Animal Político

El espejismo posnacional

En las guerras de los Balcanes de la década de los noventa, comunidades que habían compartido algunos paisajes durante siglos y personas que se habían criado juntas y habían ido a las mismas escuelas se combatieron ferozmente.

La Razón (Edición Impresa) / Shlomo Ben Ami

00:00 / 18 de mayo de 2014

El filósofo alemán Jürgen Habermas denominó en cierta ocasión nuestro tiempo “la época de la identidad posnacional”. Inténtese convencer de ello al presidente de Rusia, Vladímir Putin. De hecho, la gran paradoja de la época actual de mundialización es la de que la búsqueda de la homogeneidad ha ido acompañada de una añoranza de las raíces étnicas y religiosas. Lo que Albert Einstein consideró una “fantasía maligna” sigue siendo una potente fuerza incluso en la Europa unida, donde el nacionalismo regional y el nativismo xenófobo no están a punto de desaparecer precisamente.

En las guerras de los Balcanes de la década de los noventa, comunidades que habían compartido algunos paisajes durante siglos y personas que se habían criado juntas y habían ido a las mismas escuelas se combatieron ferozmente. Por utilizar una expresión freudiana, la identidad quedó reducida al narcisismo de diferencias menores.

El nacionalismo es esencialmente una creación política moderna envuelta en el manto de una historia y recuerdos comunes, pero una nación ha sido con frecuencia un grupo de personas que mienten colectivamente sobre su pasado lejano, un pasado con frecuencia —con demasiada frecuencia— reescrito para que cuadre con las necesidades del presente. Si Sansón fue un héroe hebreo, su némesis Dalila hubo de ser una palestina.

Tampoco las lealtades étnicas han coincidido siempre con las fronteras políticas. Incluso después del desmembramiento violento de la Yugoslavia multiétnica, ninguno de los Estados sucesores puede afirmar ser totalmente homogéneo. Las minorías étnicas de Eslovenia y Serbia (aun excluido el Kosovo albano) representan entre el 20 y el 30% de la población total.

A diferencia de las democracias, las dictaduras están más equipadas para dar cabida a la diversidad étnica y religiosa. Como vimos en Yugoslavia y estamos viendo ahora en las rebeliones de la primavera árabe, una sociedad multiétnica o multirreligiosa y un régimen autoritario pueden ser una receta para la implosión estatal. También la disolución de la Unión Soviética tuvo mucho que ver con el desplome de su estructura multinacional. En China, donde los uigures musulmanes, en particular, afrontan una represión oficial, viven docenas de minorías étnicas.

La India es un caso aparte. La vastedad de la nacionalidad india, con su plétora de culturas, etnicidades y religiones, no la ha inmunizado contra las tensiones étnicas, pero ha hecho que, más que un simple Estado-nación, sea la sede de una importante civilización mundial.

A la inversa, el nacionalismo etnocéntrico ha de distorsionar por fuerza las relaciones de un pueblo con el resto del mundo. El sionismo es un ejemplo apropiado. La ideología ilustrada de una nación que resurgió de las cenizas de la Historia ha pasado a ser una fuerza oscura en manos de una nueva minoría social y política que ha pervertido esa idea. El sionismo se ha descarriado como paradigma definitorio para una nación deseosa de encontrar un puente con el mundo árabe circundante.

La Unión Europea, comunidad política construida con un consenso democrático, no fue establecida para provocar el fin del Estado-nación; su propósito ha sido el de convertir el nacionalismo en una fuerza benigna de cooperación transnacional. De forma más general, las democracias han mostrado que pueden conciliar la diversidad multiétnica y multilingüe con la unidad política general. Mientras haya grupos particulares dispuestos a abandonar la política de secesión y abrazar lo que Habermas llamó “patriotismo constitucional”, se puede descentralizar la adopción de decisiones políticas.

La reciente derrota electoral de los secesionistas en el Quebec (Canadá) debe servir de lección a los separatistas de toda Europa. Decenios de incertidumbre constitucional hicieron que hubiera legiones de empresas que abandonaron Quebec, lo que arruinó a Montreal como centro empresarial. Al final, los quebequenses se rebelaron contra la falsa ilusión de que el Estado del que querían separarse se pondría, alegre, al servicio de sus intereses.

Asimismo, si los nacionalistas lograran convencer a la mayoría de los escoceses para que votaran por la secesión este otoño, la hemorragia, ya de antiguo, del talento y del capital de Escocia podría acelerarse. Vemos un riesgo similar en el intento de conseguir la independencia de Cataluña respecto de España.

El Estado central siempre tiene sus responsabilidades en materia de construcción nacional. Putin puede manipular a Ucrania, pero no porque haya ni asomo de credibilidad en su afirmación de que la minoría rusa que vive en ese país sufre persecución, sino porque la corrupta democracia de Ucrania no construyó una nación autónoma.

Piénsese, en cambio, en la anexión por Italia del Tirol meridional, región de habla predominantemente alemana. Se adoptó esa decisión en la Conferencia de Paz de Versalles después de la Primera Guerra Mundial sin consultar a la población, el 90% de la cual era de habla alemana. Sin embargo, actualmente el Tirol meridional goza de una amplia autonomía constitucional, incluida una plena libertad cultural y un régimen fiscal que deja el 90% de los ingresos tributarios en la región. La pacífica coexistencia bilingüe de los habitantes de esa provincia puede ser una lección tanto para los gobiernos centrales rígidos como para los movimientos secesionistas carentes de realismo de otras partes.

Por ejemplo, una reciente encuesta de opinión no oficial mostró que el 89% de los residentes de la norteña República Véneta apoya la independencia, pero, aunque el deseo de los venecianos de separarse del sur más pobre podría parecer familiar a otras regiones de Europa que se sienten agraviadas de tener que subvencionar a otras regiones supuestamente incompetentes, se puede llevar la política de secesión hasta extremos absurdos.

Escocia podría alcanzar esos extremos. Los residentes en las islas Shetland, Órcadas y Occidentales están pidiendo ya el derecho a decidir si seguir formando parte de una Escocia independiente. Podemos imaginar fácilmente que el Gobierno de Edimburgo se opusiera a los nuevos secesionistas, del mismo modo que Westminster se opone a la independencia de Escocia actualmente.

Cuando el historiador Ernest Renan soñó con una Confederación Europea que superara el Estado-nación, no podía imaginar aún el problema planteado por microestados y paraestados. Creía que “el hombre no es un esclavo ni de su raza ni de su lengua ni de su religión ni del curso de los ríos ni de la dirección seguida por las cadenas montañosas”. Puede ser, pero aún no se ha demostrado.

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