Animal Político

Una extraña trinidad

El ‘caso Mesa’ agita los velos con que el poder esconde sus designios.

La Razón (Edición Impresa) / Roger Cortez Hurtado es director del Instituto Alternativo

07:38 / 08 de agosto de 2018

El frágil punto en que se ha estacionado la decisión de investigar y procesar al expresidente Carlos Mesa, acusado por el régimen de ser el origen del adverso fallo sobre Quiborax, a un costo de más de 300 millones de Bs, agita los velos con que el poder esconde sus designios y permite entrever algunos de sus dilemas.

Una cuestión a aclarar es si el pertinaz hostigamiento volcado sobre Mesa para que revele su presunta y oculta intención de candidatear se fundaba (antes de Quiborax) en el supuesto de que realmente cumpliría su anuncio de no ser candidato, con lo que la presión impulsaría la campaña de Morales Ayma (“el candidato contrario más fuerte tiene miedo”), o si más bien se dispuso para obligarlo a candidatear, porque ya sea con Quiborax, o alguna otra arma todavía escondida, la dupla gobernante y su séquito asumían, o aun creen, que pueden manipular la candidatura del expresidente y abortarla, si les resulta necesario.

Cualquiera que fuese el cálculo está fallando, como lo muestra la paradoja entre la extrema fluidez con que la Fiscalía y el Tribunal Supremo viabilizan la acusación y el brutal portazo que recibe en el Legislativo, donde se anuncia solemnemente    —que no significa irrevocablemente—, justo cuando las encuestas muestran que Mesa puede ganarle a Morales, que el juicio se paralizaría hasta después de la elección.

Esta peculiar situación, donde aparentemente en el mismo bando hay unos que empujan y otros que atajan, replica la tensión y contradicciones que ha marcado las relaciones entre el Presidente y su Vice con el expresidente, desde hace varios años, componiendo una suerte de anómala trinidad de personajes, caracteres, orígenes y tradiciones tan diversos y encontrados, pero que continuamente se encuentran. Esta corroboración no refuerza la falta de imaginación de Sánchez Berzaín cuando denuncia un pacto secreto entre el régimen con Mesa, ni la oficialista, que acusa al vocero marítimo de ser la carta escondida de sus antiguos aliados. Ambas se contradicen frontalmente con los hechos.

No puede ignorarse que Juan Evo Morales Ayma experimenta una cierta fascinación por el expresidente, inclusive en los años iniciales en que se conocieron; atracción que se parece en buena medida a la que mostró por José Antonio Quiroga, o Ana María Campero y algunas otras personalidades con aura de intelectuales. 

La relación con García Linera calza en el mismo patrón, pero, la diferencia definitiva entre las demás y la que mantiene con su indispensable acompañante de hoy y mañana, no es esencialmente ideológica, sino la sumisión incondicional de su Vice, quien ha hecho de ella una sólida doctrina para ejercer el poder, complaciendo y halagando al jefe máximo.

El itinerario de la relación entre Álvaro García y Carlos Mesa también exhibe convergencias, como la que llevó a aquél a darle la oportunidad de proyectarse en los medios, inmediatamente después de su excarcelación, así como duros choques, que se resumen en la condena lapidaria que emite García Linera cuando califica de pusilánime a Mesa, para después aparecer como el brazo salvador que ataja la cuchilla que pende sobre su cuello, al postergar el desarrollo del juicio de responsabilidades.

García Linera concibió la teoría del evismo, al inicio del proceso, para regocijo de la cúpula masista y la dirigencia de las mayores organizaciones sociales, porque es la coartada ideal para zafarse de cualquier principio que les estorbe para perseguir y acaparar privilegios. Los principios se intercambian por la leal adhesión al caudillo, a quien se proclama como encarnación de la revolución y el cambio y quien garantizaría lustro o décadas, una cadena de triunfos electorales que, según la doctrina vicepresidencial, serán el sello legitimador histórico de sus acciones.

Pero, cuando la obsesiva persecución de la reelección y los errores oficialistas, como el del 21 F (convertido hoy en movimiento social), conducen a que asome la posibilidad de una derrota electoral, se desnuda que los mecanismos que usaron se vuelcan ahora en su contra y con la imposibilidad de franqueza que implican en su comunicación con el caudillo, bloquean la posibilidad de que le adviertan los riesgos que confrontan.

Estos se resumen en que, aun cuando la candidatura de Morales Ayma llegue a imponerse pese a su inconstitucionalidad, y gane —anulando a su más serio rival—, ese triunfo los conducirá a una gestión carente del control de 2/3 del Legislativo y bajo una sombra tan compacta de desconfianza e indisciplina social, que lo empujarán a una situación de descontrol creciente y a la dilución de su legado histórico. En medio de este cuadro, caracterizado hoy por la consolidación del 21F como movimiento social contestatario, las rutas que elijan los tres personajes mencionados, pueden llegar a condensar y simbolizar las fuerzas contrapuestas en este intenso momento.

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