Animal Político

Los desacuerdos dentro del MAS

Uno de los principios que caracteriza a toda organización política es el ‘centralismo democrático’, por el que una decisión tomada por la mayoría en un partido debe ser acatada por la minoría. Esta condición de todo partido fue vista por la oposición como una imposición.

La Razón / Reymi Ferreira Justiniano

00:01 / 30 de junio de 2013

Como cualquier organización política, el Movimiento Al Socialismo (MAS) tiene corrientes internas, enfoques críticos y pugnas por espacios de poder. Una organización política no es una comunidad religiosa, es una estructura que busca el poder y se alimenta a sí misma también con poder. Las diferencias en cualquier organización política tienen grados; las menos agudas se pueden tolerar sin afectar la unidad del grupo y las más graves  terminan generando fracciones y las de máxima diferencia llevan a la disidencia.

Lo que viene ocurriendo con el MAS y algunos de sus militantes, que públicamente reniegan de la conducción partidaria, de algunas de sus políticas en el marco de la gestión gubernamental o en el trabajo legislativo, no es nuevo. En el ciclo político del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) se dieron en la década de los años 60 del siglo pasado. En el periodo reciente de la democracia, las disensiones, fraccionamientos, expulsiones y divisiones también fueron hechos comunes del juego político. El Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR) se dividió en tres sectores en 1984, el Partido Socialista, pese a no llegar al poder, no escapó del fantasma del fraccionamiento. Acción Democrática Nacionalista (ADN), con una dirección caudillista, expulsó a quienes cuestionaron el liderazgo del  general Hugo Banzer y mientras ejerció el gobierno soportó una muda disputa intergeneracional entre los llamados “dinosaurios” y los “pitufos”. Otros partidos no sobrevivieron unidos a la muerte de sus fundadores, como  Conciencia de Patria (Condepa) o la Unidad Cívica Solidaridad (UCS).

En el caso del MAS, las disidencias se dieron aún antes de que asumiera el gobierno, con la expulsión de Filemón Escóbar. En 2006, disputas burocráticas o de espacios de poder regional significaron la expulsión de Adriana Gil y Guido Guardia, en Santa Cruz. El alejamiento de funcionarios gubernamentales por diferentes faltas, como Álex Contreras o Félix Patzi, implicaron su alejamiento no sólo de la gestión gubernamental, sino también de la organización política, dando lugar al intento de creación de nuevas siglas políticas. Otro importante dirigente del MAS que se alejó fue Román Loaiza, exconstituyente y exdirigente campesino, quien en las últimas elecciones lideró una agrupación contraria a su expartido.

En la segunda gestión gubernamental se distanciaron del MAS, con diferentes argumentos, intelectuales valiosos como Raúl Chato Prada o Alejandro Almaraz, vinculados a las reivindicaciones de los pueblos indígenas de tierras bajas, principalmente por el conflicto en el Territorio Indígena del Parque Nacional Isiboro Sécuré (TIPNIS).

En los últimos tiempos, el caso más importante es el de la expresidenta de la Cámara de Diputados Rebeca Delgado, quien desde la directiva camaral expresó su opinión contraria a algunos proyectos de ley provenientes del Órgano Ejecutivo. El debate público sobre la Ley de Extinción de Dominio de Bienes, el caso de la reelección presidencial en la que participó Rebeca Delgado, llevó al vicepresidente Álvaro García Linera a recordar que uno de los principios que caracteriza a una organización política es el “centralismo democrático”, por el que una decisión tomada por la mayoría en un partido debe ser acatada por la minoría. La afirmación, que es en realidad el recuerdo de uno de los principios establecidos en los estatutos de todos los partidos políticos, fue asumida por la oposición como sinónimo de imposición y dictadura interna. El hecho se agravó cuando desde el MAS se dijo que el proceso de cambio necesitaba “revolucionarios, no librepensantes”.  

Cualquier organización tiene entre sus principios el respeto de las minorías a las decisiones que se adopten por la mayoría y el respeto a las estructuras orgánicas de un partido o movimiento, y el que asume un cargo público postulado, o a nombre de dicha organización, tiene un compromiso con ella. En ese sentido, no corresponde tergiversar o alterar un principio de la hermenéutica partidaria que se da en Estados Unidos, Rusia o Brasil. Aquéllos que no comulguen con la decisión mayoritaria tampoco están obligados a quedarse en una organización que no los represente. Ejemplos en la historia del país y del mundo abundan, por lo que no vale la pena explayarse en ellos.

Un amplio debate interno con la más absoluta libertad debe caracterizar a una organización política democrática, pero para seguir siendo organización y no una fraternidad, las decisiones, aunque no sean unánimes, deben ser asumidas por todos los que se consideren militantes de la organización hacia afuera; lo contrario, rompe el principio básico con el que funcionan los partidos políticos. Claro, es imprescindible que exista debate político interno, y ése sí es un tema a debatir.

En consecuencia, queda claro  que la discusión interna tiene que existir, y si ésta se cumple, mantener posiciones diferentes de las adoptadas por la mayoría es una actitud contraria a la organización, que afecta a la unidad, mucho más si la misma se encuentra en la conducción gubernamental.

En el caso particular del MAS, las disidencias y fraccionamientos que se han dado no han producido mayor impacto por dos razones: primero, parte de la esencia del MAS la constituye su conductor, el presidente Evo Morales, quien ha continuado la tradición boliviana de encarar un liderazgo basado en la persona. El segundo elemento es que las bases del MAS no se aglutinan en células, frentes o comandos partidarios tradicionales, sino en movimientos sociales orgánicos, en los que se practica, desde siempre, un centralismo comunitario en el que el individuo debe asumir la voluntad colectiva o desprenderse de la organización. La combinación de ambos factores —un liderazgo que concentra la legitimidad del movimiento y una organización social horizontal— hacen que difícilmente la disidencia logre desmembrar de la organización a gruesos sectores de militantes. En el caso de Bolivia, donde se da una polarización muy marcada entre la derecha e izquierda, la disidencia que trata de asumir un discurso izquierdista no tiene espacio de evolución, y lo que ha ocurrido es que en general termina engrosando las filas de la oposición, cuya ideología, programas y objetivos, son antagónicos a los postulados del MAS.

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