Animal Político

El empañado cristal con que se mira

Es parte de nuestra idiosincrasia relativizar las cosas de acuerdo con nuestros apasionamientos políticos. Que lo haga o no el Gobierno suele ser visto de manera polarizada por adeptos y detractores, sin la mínima sensatez. Pero es posible valorar los hechos en la justa dimensión, sin buscarle tres patas al gato. Inténtelo.

La Razón / Arturo Choque Montaño

00:02 / 24 de marzo de 2013

Los bolivianos estamos perdiendo aceleradamente nuestra capacidad de ponderación. Todo, o casi todo, lo tamizamos a través de la política o, más bien, a través de nuestras pasiones políticas. Le invito a hacer una prueba: ¿Qué opinión le merece que uno de los colaboradores más cercanos del presidente Evo Morales esté en la cárcel acusado de corrupción?

La respuesta seguramente dependerá de su postura política. Si ésta se acerca más al “proceso de cambio”, es muy probable que opine que jamás antes una persona tan próxima al Primer Mandatario había sido puesta tras las rejas, prueba de la autenticidad de la lucha contra la corrupción en la actual administración.

Si por el contrario, sus ideas políticas están más lejos de Morales, seguramente se decantará por la idea de que la corrupción ha alcanzado los niveles más elevados de Gobierno y que vivimos bajo la huella de una latrocracia infame.

Seguramente hay suficientes argumentos para sostener cualquiera de las dos posturas, pero el punto es que hemos llegado a tales niveles de maniqueísmo, que sólo queremos escuchar el eco de nuestras propias voces, o al menos amplificar aquéllas que representan lo que pensamos, invisibilizando a las demás.

No es que debamos buscar el confort de la tibieza o dejar de tener postura política clara y definida, lo que sucede es que el apasionamiento ha comenzado a nublar el cristal con el que miramos la realidad, al punto de distorsionarla a nuestro capricho.

Por ejemplo, creo que caemos en la abyección cuando al escuchar una noticia como la de la cruenta muerte de Hanalí Huaycho, a manos de su esposo policía, decidimos de inmediato que el asesino es un “masista protegido por el Gobierno” o no podemos desaprovechar la ocasión para opinar que el crimen es el resultado de la “negligencia de los gobiernos de derecha que no han legislado a favor de las mujeres”. Rápidamente convertimos un hecho tan doloroso y sensible en un ariete político.

Esta visión de claroscuros ha comenzado a dañar nuestra cohesión como Estado, a desentramar nuestro tejido social, a contaminar el periodismo, a exacerbar las tensiones regionalistas; en suma, a afectar los valores democráticos.

Y no sólo los valores democráticos. También ha extrapolado su círculo vicioso a otros ámbitos: se ha incrementado el racismo de todo pelaje, la intolerancia, la obsecuencia y hasta hemos llegado a perder o distanciar amistades que no comulgan con nuestra forma de pensar.

Las tensiones políticas hacen, por ejemplo, que ningún partidario del Gobierno (peor un gobernante) sea capaz de reconocer algún error, aunque sea mínimo, en el manejo de la cosa pública. Esta falta de visión autocrítica nos ha llevado a escuchar delirantes y hasta surreales malabares retóricos para justificar algunas monumentales “metidas de pata” del poder, como las coplas misóginas de S.E. o la proscripción del libre pensamiento por parte del Vice.

Cruzando a la otra orilla, la obcecación opositora (con o sin poder) hace inviable la hidalguía de reconocer, peor aún de apoyar, alguna acción positiva de los gobernantes. El claro ejemplo de ello posiblemente sea la propuesta y aprobación de la Ley contra el Racismo y la Discriminación, combatida desde todos los espacios posibles.

Nuestras pugnas internas nos hacen ver desde afuera como una nación terriblemente fragmentada, sin un horizonte de sentido. Ya sea en el ámbito formal de la diplomacia o en la discrecionalidad de los foros de las redes sociales, nos pintamos a nosotros mismos como incoherentes y mezquinos, habitantes de un país de juguete. Inclusive aquellas causas que incendiaban unitariamente nuestro patriotismo (aún en el extremo del chauvinismo), como la reivindicación marítima, el apoyo a la selección de fútbol o la defensa de nuestro patrimonio cultural, hoy son motivo de disputa en todos los espacios posibles.

Podría parecer nada más que un anecdotario del poder, apostillas de nuestra peculiar política criolla, pero la suma de estas visiones parceladas de la realidad están poniéndonos peligrosamente cerca de la orilla de la inviabilidad política como Estado.

Sin importar quién se haga del poder de Bolivia a partir de 2014, podemos estar casi seguros que tendrá a una buena parte del país serruchándole el piso, independientemente de que haga algunas cosas bien u otras mal. La “tripodología felina”, ese fino arte de buscarle tres pies al gato (como dirían los traductores de Umberto Eco), se ha convertido en la disciplina nacional por antonomasia.

Así es imposible construir políticas de Estado, iniciativas que trasciendan la frágil e históricamente efímera gestión de gobierno. Tanto así que tengo el presentimiento que una de las principales ofertas electorales de la actual oposición el año que viene será echar por tierra a la “Constitución masista”, más allá de sus bondades, sus defectos o de que ésta haya sido apoyada por el 67% de la población en el referéndum a la que fue sometida.

Esta costumbre nuestra de ver las cosas desde una perspectiva unipolar, y de responder en consecuencia, puede poner en manos del marketing electoral asuntos tan serios como nuestra política exterior o la construcción de un sistema de gestión pública eficiente y a prueba de corrupción; políticas públicas que deberían armarse participativamente, sino en consenso, al menos buscando acuerdos.

Y esto nos lleva a una triste constatación: No es el Evo, no fue Mesa, quizás ni siquiera Goni: Somos nosotros, o al menos muchos, muchísimos de nosotros. Hemos hecho de la malsana pasión política un cruento deporte nacional cuya práctica nos ha hecho perder amigos, nos ha buscado inútiles enfrentamientos, nos ha lastimado por igual el alma y el hígado, pero lo peor de todo es que en este delirio colectivo estamos arrastrando con nosotros a todo un país.

¿Usted no se siente parte de este grupo? ¿Seguro? ¿Ni un poquito? Le invito a hacer un pequeño ejercicio. Puede parecer pueril, pero es útil. ¿Se anima a hacerlo?

Hay un par de “reglas de juego”: realícelo en soledad, no le comente a nadie de sus respuestas, esto ayudará a que ellas no se contaminen. Trate de ser honesto y no intente relativizar ninguna de sus respuestas. Si luego de tres minutos pensando no logra seguir adelante, deje las cosas como están…. ¿listo?

Tome una hoja de papel y divídala verticalmente con una línea. Ya tiene dos columnas, en la columna de la izquierda (no podía ser de otra manera) escriba diez cosas que realmente le parezcan positivas del actual Gobierno, vale por igual que sean cuestiones simbólicas, políticas públicas, obras, etcétera. En la columna de la derecha anote, de igual manera, diez cosas que le parecen mal, puede anotar percepciones, actos públicos, metidas de pata, etcétera.

Ahora analice el papel que tiene en sus manos. ¿Le fue más fácil llenar alguna de las dos columnas? ¿Le costó mucho completar la otra? ¿Se sintió tentado a “torcer” alguna respuesta?… Según su propia encuesta, ¿el Gobierno sale bien o mal parado? A continuación tome un fósforo, un encendedor o lo que tenga a mano y queme la hoja, porque ni la vida ni la política se construyen sólo en blanco y negro.

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