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La dureza del capital

El 11 de septiembre se cumplieron 150 años de ‘El Capital’. Esta es su historia.

La dureza del capital.

La dureza del capital.

La Razón (Edición Impresa) / Marcello Musto / La Paz

00:00 / 24 de septiembre de 2017

La obra que, quizás más que ninguna otra, ha contribuido a cambiar el mundo en los últimos 150 años tuvo una gestación larga y muy difícil. Marx comenzó a escribir El Capital solo muchos años después de comenzar sus estudios de economía política. Si ya desde 1844 había criticado la propiedad privada y el trabajo alienado de la sociedad capitalista, fue solo después del pánico financiero de 1857 —que comenzó en Estados Unidos y luego se extendió a Europa— cuando se sintió obligado a dejar a un lado su incesante investigación y comenzar a redactar lo que llamaba su “Economía”.

Crisis, los Grundrisse y pobreza. Con el inicio de la crisis, Marx anticipó el nacimiento de una nueva fase de convulsiones sociales y consideró que lo más urgente era proporcionar al proletariado la crítica del modo de producción capitalista, un requisito previo para superarlo. Así nacieron los Grundrisse, ocho cuadernos en los que examinó las formaciones económicas precapitalistas y describió algunas características de la sociedad comunista, subrayando la importancia de la libertad y el desarrollo de los individuos. El movimiento revolucionario que surgiría a causa de la crisis se quedó en una ilusión y Marx no publicó sus manuscritos, consciente de hasta qué punto estaba todavía lejos del dominio total de los temas a los que se enfrentaba. La única parte publicada, después de una profunda reelaboración del capítulo sobre el dinero, fue la Contribución a la crítica de la economía política, un texto distribuido en 1859 y revisado por una sola persona: Engels.

El proyecto de Marx era dividir su obra en seis libros. Deberían haberse dedicado al capital, la propiedad de la tierra, el trabajo asalariado, el Estado, el comercio exterior y el mercado mundial. Pero en 1862, como resultado de la guerra de secesión estadounidense, el New York Tribune despidió a sus colaboradores europeos, Marx —quien trabajó para el periódico durante más de una década— y su familia volvieron a vivir en condiciones de terrible pobreza, las mismas que habían padecido durante los primeros años de su exilio en Londres. Solo tenía la ayuda de Engels, a quien escribía: “Todos los días mi esposa me dice que preferiría yacer en la tumba con las chicas y, en verdad, no puedo culparla dadas las humillaciones y sufrimientos que estamos padeciendo, realmente indescriptibles”. Su condición era tan desesperada que, en las semanas más negras, faltaba comida para las hijas y papel para escribir. Buscó empleo en una oficina de los ferrocarriles. El puesto, sin embargo, le fue negado debido a su mala letra. Por lo tanto, para hacer frente a la indigencia, la obra de Marx estuvo sujeta a grandes retrasos.

La plusvalía y el carbunco. En este periodo, en un largo manuscrito titulado Teorías sobre la plusvalía, llevó a cabo una profunda crítica de la manera en que todos los grandes economistas habían tratado erróneamente la plusvalía como ganancia o renta. Para Marx, sin embargo, era la forma específica por la cual se manifiesta la explotación en el capitalismo. Los trabajadores pasan parte de su jornada trabajando para el capitalista de forma gratuita. Este último busca de todas las formas posibles generar plusvalía por medio del trabajo excedente: “No basta con que el trabajador produzca en general, debe producir plusvalía”, es decir, servir a la autovaloración del capital. El robo de incluso unos pocos minutos de la comida o del descanso de cada trabajador significa transferir una enorme cantidad de riqueza a los bolsillos de los patrones. El desarrollo intelectual, cumplir las funciones sociales y los días festivos son para el capital “puras y simples fruslerías”. Après moi le déluge! (después de mí, el diluvio) era para Marx el lema de los capitalistas, aunque pudieran, hipócritamente, oponerse a la legislación sobre las fábricas en nombre de la “libertad plena del trabajo”. La reducción de la jornada laboral y el aumento del valor de la fuerza de trabajo fue, por tanto, el primer terreno de la lucha de clases.

En 1862, Marx eligió el título de su libro: El Capital. Creía que podía comenzar inmediatamente a redactarlo, pero a las ya graves vicisitudes financieras se sumaron problemas de salud. De hecho, lo que su esposa Jenny describió como “la terrible enfermedad” contra la cual Marx tendría que luchar muchos años de su vida era el carbunco, una horrible infección que se manifiesta en varias partes del cuerpo con una serie de abscesos cutáneos y una extensa y debilitante forunculosis. Marx fue operado y “su vida permaneció durante mucho tiempo en peligro”. Su familia estaba al borde del abismo.

El Moro (éste era su apodo) se recuperó y hasta diciembre de 1865 se dedicó a escribir lo que se convertiría en su auténtica obra magna. Además, desde el otoño de 1864 asistió asiduamente a las reuniones de la Asociación Internacional de Trabajadores, para la que escribió durante ocho años sus principales documentos políticos. Estudiar durante el día en la biblioteca, para ponerse al corriente de los nuevos descubrimientos, y seguir trabajando en su manuscrito de la noche a la mañana: esta fue la agotadora rutina a la que se sometió Marx hasta el agotamiento de todas sus energías y el agotamiento de su cuerpo.

Un todo artístico. Aunque había reducido su proyecto de seis a tres volúmenes sobre El Capital, Marx no quiso abandonar su propósito de publicarlos juntos. De hecho, le escribió a Engels: “No puedo decidir de qué prescindir antes de que todo esté frente a mí, sean cuales sean los defectos que puedan tener, este es el valor de mis libros: todos forman un todo artístico, alcanzable solo gracias a mi sistema de no entregarlo al impresor antes de tenerlo todo delante de mí”. El dilema de “corregir una parte del manuscrito y entregarlo al editor o terminar de escribir todo” fue resuelto por los acontecimientos. Marx sufrió otro ataque bestial de carbunclo, el más virulento de todos. A Engels le contó que había “perdido la piel”; los médicos le dijeron que la recaída fue por el exceso de trabajo y las continuas vigilias nocturnas. Marx se concentró en el libro uno: El proceso de producción del capital.

Los forúnculos siguieron atormentándolo y durante semanas Marx ni siquiera pudo sentarse. Intentó operarse. Se procuró una navaja y le dijo a Engels que intentó extirparse esa maldita cosa. Esta vez, la culminación de su obra no se postergó por la “teoría”, sino por “razones físicas y burguesas”.

En abril de 1867, el manuscrito fue finalmente terminado. Marx le pidió a su amigo de Manchester, que le ayudó durante 20 años, que le enviara dinero para poder recuperar “la ropa y el reloj que se encuentran en la casa de empeño”. Marx sobrevivió con el mínimo indispensable y sin esos objetos no podía viajar a Alemania, donde la imprenta esperaba por su obra.

La corrección del borrador duró todo el verano y Engels le señaló que la exposición de la forma del valor era demasiado abstracta y “se resentía de la persecución de los forúnculos”, Marx respondió, “espero que la burguesía se acuerde de mis forúnculos hasta el día de su muerte”.

El Capital fue puesto a la venta el 11 de septiembre de 1867. Un siglo y medio después, el texto figura entre los libros más traducidos, vendidos y discutidos en la historia de la humanidad. Para quienes quieran entender lo que realmente es el capitalismo y el porqué los trabajadores deben luchar por una “forma superior de sociedad cuyo principio fundamental sea el desarrollo pleno y libre de cada individuo”, El Capital es hoy más que nunca una lectura simplemente imprescindible.

Marcello Musto es profesor en la universidad de York, Toronto-Canadá

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