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Los doctores de Charcas y la creación de Bolivia

Cuando se firmó el Acta de la Independencia de la República de Bolívar, excepto José Miguel Lanza, ningún patriota fue convocado para la Asamblea de Representantes. Allí estaban los Olañeta, los Urcullo, los doctores altoperuanos, como solían autonombrarse. ¡Hasta el nombre de la patria despreciaron!

La Razón (Edición Impresa) / Luis Oporto Ordóñez

00:01 / 09 de agosto de 2015

Paso a paso, casi minuto a minuto, se reconstruye la épica reunión de Casimiro Olañeta con el Mariscal Antonio José de Sucre, a quien seduce magistralmente para incubar la idea de crear una nueva república, en el vasto y rico territorio de la Real Audiencia de Charcas. Sucre firma el célebre decreto del 9 de febrero que abre las puertas para la creación del nuevo país.

Casimiro Olañeta y Güemes, personaje controversial de la historia republicana temprana, realista consumado, patriota de última hora, aparece como el artífice de lo imposible.

Usó la inteligencia (el arte de conspirar) desde el inicio, delatando el potencial militar de su tío, el último León de Iberia, Pedro Antonio de Olañeta, antes de la Batalla de Junín. “Pedro Antonio Olañeta en agosto de 1824 comandaba 12.000 soldados. Bolívar solo tenía 9.000. Pero el tío replegó a 4.000 anoticiado de una presunta revuelta en el Alto Perú”, afirma el escritor José Antonio Loayza. “Ahora sí tenía la posibilidad de ganar”, habría manifestado al general Bolívar, el sobrino que abusó de la confianza de su tío.

¿Quién era este personaje tan importante en la historia de 1825? Su nombre era José Joaquín Casimiro Olañeta y Güemes. Nació en Chuquisaca (Sucre), el 3 de marzo de 1795. Se educó en Córdoba, Argentina, y regresó a su patria nativa en 1813. Aparentaba ser independentista, pero huyó ante la proximidad del ejército de José Rondeau. Los argentinos llamaban a Charcas como Alto Perú, porque lo consideraban suyo, al haber pasado en 1776 a la jurisdicción del Virreinato del Río de la Plata.

Su trayectoria fue sinuosa, aunque mantuvo lealtad constante a España. La relativa estabilidad de la sede de la Audiencia le facilitó culminar sus estudios de Derecho. Juró como abogado en 1817 y prestó servicios en altos cargos de la Audiencia. Era un personaje importante. Esa administración le facultó prestar asistencia legal al ejército realista desde 1820. Casualmente, esa fuerza importante estaba bajo el mando de su tío Pedro Antonio de Olañeta, que hizo de Tupiza la sede de su administración.

Entretanto, los mariscales españoles ilustrados llegaron al Perú para dirigir los ejércitos contra las fuerzas de los comandantes patriotas que se habían hecho fuertes a lo largo y ancho del vasto territorio de Charcas. José de la Serna, virrey del  Perú, envió la fuerza del general Jerónimo Valdés contra Olañeta, pues éstos, jurando lealtad al restaurado Fernando VII, abandonaron Potosí, decidiendo formar un Estado independiente, “llevándose los fondos reales y las joyas de las iglesias”, afirman algunos investigadores. Sin duda, es un capítulo aún inexplorado por la historiografía boliviana.

¿Cómo es, entonces, que un realista ultramontano aparezca en escena liderando la vanguardia ilustrada que conspiró para darle independencia al territorio de la Real Audiencia?

En contrapartida, los héroes de la guerra de los 16 años por la independencia de España combatían sin dar ni pedir cuartel a las experimentadas tropas realistas. Desde la insurgencia de Pedro Domingo Murillo, que osó formar el primer gobierno totalmente independiente de España en América del Sur, tres fuerzas avanzaron sobre Charcas: el Ejército Unido Libertador al mando de Simón Bolívar, los ejército “auxiliares” argentinos del Río de La Plata y las fuerzas realistas del Perú, más los 12.000 efectivos de Pedro de Olañeta. Ningún otro país experimentó esta presión geopolítica sobre el territorio más rico de España en América.

El suplicio de Murillo no detuvo la sed de independencia. Emergieron desde todos los confines latifundistas criollos abrazando con fervor la causa de la Independencia, disponiendo sus haciendas para sufragar los gastos de guerra y sus indios para el combate a favor de la patria. Se formaron republiquetas autónomas, que emplearon el método de lucha de la guerrilla para golpear a las tropas de los ejércitos realistas y huir preservando su fuerza letal. Larecaja, con el cura Ildefonso de las Muñecas; Cinti, con Vicente Camargo; Chuquisaca, con Manuel Ascencio Padilla; Potosí, con Miguel Betanzos e Ignacio de Zárate; Tarija, con Eustaquio Moto Méndez, Camargo, Medinaceli, José María Avilés, Francisco y Manuel Pérez de Uriondo; Ayopaya, en Cochabamba, con José Miguel García Lanza y Esteban Arze; y en Santa Cruz, Tucumán y Salta, Ignacio Warnes. Estas fuerzas, llamadas despectivamente por los mariscales que vencieron a Napoleón, como “gavilla de delincuentes”, “pandillas”, se nutrieron con la fuerza de miles de indígenas quechuas, aymaras e incluso de regiones de las tierras bajas, haciendo rajar el suelo a los chapetones, como dijo en su momento la heroína Juana Azurduy de Padilla.

Cuando se firmó el Acta de la Independencia de la República de Bolívar, excepto José Miguel Lanza, ningún patriota fue convocado para la Asamblea de Representantes. Allí estaban los Olañeta, los Urcullo, en suma, los doctores altoperuanos, como solían autonombrarse. ¡Hasta el nombre de la patria despreciaron!

Casimiro Olañeta conspiró para echar a Sucre y su ejército de Bolivia. Fue ministro de cinco presidentes, diputado (vitalicio) y embajador en Francia, ministro de la Corte Suprema de Justicia. El presidente Manuel Isidoro Belzu lo desterró, en su breve y combativo gobierno que devolvió fugazmente la nacionalidad a los indígenas y liberó a los esclavos negros, reformando para ello la Constitución. Fue por ello combatido. Casimiro Olañeta falleció en Sucre, el 12 de agosto de 1860.

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