Animal Político

El escenario post Corte Internacional de Justicia

Un análisis prospectivo del excanciller Murillo de la Rocha sobre el escenario posterior a La Haya que contemplará una futura negociación (Revista Ciencia y  Cultura, diciembre de 2014. Universidad Católica de Bolivia San Pablo).

La Razón (Edición Impresa) / Javier Murillo de la Rocha / La Paz

00:07 / 03 de mayo de 2015

La demanda boliviana orientada a recuperar un acceso soberano en el océano Pacífico no se extinguirá por el transcurso del tiempo; no se puede compensar la pérdida de un atributo, como la soberanía marítima que ejerció Bolivia, sino con un bien jurídico y político de naturaleza equivalente, en términos cualitativos, lo que descarta soluciones mediante facilidades de tránsito, portuarias o para su comercio exterior; los problemas de esta magnitud solo se resuelven cuando la voluntad política es más grande que los obstáculos que hay que remover para alcanzar el arreglo.

El problema marítimo boliviano se solucionará cuando concurran, en un mismo tiempo político internacional, la voluntad real de Chile para alcanzar este objetivo, la voluntad viabilizadora del Perú y un consenso del pueblo boliviano sobre las dimensiones, características y eventuales costos de la solución. Nunca en el pasado fue posible reunir estos tres factores en los distintos procesos diplomáticos realizados. ¿Qué corresponde hacer en el futuro?

De los tres factores enunciados, el referido a la voluntad de Chile es el fundamental. Por ello, cabe preguntarse: ¿le interesa a este país vecino reconciliarse con Bolivia? Tal vez, pero hasta hoy ha querido hacerlo bajo sus propios términos, que no son los que interpretan las aspiraciones y demandas de Bolivia.

En algún momento, los nuevos dirigentes chilenos constatarán que conviene más a sus intereses políticos y económicos atender la demanda boliviana y que devolverle a Bolivia su cualidad marítima no es una derrota diplomática. Ése será el tiempo del reencuentro. Antes no. El proyecto de exportación de nuestro gas natural por el puerto de Patillos, a pesar de ser la vía técnica y económicamente más factible, se frustró por la inviabilidad política. Chile dejó de percibir una inversión de aproximadamente 1.500 millones de dólares, inversión calculada para el territorio de tránsito de haberse ejecutado el proyecto energético y, lo más importante, de una fuente de provisión de gas excepcionalmente favorable en precios y plazos.

Si la determinación de Chile es absolutamente firme en la búsqueda de la solución que plantea Bolivia, el Perú no podría oponerse, porque siempre sostuvo que sus propuestas eran negociables. La más alta dirigencia peruana aceptará que hacer posible una salida de Bolivia al océano por su exterritorio no es una claudicación histórica, sino la oportunidad para reconstruir un espacio geográfico cuya integración natural fue destruida por la guerra del 79. En cuanto a Bolivia, nos toca generar una visión coincidente y contemporánea sobre las bases de un arreglo que sea factible, para terminar con un conflicto que no puede perdurar indefinidamente.

Si los magistrados de la Corte Internacional de Justicia, haciendo honor a su mandato, resuelven favorablemente la demanda interpuesta  —que es lo que todos los bolivianos deseamos— y Chile acepta el fallo, como debería ser, la reposición de las negociaciones bilaterales nos llevaría, necesariamente, al escenario de Charaña, es decir, a tomar decisiones sobre las bases globalmente aceptadas en dicho proceso.

En tal caso, hay varias interrogantes que habría que absolver. ¿Estará dispuesto Chile a levantar su exigencia de canje territorial, y asumirá plenamente la obligación que tiene de obtener el consentimiento del Perú para perfeccionar la transferencia a Bolivia de una franja territorial al norte de Arica? ¿Estará dispuesto el Perú a levantar su exigencia de que se constituya una zona de soberanía trinacional en la conexión de la franja con el mar? ¿Estará el pueblo de Bolivia dispuesto a considerar la posibilidad de un canje territorial, la desmilitarización de la zona y la entrega a Chile del 100% de las aguas del río Lauca? Tales fueron las condiciones exigidas por Chile en 1975.

Una última reflexión: los conflictos que tienen su origen en usurpaciones territoriales no se resuelven por la resignación o el olvido de las naciones afectadas, mucho menos cuando el despojo es cualitativo. Bolivia sufrió muchas desmembraciones, es cierto, enormes en términos cuantitativos. Pero solo una, la del Litoral, la privó de un atributo de soberanía que únicamente se puede reemplazar con la restitución de ese atributo. Ése es el verdadero alcance y contenido del concepto de cualidad marítima.

Resulta indignante escuchar a cierta dirigencia radical del vecino país cuando señala que Bolivia perdió a manos de Chile tan solo el 10% del total de sus desmembraciones territoriales. Ello parecería insinuar que Bolivia debería estar agradecida con Chile por el hecho de que no le hubiera arrebatado mayores extensiones. Ese 10% impide que Bolivia sea partícipe de las dos terceras partes de la realidad física del planeta, que son los mares y océanos. Las facilidades de tránsito y portuarias jamás serán suficientes para compensar el cercenamiento.

En la conciencia de los bolivianos ha quedado la impresión —no desmentida por los hechos— de que Chile nunca tuvo realmente el propósito de solucionar el problema marítimo, porque, en algunos casos, como se ha mencionado, puso condiciones imposibles de cumplir, o se parapetó detrás de posturas inflexibles, como ocurrió en 1976, a raíz de la consulta y respuesta del Perú. Y, en otros, cuando se veía amenazado por conflictos externos.

En consecuencia, lo difícil para recomponer una relación normal y cooperativa con el vecino país radica en que no se trata solamente de olvidar los agravios del pasado, sino de modificar las realidades del presente, despejando, por ejemplo, la cargada agenda negativa para construir una vinculación futura distinta.

Hablar de la voluntad de manera abstracta puede parecer una simplificación del análisis. Es cierto, pero profundizar en los elementos que la constituyen y cómo debiera expresarse, en temas concretos, es motivo de un estudio diferente. Saber lo que debe hacerse es siempre lo menos complicado. El desafío radica en encontrar los medios y las formas. Los acuerdos visionarios son, invariablemente, el resultado de la determinación de los hombres, de su inteligencia y de su capacidad para interpretar las realidades presentes y modificarlas según sus expectativas, ideales e intereses, algo perfectamente legítimo.

Las grandes soluciones provienen siempre de mentes claras y actitudes audaces, pero, sobre todo, de convicciones inspiradas en los valores de la paz y la justicia. Nunca de conductas evasivas que prefieren eludir responsabilidades, para transferir a las generaciones futuras la carga acumulada de los conflictos.

Se ha desperdiciado el largo periodo de 135 años. Pero las lamentaciones o las recriminaciones mutuas no resolverán nada. Hay que mirar hacia adelante. Queda demostrado que sin cerrar el pasado no se puede abrir el futuro, y que el reencuentro entre bolivianos y chilenos tendrá que darse en una costa sobre el océano Pacífico.

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