Animal Político

La fiesta seducida por la nación

La diablada era una nación que se enfrentaba a todos los poderes, pero fue incapaz de construir una patria socialista. La morenada, en cambio, es una nación que construye sus nuevos privilegios paso a paso, voto a voto, de mayorías simples a mayorías absolutas.

La Razón (Edición Impresa) / Guillermo Mariaca Iturri es literato, docente universitario

00:00 / 22 de febrero de 2015

Diablada: los gestos de la seducción. Los autos sacramentales andaban por ahí. Los ritos indígenas también. Quién sabe de cuál combinación perversa, de cuál combinación de ritos agrícolas con ritos cristianos con ritos de mercado comenzaron los mineros a tratar de comprender el terremoto cultural en el que vivían cada día bajo tierra. Mineros que ayer nomás eran agricultores; mineros que ayer adoraban a la tierra convertidos desde la codicia moderna en profanadores de esa misma tierra.

En 1898 Simón Patiño descubre su mina “La Salvadora” y se salva del desastre. Pero convierte en mineros a miles de agricultores comunitarios. Largo crepúsculo ese de los indios transformados en campesinos convertidos en obreros entrando a la mina durante casi todo el siglo XX, haciéndose dirigentes sindicales, convirtiéndose en epopeya, vueltos leyenda precisamente por el trabajo que los degrada a las profundidades de la tierra.

En 1987 los mineros han triunfado. Han agotado al diablo del estaño. Han matado a su aliado. Desde ese momento la diablada se convierte en producto de exportación. Un siglo artesanal de máscaras de diablo se convierte en un precio para turistas. Un siglo de coreografías para burlar al hambre y al desprecio es, ahora, apenas un carnaval de televisión.

Ángeles arcabuceros los mineros. Dicen que perdonan, pero matan. Dicen que son indios pero quieren salario mínimo vital con escala móvil. Dicen que respetan al diablo pero lo encadenan al socavón. Y todo por la diablada. Por ese baile en el que, gracias a las tretas del débil, conocen las astucias del capital. Bailando la diablada se quitan esta costra de sumisión y de costumbre que ha profanado la confianza en la lucha. Hasta cuando postrados ante la virgen parecen reconocer su lugar humillado, lo hacen solo mostrando su cara asalariada, no su máscara lujuriosa con que convocan la sensualidad de la china supay que los enardece con los últimos amores.

Aún si la diablada se pierde en la memoria como los mineros que la bailaban se diluyen en la informalidad, no importa. Ha dejado su huella. Y como todo lo que hacemos los cholos, mañana va a renacer porque no podríamos sino sostener la diferencia.

La diablada. Para que a nadie nunca más le den gato por liebre, el momento de la celebración, humilde, de la diferencia.

Cuando escribí esto miraba cómo los últimos dirigentes mineros que conocía se convertían en cocaleros, en contrabandistas, en taxistas, en comerciantes. Su caída desde las tan elevadas alturas de la leyenda dolían demasiado. Y de pronto, casi como si nada, retornan y llegan al Palacio. Claro, no son los épicos del 52 ni los heroicos del 82, pero parecía que eran ellos. Estaba el Filipo, pero entonces no se sabía que el dirigente minero maquillado en senador era el último de los diablos.

Porque años atrás, desde 1974 cuando por primera vez la fiesta del Gran Poder entra al centro de La Paz aliados a la garra del dictador, las morenadas eran ya más numerosas que las diabladas pero todavía los miraban de abajo. Como mira el emergente protoburgués aymara al decadente posdirigente antiimperialista.

Morenada: las matracas coloniales. La matraca parece trueno. El trueno parece arcabuz. El arcabuz es el arma de la conquista de Santiago matamoros y de Santiago mataindios; pero el trueno es el arma de Illapa, el dios aymara del rayo y de la memoria andina de la anticolonial serpiente Katari. El ritmo reiterativo de la matraca es el ritmo repetido de todas las conquistas, el peso de su memoria. Y al mismo tiempo es el arma de la subversión para el retorno de las almas conquistadas como cuerpos libertarios.

Pero casi ninguno de los ricos aymaras urbanos que bailan con el peso de 15 kilos durante 5 kilómetros cree lo que la historia sabe. Están convencidos de que la danza rememora el peso de las cadenas de los esclavos africanos que llegaron para trabajar en las minas. Están convencidos de que bailando recuerdan las cadenas, pero sobre todo están seguros de que las rompen. Que su ostentación económica rompe la pobreza; que su exhibición social rompe la discriminación; que su cuerpo cholo rompe un disfraz de lacayo y un rostro moreno. Que fueron indios y que ahora son señores. Por eso las matracas no se detienen, porque si dejan de bailar, los señores palidecen de memoria y tiemblan ante el retorno colonial.

Esta no es una masa cualquiera que se toca solo por coincidencia afectiva; esta es una masa de colonizados que bailan la conquista y bailando la subvierten. Esta es una masa transformada en una organización jerarquizada en la que cada cual, siendo masa, ocupa exactamente su lugar. Como quien no hace nada, bailan como si fueran lacayos africanos del siglo XVIII vestidos como tales, se enmascaran como si estuvieran pisando coca desde el siglo XVII, pero sonríen vanidosos porque saben cuánto valen. Saben su prestigio comunitario, exhiben su paso señorial.

La morenada baila la colonia. Para que ningún cholo olvide la conquista. Para que todos los cholos celebren el poder. Para que todos ocupemos nuestro lugar. No el del otro. Para que la diferencia fluya, fluya lenta pero segura.

Cuando escribí esto la burguesía aymara estaba ocupando el lugar del dirigente sindical antiimperialista. Los pesados pasos de la morenada han sustituido a los saltos invasores de la diablada. El poder de la plusvalía chola es ahora la mayor virtud ciudadana en tiempos, dicen, de cambio; el poder sindical de la huelga es ahora una mala costumbre; es, dicen, un acto de traición a la patria. Porque la generación Evo necesita la epopeya sindical de la diablada como quien requiere el maquillaje de una heroica tradición olvidada, desconocida, ignorada. Porque la generación Evo prefiere la ostentación de las mantas Mamani Mamani y de los cholets para mirar desde el último piso de su contrabando chino a sus vendedores minoristas de la Huyustus.

Así como la diablada perdió su lugar de vanguardia proletaria para ser sustituida por las electorales masas de los morenos, así también la visión nacional que deseaba derrotar al capitalismo explotador ha sido sustituida por la visión nacional que alaba al capitalismo transnacional. La diablada era una nación que se enfrentaba a todos los poderes pero que fue incapaz de construir una patria socialista; todos sus muros se derrumbaron el día que el dictador transformer ganó la elección en las minas. La morenada, en cambio, es una nación que construye sus nuevos privilegios paso a paso, voto a voto, de mayorías simples a mayorías absolutas. No tienen muros, bailan avanzando lento pero seguro por la doble vía al oriente y la fiesta grande camba los recibe, los aprecia, los hace sus dirigentes.

Habrá que ver cómo se baila en la fiesta del bicentenario que viene. Habrá que ver cómo baila la nación chola. Si baila. O si habrá dado, para entonces, su último suspiro. Y todos bailemos tinku.

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