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Una difícil cuesta arriba

Europa puede brindar con champán y dar gracias por la victoria de Emmanuel Macron. Pero la copa no está ni siquiera medio llena y, si Europa no cambia su forma de actuar, lo único que se habrá conseguido es aplazar el fatídico momento: Marine Le Pen presidenta en 2022, por ejemplo.

La Razón (Edición Impresa) / Tymothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford. El País de España

00:00 / 21 de mayo de 2017

Igual que alguien que acaba de superar por los pelos un infarto, Europa puede brindar con champán y dar gracias por la victoria de Emmanuel Macron. Pero la copa no está ni siquiera medio llena y, si Europa no cambia su forma de actuar, lo único que se habrá conseguido es aplazar el fatídico momento.

El próximo presidente de Francia es un brillante producto de la élite nacional, un hombre que comprende los profundos problemas estructurales del país y tiene buenas ideas sobre cómo abordarlos, un sólido equipo político y un compromiso real con la Unión Europea (UE). Cuando, después de las elecciones del próximo otoño en Alemania, se forme un gobierno centrista y europeísta en Berlín, Alemania y Francia tendrán la oportunidad de encabezar una reforma que fortalezca la UE.

Ahora bien, saboreen el champán mientras puedan, porque la copa ya está vacía. Pasemos a las tres tazas de café de una realidad más preocupante.

La primera taza: más de un tercio de los que han votado en la segunda vuelta lo han hecho por Marine Le Pen. ¿En qué época vivimos que tenemos que celebrar ese resultado? Gracias al magnífico sistema electoral francés y a su fuerte tradición republicana, el resultado ha sido mejor que las victorias de Donald Trump y el brexit, pero, en cierto sentido, la realidad de fondo es peor. Trump procedía del mundo del capitalismo pirata, no de un partido establecido de extrema derecha, y, en el caso de Reino Unido, la mayor parte del 52% que votó por el brexit no lo hizo por Nigel Farage [líder del Partido Independencia del Reino Unido (UKIP) que promovió el Sí al brexit]. En cambio, después de la repugnante, mentirosa e insultante actuación de Le Pen en el debate televisivo del miércoles pasado (3 de mayo), nadie podía tener ninguna duda de a quién estaría votando. A su lado, Farage parece casi razonable.

El país que nos dio en 1789 el gran ejemplo de revolución violenta nos ha mostrado ahora la personificación de la contrarrevolución antiliberal que se extiende hoy por el mundo. Le Pen es la quintaesencia del populismo nacionalista moderno. Ella misma presumió en el debate de que era la mejor situada para lidiar con este mundo nuevo, “para hablar de Rusia con Vladímir Putin, para hablar de Estados Unidos con Trump, para hablar de Reino Unido con Theresa May” (resulta nauseabundo ver a una primera ministra británica con semejantes compañías). Todo hace pensar que, detrás de esta ola de reacción populista contra la globalización, la liberalización y la europeización, existe todavía mucha ira acumulada.

Segunda taza: Macron sabe lo que hay que hacer en Francia, pero tiene pocas probabilidades de poder hacerlo. A los que votaron por Le Pen hay que sumar los numerosos ciudadanos que se abstuvieron, incluidos los votantes de izquierdas que dijeron que esta segunda vuelta era una elección entre dos males. El presidente electo no cuenta con un partido establecido, por lo que no está nada claro qué mayoría surgirá de las elecciones legislativas del próximo mes. Muchos le llaman “Renzi 2.0”, en referencia al antiguo primer ministro italiano (Matteo Renzi), que aspiraba a hacer tantas reformas. Su objetivo es reducir el gasto público, del 55% del PIB a nada menos que el 52%. En Francia, los obstáculos al cambio son inmensos, desde unos sindicatos muy poderosos y un sector público inflado hasta unos agricultores que acostumbran a obstruir las carreteras con sus tractores. Si no logra imponer reformas en Francia, es posible que tengamos a Le Pen de presidenta en 2022.

Tercera taza: está muy bien que Macron también quiera reformar la UE, pero eso no entra dentro de sus competencias. Con el desagradable giro que han adoptado ya las negociaciones del brexit, el Reino Unido ha pasado de ser un gran aliado para la reforma de Europa a ser una tremenda distracción. Italia, con una deuda pública superior a la de Francia, un sector bancario frágil y una política fracturada, puede proporcionar la siguiente crisis de la eurozona. Las causas fundamentales de la crisis de los refugiados no se han resuelto. En Hungría y Polonia gobiernan populistas antiliberales. Las propuestas de Macron para la reforma de la eurozona —una política fiscal común, un ministro de finanzas conjunto, que se comparta parte de la deuda y la culminación de la unión bancaria— no sentarán bien entre los votantes alemanes. Su promesa más importante ha sido “una Europa que proteja”. Muy bien, pero ¿cómo? En definitiva, este no es más que un valioso respiro. Aún está todo por hacer, y Europa está ante su última oportunidad.

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