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La ‘entrevista’ de Sean Penn a ‘El Chapo’, acto de periodismo?

Desde lo formal hasta lo ético, la entrevista de Sean Penn a Joaquín Guzmán Loera, ‘El Chapo’, deja varios aspectos para el debate en torno a qué es un acto de periodismo.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Aguilar Agramont / La Paz

00:22 / 25 de enero de 2016

Son 1.366 días de impunidad por el asesinato impune de la periodista Regina Martínez de la prestigiosa revista Proceso. Hasta hoy no existen culpables. “El crimen abonó el ambiente de hostilidad y aun de acoso en el que la prensa independiente se ve obligada a cumplir sus funciones”, dice una nota de protesta del semanario describiendo cómo los periodistas en México se encuentran en un fuego cruzado entre las balas de los diferentes gobiernos de turno y las del crimen organizado.

México tiene el sexto lugar en asesinatos a periodistas en todo el mundo, el primero en América Latina; en el ranking mundial de libertad de prensa ocupa el puesto 148 de 180, según Reporteros Sin Fronteras; de acuerdo con Freedom House, está en el último lugar de la década. Entre 2000 y 2014 hubo 82 periodistas asesinados, de ellos 14 mujeres.

Los casos como el de Martínez no son una excepción en México. Puede costar la vida si el área al que un periodista se aboca es el de seguridad. Gran contraste. Una estrella de cine, Sean Penn, solo con solicitarlo a través de una serie de contactos logra un encuentro con el hombre más buscado del mundo tras la muerte de Osama bin Laden: Joaquín Guzmán Loera, alias El Chapo; mientras que otros periodistas mexicanos son asesinados, desaparecidos o secuestrados por una línea que no gustó a un miembro de rango o subalterno del crimen organizado.

Esto plantea un cuestionamiento ético sobre la entrevista de Penn titulada El Chapo habla, considerando que su organización está relacionada con muchos de los asesinatos y desa- pariciones de periodistas o atentados a medios y amenazas (sin dejar excluidos los miles de asesinatos de no periodistas) que han derivado en la autocensura en algunos casos y en otros la decisión editorial de no cubrir temas de narcotráfico. Este vacío que ha provocado la creación de plataformas en redes sociales (como por ejemplo Valor Por Tamaulipas), en la que los usuarios informan sobre balaceras, desaparecidos, atentados y otros delitos relacionados con el crimen organizado no sin consecuencias funestas, ya que los administradores de estas páginas también han sufrido la persecución y la muerte.

En defensa de Penn hay que admitir que deben ser inexistentes los periodistas mexicanos que no quisieran hacerle un puñado de preguntas al El Chapo Guzmán.  Posiblemente Penn, abocado solo en su objetivo de promover un debate en torno a la legalización, olvidó preguntar sobre este contexto no adverso sino fatal para el trabajo de los periodistas mexicanos y la vida de cientos de miles de personas.

¿Así como Penn admitió que su texto sea sometido al visto bueno de El Chapo, lo que en periodismo no es aceptable, tal vez haya concedido la labor fiscalizadora del entrevistado sobre qué se pregunta y qué no?  Penn hace preguntas sobre la infancia de Guzmán, periodo de su vida ampliamente conocido a través de cientos de narcocorridos que en temas biográficos y de confrontaciones entre bandos opuestos o contra agencias armadas del Gobierno son fuentes en general fiables.

De hecho, la autocensura del periodismo ha derivado en que se sepa más de los narcotraficantes por este género musical que a través de medios de comunicación. Los artistas narran sus vidas y el fracaso de algún operativos militares o simplemente la carrera de algún narco o sicario.

Volviendo al cuestionamiento al producto de Penn, tampoco debe llegarse a la condena absoluta de este miembro de la farándula hollywoodense y activista de línea política más bien errática. Yendo por partes, hay que adentrarse en su texto.

No se puede dejar de notar que en su texto existe una enorme asimetría entre el abundante enunciado en primera del narrador-personaje (el actor Penn) y el discurso de El Chapo. Considerando que el texto titula El Chapo habla, los limitantes físicos de una publicación impresa, en este caso, no son un justificativo, dado que el texto de Penn ocupa más de 60.000 caracteres; así que el espacio no era una restricción. ¿Tal vez lo fueron las sintéticas respuestas del narcotraficante? El texto es presentado como una entrevista, sin embargo, el periodista Rafael Archondo considera que no es sino una crónica sobre cómo se logró pactar un encuentro.

“A lo que más le pone su esfuerzo es a la narración de cómo llega a encontrarse con El Chapo. Cuando llega a la conversación con Guzmán, el interés decae, porque lo que Guzmán dice no son cosas realmente nuevas, excepto aquella frase en que confiesa que es un narcotraficante”. Entonces, para Archondo, Penn hace de cronista de una entrevista que no se llega a realizar y llega solo en forma de video, donde se ve al narcotraficante responder a una lista de preguntas.

De hecho, en sus dos anteriores interrogatorios, tras sus correspondientes arrestos, El Chapo aseguró que era “agricultor”. Respecto a la falta de novedad en lo que dice Guzmán, es imposible no comparar la entrevista de Penn con la de Julio Scherer García (uno de los periodistas más importantes que ha dado Latinoamérica), El Mayo Zambada (Proceso, En la guarida de ‘El Mayo’ Zambada, 3 de abril de 2010).

La entrevista de Scherer, que deja con ganas de que sea más extensa, también da una parte importante al relato previo al encuentro. Se sabe que fue El Mayo —de quien se dice que es la verdadera cabeza del cártel de Sinaloa— quien buscó a Scherer. En el texto se puede conocer algunos aspectos al narcotraficante, su forma de pensar: “El monte es mi casa, mi familia, mi protección, mi tierra, el agua que bebo. La tierra siempre es buena, el cielo no. [...] A veces el cielo niega la lluvia”, en esa respuesta se tiene a un Zambada hasta poético y entraña algo humano que nunca habríamos conocido de un narcotraficante, quien declara al periodista que es “agricultor”, a diferencia de El Chapo, quien dijo eso de sí mismo solo en interrogatorios judiciales.

Es evidente que Guzmán leyó con detenimiento la entrevista de Scherer a su compadre El Mayo. Tan evidente, que incluso responde lo que dijera Zambada en 2010: “Un día decido entregarme al Gobierno para que me fusile. Mi caso debe ser ejemplar, un escarmiento para todos. Me fusilan y estalla la euforia. Pero al cabo de los días vamos sabiendo que nada cambió. [...] El problema del narco envuelve a millones. ¿Cómo dominarlos? En cuanto a los capos, encerrados, muertos o extraditados, sus reemplazos ya andan por ahí.”

Algo similar manifestó Guzmán a Penn: “El narcotráfico no depende de una persona, sino de muchas”, y añadió que no tiene el control de éstas. El periodista Carlos Soria Galvarro es conclusivo y considera que la entrevista no es un producto periodístico de calidad.

“Resultan asuntos éticos: se trata de un personaje responsable de miles de crímenes con miles de víctimas, entre ellos periodistas sometidos a un régimen de terror y obligados a la autocensura”. Si realmente quiere cubrir y “saber lo que es canela”, que escriba en un periódico en México.

“Penn se lanza a una aventura que no tiene un resultado muy fructífero, relata su propio ego y la entrevista misma es floja y da el control de su producto a su entrevistado. La autocensura. Periodísticamente, no es un producto de calidad, que aporte. En este caso se agrava con una tendencia morbosa de satisfacer una curiosidad”, sostiene Soria.

Sobre el aspecto ético, para Archondo, no existe ningún reparo. “No hay ninguna contravención. Además, la entrevista sale después de la captura de El Chapo, ya no es un prófugo”.  Siguiendo con las preguntas de Penn, ¿eran las más pertinentes? ¿Tal vez se habría esperado que existan interrogantes sobre sus fugas de prisión y la relación con la colusión, secreto a voces, con miembros de cada sexenio y funcionarios de Estado mexicano?

Archondo no cree que haya falencia en este punto, ya que Penn en un momento dice que no quiere juzgar a El Chapo. “Penn tiene una postura sobre la lucha contra las drogas que la hace explícita en su crónica, ese enfoque de enfrentar el problema es calificado de inútil. En ese sentido, no está adscrito a la posición prohibicionista. Entonces dice que son culpables tanto los que producen y trafican como los que la consumen y demandan. Eso explica las preguntas que formula y que a muchos puede no gustar porque lo hace desde su perspectiva antiprohibicionista”.

No obstante, también considera que el resultado es “mecánico” sin posibilidad de réplica o contrapreguntas ya que se contesta a un cuestionario: “No tiene el sentido que debe tener una entrevista periodística”, cuestiona Archondo.

Para Soria Galvarro, el debate toca asuntos más profundos, como “la tragedia” que está pasando en México. “Es algo que tiene que llamarnos la atención. Muestra que la guerra contra el narcotráfico ha fracasado. Se impone un debate para encontrar una salida distinta, ya que la ilegalidad hace crecer al crimen organizado. Tal vez lo de Uruguay sea una vía”. En Uruguay se legalizó el cultivo y consumo de marihuana. “Los bolivianos tenemos que mirarnos en el espejo de México, no estamos inmunes siendo un país que produce droga y por el cual la droga transita”, afirma el periodista.

La entrevista de Penn ha causado repercusiones en el mundo, muchas de ellas en contra, como la de Javier Garza Ramos, que dijo que en ese diálogo hubo un falso heroísmo. Es que para nadie en México y en el mundo ha sido fácil abordar al hombre más buscado de los últimos meses. Sin embargo, más de uno, a juzgar en las redes nacionales en Bolivia, quiso ser Penn, aunque con otro cuestionario para el capo del narcotráfico

La entrevista a Roberto Suárez en RTP

Así como la entrevista de Sean Penn a Joaquín Guzmán Loera, del cártel de Sinaloa, causó polémica y una discusión en torno a ese acto de periodismo, también lo hizo la entrevista realizada por conductores de Radio Televisión Popular (RTP) a Roberto Suárez, el Rey de la Cocaína, en 1988.

Antes, el escándalo del narcovideo en que tres personajes del partido del dictador Banzer (Alfredo Arce Carpio, general Mario Vargas y los hermanos Alvéstegui Alexander) aparecían conversando con el Rey de la Cocaína culminó con un segundo escándalo: la entrevista a Suárez. El gobierno de Víctor Paz lo vio como “dar pantalla a personaje de tamaña calaña”, cuenta el periodista Carlos Soria Galvarro.

Por una decisión administrativa y sin juicio de ningún tipo se clausuró por un año RTP. “Esto catapultó a la política a Carlos Palenque”. Así como Soria Galvarro piensa que la entrevista de Penn no fue un producto de calidad, la entrevista a Suárez tampoco: “El entrevistador quedó perplejo ante el control de la entrevista que tomó el hijo de Suárez, no la adecuó y prácticamente les dio pantalla libre”. El periodista Rafael Archondo recuerda que la figura utilizada por la Dirección General de Telecomunicaciones fue “apología del delito”.

“Fue un hecho injusto. Primero porque afectó a radio Metropolitana, que no difundió la conversación. Segundo, porque no fue el periodista, sino el entrevistado, quien pudo haber elogiado su actividad ilegal. La razón de fondo era otra. El entonces ministro de Transportes y Comunicaciones, Andrés Petricevic, era socio cercano de un canal de la competencia. Es posible que haya primado el interés de eliminar al rival comercial”, apunta.

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