando criterios étnicos.

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