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El gigante Brasil: ¿existe un proyecto hegemónico?

El despegue económico y el ímpetu militar en Brasil esbozan la ruta de una ambición hegemónica que va a debilitar la competitividad de otros países más débiles en la región; aunque también depende de ese país la posibilidad de impulsar otras alternativas para alcanzar desarrollo sostenible y equidad sin crear conflictos

La Razón / Franco Gamboa Rocabado

00:01 / 06 de enero de 2013

No es lo mismo someterse a las esferas de influencia de Estados Unidos, que vincularse a un liderazgo encabezado por Brasil donde posiblemente fructifiquen oportunidades de integración y mejoramiento, libres de toda amenaza de explotación y fríos balances de poder que ahonden las desigualdades entre los países latinoamericanos. En todo caso, los nuevos rumbos abiertos por la fortaleza brasileña no deberían cometer viejos errores como la experiencia de los problemas económicos en Argentina.

Recordemos que cuando la fortuna sonríe más de dos veces y es vista como éxito calculado, entonces, es de esperarse que la capacidad de previsión y aprendizaje histórico permita a Brasil evitar lo ocurrido en la crisis financiera argentina de 2001. En aquel momento, Juan Domingo Cavallo (exministro de Economía en los gobiernos de los expresidentes Carlos Saúl Menem y Fernando de la Rúa), pasaba de ser un especialista de la economía de mercado, a convertirse en un verdugo de las clases medias y reproductor de la miseria en un abrir y cerrar de ojos.

Las clases dominantes en el poder han mostrado que pueden entremezclar las demandas de inversión extranjera directa, con la dinámica peligrosa de aumentar los niveles de deuda externa y el déficit fiscal en las estructuras estatales. Es importante analizar de qué manera Brasil está administrando la intervención del Estado con las acciones del empresariado privado.

No es casual que el posicionamiento económico de Brasil en la globalización esté unido a los siguientes elementos: a) apertura total a la inversión extranjera; b) privatización en sectores estratégicos; c) diseño de políticas públicas en función de los resultados de la economía de mercado y el desempeño de las inversiones externas; d) mecanismos de control gubernamentales que tratan de mostrar resultados para sus financiadores; y e) compromisos estatales de endeudamiento progresivo. El resultado inmediato es un modelo de de-sarrollo articulado hacia las prioridades del orbe internacional y los estándares de competitividad que reducen la posibilidad de pensar en un liderazgo brasileño que pueda generar directrices endógenas; es decir, desde adentro de la sociedad, la cultura y la nación.

Por un lado, se puede observar el predominio del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES), y por otro, las ventajas otorgadas por los sucesivos gobiernos de Fernando Henrique Cardoso, Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff al fortalecimiento de las élites empresariales que buscan aumentar su poder por medio de nuevas transnacionales cariocas. Brasil es una economía abierta pensada desde el impulso del sector privado, convertido en el eje central que es alimentado por la lógica externa de la globalización.

Por otra parte, el coloso brasileño tiene un dato a destacar: sus políticas de mercado se articulan con la carrera de préstamos, es decir, con la obsesión de tener dinero fresco de donde sea y a como dé lugar, conseguir créditos, acceso libre a recursos para comprar armas, impulsando proyectos de seguridad y aumentando los gastos militares y policiales. Los problemas de seguridad adquieren una dinámica estratégica al mostrar que la hegemonía económica, probablemente se vincula directamente con el poderío militar. Según el Instituto de Investigación para la Paz de Estocolmo (Stockholm International Peace Research Institute, SIPRI), el gasto militar de Brasil encabeza la lista en América del Sur, con un incremento de 5,8% del total de su presupuesto en 2010.

Si revisamos los datos de 2008, no debería sorprendernos el desorbitante flujo de recursos que fueron destinados al armamentismo con 15.477 millones de dólares, cifra que ningún otro país latinoamericano podría alcanzar. La consecuencia internacional del aumento en el gasto militar de Brasil es la lenta y firme preparación de un proyecto emparentado con una estrategia hegemónica y política en las Américas. Por ejemplo, en caso de la existencia de un conflicto bélico en el continente, sería inevitable recurrir a la alianza, mediación y arbitraje de Brasil como un referente de negociación en materia de seguridad internacional para el siglo XXI.

El posible proyecto hegemónico brasileño no tiene semejanzas directas con las políticas intervencionistas del sistema americano; por el contrario, la fortaleza militar de Brasil se abre terreno en medio de los sentimientos antiamericanos y el lento declive de la hegemonía estadounidense en todo el mundo. ¿Podrá Brasil alentar la confianza en el continente para que el resto de los países se acerquen a un nuevo aliado leal, en función de construir inéditas estructuras de integración que favorezcan, por igual, al conjunto de los latinoamericanos?

El despegue económico y el ímpetu militar esbozan la ruta de una ambición hegemónica que va a debilitar la competitividad de otros países más débiles en la región, aunque también depende de Brasil la posibilidad de impulsar otras alternativas para alcanzar desarrollo sostenible y equidad sin crear conflictos, como los que ya han aparecido en la construcción de la carretera en el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS) en la Amazonía boliviana y algunas plantas hidroeléctricas en Paraguay y Perú.

El desarrollo económico brasileño prevé un crecimiento de entre 5,3% y 6% para el periodo 2012-2014, aunque las contradicciones reaparecen cuando persisten los datos que no pueden superar la desigualdad y la marginación socioeconómica en la cotidianidad de millones de personas de clases medias y populares que viven al día y en medio de la inseguridad como en el mundo de las favelas; asimismo, se mantienen los riesgos del incremento de la deuda externa.

El crecimiento económico de Brasil podría constituir la envidia de muchos países del Sur, pero está teñido de una misteriosa ola de espejismos porque permanece incierto un nuevo estilo de desarrollo que se caracterice por patrones totalmente novedosos en materia de políticas sociales, protección del medio ambiente, distribución igualitaria de los recursos y armonía en el transcurso de la vida diaria con certeras esperanzas sobre el futuro. Brasil busca la hegemonía, pero no es un modelo inédito de desarrollo, sino que solamente imita lo que otras economías globales ya han conseguido en el occidente industrial posmoderno.

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