Animal Político

Un gabinete con desafíos estratégicos

Después del 22 de enero

La Razón / Hugo Moldiz Mercado

00:00 / 29 de enero de 2012

El presidente Evo Morales ha ingresado, en 2012, a un año crucial para hacer ajustes internos, redefinir sus relaciones con la sociedad y construir las bases materiales para la proyección del proceso de cambio a partir de 2014, cuando se registren unas elecciones generales que pondrán a prueba la consistencia de la irrupción plurinacional y popular elevada a la categoría de conducción estatal.

Para avanzar en esa dirección, llena de tensiones y sorpresas, el Jefe de Estado ha puesto en movimiento un gabinete que le da la posibilidad de encarar en condiciones favorables los grandes desafíos que, en dependencia de cómo se encaren y resuelvan, será determinante para anticipar el grado de consistencia con el que llegará a 2014 el proceso más profundo de nuestra historia.

Por lo tanto, la composición del equipo que acompaña a Evo Morales es una respuesta, autocrítica y positiva, a los desencuentros que en los dos últimos años se han registrado entre el Estado y la sociedad, particularmente entre el Estado y los movimientos y organizaciones sociales, en torno a temas específicos y con intensidades quizá superiores a las esperadas. No se puede negar que en el período 2006-2009 se produjo una relación de correspondencia armoniosa entre la conducción estatal y la mayor parte de la sociedad, que, a excepción de una minoría opositora y conspiradora con métodos no democráticos, permitía ser optimistas sobre un avance menos traumático del proceso de cambio. Tampoco se puede negar que entre 2009 y 2011 se registró una relación de correspondencia no armoniosa.

Pero, como la realidad es más testaruda que los buenos deseos, la revolución boliviana —que ha sustituido al viejo bloque en el poder por otro— enfrenta, como ocurre cada que se pretende liquidar el orden imperial vigente en cualquier parte del mundo, una diversidad de problemas estructurales que son amplificados y buscar ser aprovechados por los actores, abiertos y encubiertos, que se oponen a las tendencias emancipadoras. Quizá los más grandes peligros tengan que ver con la implosión de las tendencias corporativistas y regionales que disputan los excedentes, colocando en lugar secundario una visión universal; las dificultades de gestión política y económica, desde el Estado, para ir al ritmo que demanda el proceso; la ausencia de un aparato político más cohesionado, para llenar los vacíos que no pueden ser resueltos desde el Estado y, finalmente, las debilidades que existen para ampliar la hegemonía ideológica a partir del fortalecimiento del sujeto histórico que hizo posible esta revolución e identificando y aislando al enemigo principal que está fuera de nuestras fronteras, aunque con el apoyo de un reducido grupo dentro del país.

Entonces, ése es el cuadro general en el que se debe entender la composición del gabinete, la ratificación de unos ministros y el alejamiento de otros, pero sobre todo el regreso de Juan Ramón Quintana al Ministerio de la Presidencia, quien ha concentrado —como era previsible— el fuego de la desconcertada y extraviada artillería de la oposición política y mediática.

El punto de partida del nuevo gabinete son las resoluciones del Primer Encuentro Plurinacional para profundizar el cambio, cuya coherente materialización en el corto y mediano plazo representará, en los hechos, una actualización de la “agenda de Octubre”, cuyo valor político y simbólico sigue vigente por haber sido la expresión condensada de un quiebre epocal.

De los desafíos generales, hay una diversidad de desafíos particulares que hacen a los gabinetes político, económico y social, los que, para empezar, quizá deberían funcionar como tales y con la participación, en calidad de consejos, de las organizaciones y movimientos sociales, como ha sido la voz unánime en el encuentro social de Cochabamba.

El gabinete político debe encontrar el modo de restablecer una relación de correspondencia armoniosa entre el Estado y la sociedad en general y particularmente con los movimientos y organizaciones sociales, además de las regionales. Ese solo paso, al que se debe añadir la necesidad de reconquistar una subjetividad favorable al cambio, ya será importante para disminuir la creciente conflictividad que busca ser amplificada para su beneficio por la oposición. El restablecimiento de relaciones de nuevo tipo con “los suyos” y con “los otros” a partir del reconocimiento de las diferencias tácticas y las coincidencias estratégicas, es una premisa que no debe ser descuidada. Es firmeza, diálogo y concertación.

El gabinete económico —de los que se han ratificado a dos e incorporado tres— tiene dos puntos de referencia en su agenda específica: primero, preservar y proyectar los indicadores macroeconómicos obtenidos en seis años y, segundo, para no quedarse en resultados que complacen a los organismos multilaterales, avanzar a paso sostenible hacia un proceso de industrialización que sea compatible con la preservación de los derechos de la Madre Tierra. Ésta es una tarea muy complicada pues significa romper con una lógica que nos determina desde la colonia en toda América Latina.

El gabinete social —de los que se han quedado dos y han ingresado tres— tiene el gran desafío de ir concretando los derechos fundamentales establecidos en la Constitución Política del Estado —como el acceso a la salud, la educación y el agua—, lo que ciertamente merece un mayor presupuesto del que tienen asignado y un grado de articulación con sectores sociales para persuadir, si es posible, o derrotar, si es inevitable, a las tendencias conservadoras.

Entonces, los desafíos para el presidente Morales y el equipo de colaboradores que lo acompaña, además de la siempre vigorosa y reflexiva participación del vicepresidente Álvaro García Linera, son bastantes y complejos. Pero no hay obstáculo que no se venza si hay claridad de lo que se quiere, si hay cohesión interna, articulación de agendas específicas, centralidad estratégica y descentralización operativa, renovados métodos y estilos de trabajo, pero sobre todo la convicción de canalizar la plena y protagónica participación del pueblo en la construcción de un nuevo poder y un nuevo Estado.

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