Animal Político

La dictadura del lenguaje

A propósito de la polémica en Chile

La Razón / Mario Espinoza Osorio

01:00 / 15 de enero de 2012

Para algunos autores, el concepto de que la historia la escriben los vencedores ha quedado atrás y sin vigencia. La historia ya no la escriben los que ganan, sino que la ganan los que escriben. Se olvidaron, sin embargo, de los que además de escribir eliminan los textos contrarios a sus ideas. La historia de la humanidad está plagada de ejemplos. Una de las primeras quemas de libros de las que se tiene constancia fue realizada por el primer emperador de China Qin Shi Huang, que ordenó la quema de todas las obras de las llamadas Cien escuelas del pensamiento. Otro ejemplo es el de la destrucción de la biblioteca de Alejandría, una de las más grandes del mundo antiguo.

Torquemada ordenó la quema de libros no cristianos y otro sacerdote, Girolamo Savonarola, fue más lejos y ordenó la quema pública de miles de objetos, principalmente libros; cuadros, esculturas, cosméticos, espejos, vestidos, juegos de cartas e instrumentos musicales en lo que se llamó La hoguera de las vanidades. Durante la Revolución Francesa, Robespierre, durante el Reinado del Terror, ordenó la destrucción de libros que defendían el catolicismo, el clericalismo o el absolutismo.

Tras el fin de la Guerra Civil española, uno de los primeros actos organizados por la Falange en Madrid fue una quema de libros en la Universidad Central. Ardieron obras de Freud, Karl Marx, Rousseau, Voltaire, Gorki y muchos otros autores.

Lo de la Alemania nazi tiene su paradoja. Los nazis que habían quemado libros judíos vieron luego cómo curiosamente, al finalizar la guerra, con la ocupación aliada se llevó a cabo una “desnazificación” que debía resultar en la depuración de la sociedad, la cultura, la prensa, la política y la justicia alemana. Millones de libros fueron confiscados y destruidos. El representante de la junta directiva militar aliada reconoció que “esta orden no se diferenciaba en nada de las quemas de libros realizadas por los nazis unos años antes”.

Pero los esfuerzos por cambiar o borrar la historia no fructificaron y con esa idea, hace unos días, una comisión de Educación en Chile ha decidido usar el lenguaje en vez de la hoguera para “quemar” libros e instalar otros conceptos en la memoria de los chilenos y ha dictaminado que hay que referirse, en los libros escolares, al régimen de Augusto Pinochet como “régimen militar” y no como una dictadura. Parece una discusión menor, sin embargo, el uso del lenguaje es una de las herramientas fundamentales en la construcción de la memoria o el imaginario de una sociedad. Al referirse al hecho, el presidente del Partido Socialista chileno, Osvaldo Andrade, ironizó sobre la decisión: “Tiene orejas de gato, cuerpo de gato, maúlla como gato y algunos quieren que se llame perro”.

En Bolivia hay una tendencia, minoritaria, por suerte, a reescribir la historia. Hay quienes le soplan el oído al Presidente para convencerlo de que la vida comenzó el 21 de enero de 2006 en Tiwanaku y que lo anterior, si es que existe, es una historia oprobiosa, neoliberal y que sólo merece recordarse a los señoríos aymaras, el imperio Inca, las rebeliones indígenas y al nacimiento del Estado Plurinacional. Por suerte la tecnología nos ha entregado las herramientas para conservar nuestra historia.

La dictadura es dictadura, no gobierno militar, porque corremos el peligro de decir “régimen civil” a nuestras actuales democracias en América Latina. Y si se quiere sustituir un régimen democrático por una dictadura disfrazada, lo primero que se instalará es la dictadura del lenguaje.

No hay duda de que en el lenguaje, que da para todo, la palabra democracia ha sido usada por políticos oportunistas, de la misma manera que aceptamos que el “desarrollo del país” fue en su momento el lucro y la codicia de grandes grupos económicos nacionales y extranjeros.

La dictadura del lenguaje es, por otro lado, el nuevo instrumento que se usa desde el poder, según el cual cualquier demanda social, de autonomía o reclamo se convierte de inmediato en una amenaza, separatismo, neoliberalismo o terrorismo. Nuestra historia está plagada de hechos controversiales en los que el manejo del lenguaje ha servido para destacar hechos u ocultarlos desde la interesada retórica de los ocasionales detentores del poder.

Sin embargo, el tema da para la discusión. Un claro ejemplo es el gobierno de José María Linares, presidente de facto que asumió tras un golpe de Estado. Gobernó con rectitud e inflexibilidad en base de lo que él llamó “el imperio de la moral en el poder”. Se declaró dictador, así, sin mayores disquisiciones semánticas y sin recurrir a eufemismos.

Se ocupó de la economía, de la educación, bajó los sueldos de los funcionarios públicos e hizo un gobierno basado en la moral y la ética y murió casi en la miseria. Pero no por eso el de Linares fue un gobierno democrático. Fue una dictadura y aunque Bolivia le deba mucho, seguirá siendo un gobierno de facto. En la antípoda ha habido gobiernos democráticos en nuestra historia que sólo han tenido el rótulo; pero, lástima, seguirán siendo gobiernos democráticos.

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