Animal Político

El ejercicio del poder en la gestión pública intercultural

Muchos creen que fueron elegidos (autoridades) por ser los mejores, y no como verdaderamente fue en esta democracia de inclusión, don-de se les otorgó la oportunidad para que demuestren  al pueblo mandante que pueden ser servidores públicos.

La Razón (Edición Impresa) / Juan Carlos Pinto

00:02 / 30 de agosto de 2015

El país está viviendo un proceso de transformación histórica de su vida institucional. El pasado colonial marcó de manera catastrófica nuestra forma de ser país, con un sector dirigencial que se preciaba de ser diferente, blanco o al menos mestizo frente a la mayoría indígena originaria campesina (IOC), a la que ha despreciado históricamente, generalizando el racismo como forma de relación cotidiana y de hacer política. Por esto el simbolismo histórico del presidente Evo Morales va más allá de tener un representante indígena originario campesino fruto de las elecciones, por cuanto en una sociedad excluyente y cargada de racismo no nos remitimos tan solo a la fórmula democrática de la rotación subrayada en la democracia representativa, sino al reconocimiento de la diversidad mayoritaria indígena originaria campesina en el país, que va más allá de los periodos electorales que la ley propone.

Por eso, el 61,01% en la tercera reelección de Evo Morales apunta a que existe un voto duro (cercano al 40%) que no cambiará de opinión, porque se reconoce a sí mismo en el Presidente, y un porcentaje variable que entiende que el país desde la opción IOC ha sido capaz de remontar horizontes de país que nunca antes había logrado tener.

Sin embargo, los cambios reales en la gestión pública en estos casi diez años del gobierno de Evo no han logrado transformar la esencia del poder de Estado. Eso sí, han logrado democratizarlo para que los nuevos actores políticos hoy puedan ser parte esencial de la organización de los Órganos del Poder Público; y democratizar en la política una nueva forma de interculturalidad que se da en el espacio público, donde los diversos actores políticos se encuentran en ámbitos comunes. Nos referimos a quienes desde la manera de organizar el Estado republicano y neoliberal han sido parte de distintos partidos políticos, y se han quedado en la función pública por diversas razones, desde el que teniendo el conocimiento de cómo funciona lo administrativo para que el Estado se mantenga en funcionamiento (y la imperiosa necesidad del nuevo gobierno de hacer gestión mientras los nuevos actores políticos aprenden), hasta el oportunismo militante de otros, que luego del cambio de gobierno, rápidamente se mimetizaron y aparecieron como antiguos masistas, siendo que su objetivo es, además de conservar la pega, hacer carrera política con la experiencia de sus anteriores militancias, en un contexto político nuevo que al democratizar la condición de representación para todas y todos permite que también estos antiguos políticos neoliberales reaparezcan con nuevo discurso y nuevo color.

ESTUDIOS. Algunos estudios pioneros realizados sobre la nueva gestión pública en el proceso de cambio (Sifde, CIS) señalan que el comportamiento estatal sigue siendo neoliberal y republicano, que en esencia no se han modificado las relaciones laborales, tampoco las jerarquías ni la manera en que éstas se comportan y mandan sobre el conjunto de los subordinados. ¿Será por tanto que el Estado, en tanto estructura de poder concentrada, traduce habitus jerarquizado que no es posible cambiar? 

Históricamente ocurrió así, pues no se puede transformar una manera de organizar el poder de Estado tan solo cambiando  personas y remitiéndose a realizar parches administrativos, sin que se haya cuestionado a fondo la propia manera en que el poder autoritario, patriarcal y gerencial ha pervivido a lo largo de la propia existencia del país y de su Estado de representación.

Una vez más insistimos en que, sin embargo, el logro visible es la inclusión de sectores que nunca antes habían tenido oportunidad en la estructura estatal, a no ser como empleadas de limpieza o porteros. La condición democrática inclusiva fue escandalosa para los oligarcas locales, que sintieron mancillada su historia de mantenerse como patrones eternos en el quehacer de la política. Sin embargo, de este importante avance liberal, que de sí es revolucionario en un país en el que la expresión del racismo era una forma aceptada de relación social y de hacer política, no se avanzó demasiado en el perfil ético y el compromiso político de quienes administran varios espacios de poder por elección o por designación.

Este encuentro intercultural en la política y en la gestión pública entre viejos militantes conversos y nuevos servidores públicos (elegidos en el marco del nuevo Estado y que se incorporan por primera vez en espacios de decisión), salvo importantes excepciones que acompañan los procesos de transformación en el país, se han convertido en encuentros donde el peso colonial continúa definiendo los comportamientos políticos y éticos de los servidores públicos.

De esta manera, los viejos funcionarios de oficio enseñan lecciones que versan sobre cómo engañar al Estado, cómo obtener ganancias y prebendas o bien cómo hacer lo menos posible obteniendo los mayores réditos. Esta condición de Estado de transición se encuentra con la falta de formación política institucional de muchos servidores públicos, que llegan al aparato estatal con la sola convicción de que aprovecharán la oportunidad otorgada, para lograr recursos personales y poder de influencia en su espacio territorial de trabajo. 

FUNCIONARIOS. Así, muchos de los que recién se incorporan al Estado siendo elegidos, sin mayor conocimiento en la labor representativa, tendrán a un conjunto de asesores de viejo cuño que le soplarán en el oído y le “asesorarán” para que aproveche las oportunidades que se le ofrezcan. Algunos no aparecerán a lo largo de su gestión y se mantendrán atentos a sus propios beneficios; mientras otra parte importante entenderá el sentido de la oportunidad política que se le dio e intentará aprender, y gestionar beneficios para el sector o región a la que representa. Unos pocos sostendrán la mirada nacional y estratégica para la que fueron nombrados y serán los que en los medios de comunicación, en las calles o en los espacios sociales, sostendrán con argumentos y su propia condición de vida, el compromiso político que mantienen con el proceso.

Funcionarios de jerarquía en diversas instituciones tendrán que lidiar con los privilegios heredados del poder. De partida, un sueldo que ya marca la diferencia, con estipendios en viajes, además de un conjunto de ítems para decidir sobre personal de confianza que le atenderá; no solo secretarias y mensajeros, sino asesores, choferes y movilidad, quizás edecán y policía de servicio en la puerta de su casa; además de un conjunto de funcionarios que le rendirán pleitesía para conservar su trabajo. Muchos no podrán resistirse a tamaña suma de privilegios que parecen gritar que eres superior a los demás y que, por tanto, debes comportarte como los otros esperan que lo hagas: con superioridad y siendo absolutamente coherente con los placeres del poder que “por algo fueron hechos para los poderosos”.

Muchos terminan o empiezan creyendo que fueron elegidos por ser los mejores, y no como verdaderamente fue en esta democracia de inclusión, donde se les otorgó la oportunidad para que demuestren al pueblo mandante que pueden ser servidores públicos, que están en la disponibilidad de aprender y trabajar en equipo para mostrar al país que su Estado está cambiando para ser Plurinacional y que es cada vez más intercultural.  Vivimos un proceso que lleva su tiempo para hacer no solo que la diversidad se encuentre y reconozca sino que sea capaz de transformar la administración pública y el propio Estado desde el compromiso político y la conducta ética de la sociedad nueva que queremos construir.

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