Animal Político

¿Cómo somos?, un ensayo

Hay algo en la idiosincrasia boliviana que no funciona y que nos resistimos a ver o reconocer.

¿Cómo somos?, un ensayo.

¿Cómo somos?, un ensayo.

La Razón (Edición Impresa) / Henry Oporto es sociólogo

01:34 / 20 de junio de 2018

Decía Carlos Medinacelli: “A nosotros no nos gusta ver nuestras caras en el espejo de la verdad. Hacemos aquello que hizo la vieja mujer de la leyenda de Quevedo, romper el espejo”. En mi ya largo recorrido de experiencias políticas y de estudios sociales, he llegado al convencimiento de que las explicaciones tradicionales acerca de las causas del atraso de Bolivia y de sus dificultades para proyectarse como un país emprendedor, moderno y democrático, no bastan o están lejos de ser certeras. Los intelectuales y políticos bolivianos, lo mismo que muchos analistas y observadores extranjeros, han preferido buscar explicaciones en el modelo económico, la ideología, la geografía, la mediterraneidad, los recursos naturales, la dependencia, el imperialismo.

No obstante, y a la vista de los resultados concretos, me inclino a creer que estas interpretaciones no dan en el clavo, que pecan de parciales y sobre todo pasan por alto cuestiones tan sustantivas como la influencia de los factores culturales y de los mecanismos psicológicos y sociales; cuando es probablemente en ellos donde radica la fuente de los avatares y las tragedias nacionales.  

Es también parte de nuestro modo de ser —individual y colectivo— inculpar a otros y evadir nuestras propias falencias y culpas. Nos cuesta mucho ser autocríticos, mirarnos al espejo sin justificaciones ni atenuantes o autocomplacencias.

Mi frustración con respecto a cómo leemos los problemas del país, se ahonda cuando reparo en las tendencias centrífugas y la disgregación social que imperan desde siempre. Los rasgos constitutivos de Bolivia están marcados por desconfianzas y resentimientos atávicos, por individualismos y faccionalismos inveterados que parecen predisponernos a la desunión.

Quizá también, por ello, tenemos dificultades notorias para cohesionarnos alrededor de objetivos comunes duraderos y de un proyecto de país vigoroso y de largo aliento. Y sin cohesión social no hay proyecto nacional, y sin proyecto nacional no hay un norte ni un rumbo definido que haga eficaces nuestros esfuerzos y nuestras luchas diarias. Hay algo en la idiosincrasia boliviana que no funciona y que nos resistimos a ver o reconocer.

Vargas Llosa dice que la libertad —hija y madre de la racionalidad y del espíritu crítico— pone sobre los hombros del ser humano una pesada carga, tener que decidir por sí mismo qué le conviene y qué le perjudica, cómo hacer frente a los innumerables retos de la existencia, si la sociedad funciona como debería ser o si es preciso transformarla. Y es verdad. En nuestro caso, la responsabilidad que la idea de libertad nos impone es algo que no siempre hemos sabido asumir y hasta quizá nos provoca vértigo, al punto que hay quienes están dispuestos a sacrificar la libertad con tal de no tomar decisiones que conllevan responsabilidad personal.  

Indagar en los aspectos enigmáticos del ser nacional —esas emociones inefables y oscuras, que operan en el subsuelo del alma colectiva, diría Ortega y Gasset— y en cómo ellos gravitan en la vida de los bolivianos, es la razón de ser de este ensayo. Analizar, también, la disfuncionalidad de ciertos hábitos y comportamientos colectivos con las nuevas realidades y los desafíos nacionales en el siglo XXI, y desvelar el choque de los valores y tradiciones con los valores democráticos y las aspiraciones de modernización económica, política y cultural.  

Quizá, sin proponérmelo, he acometido esta tarea con la intuición   de que una aproximación diferente —no la única ni la primera— a los dilemas de la sociedad boliviana puede también alumbrar una visión distinta, fresca y renovada, de su futuro.

De alguna manera, es también la búsqueda de la verdad —siempre incompleta, provisional y sospechosa—, que es posible de lograr con un escrutinio integral y multifacético de la complejidad social y partiendo de hipótesis, como las que aquí se plantean, y que, naturalmente, deben someterse a la crítica y a su verificación e incluso a su negación, como todo conocimiento en desarrollo. Lo cual por cierto es indispensable para pensar, desde las peculiaridades de nuestra formación nacional, las posibilidades de una sociedad abierta y de ciudadanos libres, activos y soberanos en sus decisiones, con justicia e igualdad de oportunidades.

Desde luego, no pretendo, ni mucho menos, haber encontrado respuestas satisfactorias. Me basta con estimular el interés en replantear la discusión de nuestros problemas, de forma abierta, sin temores, ni prejuicios ni tabúes, que es también un modo de amar a Bolivia. Eso gratifica sobradamente el atrevimiento de este libro.

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