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La herencia del tata Gramunt

A un mes de su partida, el autor recuerda cómo el jesuita advertía sobre el poder desmedido de los medios.

El periodista y sacerdote jesuita José Gramunt. Foto: Miguel Carrasco

El periodista y sacerdote jesuita José Gramunt. Foto: Miguel Carrasco

La Razón (Edición Impresa) / Edwin Flores Aráoz es periodista, trabajó 12 años en ANF / La Paz

01:15 / 26 de septiembre de 2018

Recibió los sacramentos, posó su cabeza sobre la almohada para hacer una siesta y no despertó más. El viejo reloj de la casa de retiro La Esperanza de la calle Bolívar de Cochabamba —donde habitaba junto a un grupo de jesuitas jubilados— marcaba las 17.00 del viernes 24 de agosto de 2018. Con 96 años y 19 días de vida intensa, el sacerdote, abogado y Premio Nacional de Periodismo José Gramunt de Moragas había partido a la eternidad no sin antes dejar una valiosa herencia a los profesionales de la información de la Bolivia que tanto amó. Una hora después, un diluvio de mensajes in memoriam invadió internet.

Llegó a Sucre en 1952 procedente de Tarragona, España, donde dejó a sus padres y siete hermanos para cumplir su misión jesuítica. Desde entonces, no paró de construir textos, primero en máquina de escribir sobre papel sábana y carbónico; más tarde en teletipos, y luego en el moderno ordenador computacional. Lo hizo durante casi 66 años de ejercicio profesional y fue uno de los maestros de periodismo más reconocidos del país por su defensa persistente de los principios democráticos y de la libertad de expresión.

Había nacido para ser notario     —como esperaban sus padres—, pero se convirtió en teólogo/sacerdote y murió como periodista, convirtiendo los hechos sociopolíticos, económicos y culturales en pedazos escritos de la historia; lo hizo de manera incansable… hasta sus últimos días, dejando inconcluso su último libro: Galerías, una sucesión cronológica de fotos con textos y contextos de su paso por la vida, siempre cuidando la jerarquización de los temas y la pulcritud del lenguaje.

Con esa solvencia intelectual y recia ética, legó a los trabajadores de la comunicación de los últimos 50 años un cúmulo de enseñanzas que perduran en sus más de 15.000 columnas de opinión, en sus miles de noticias/reportajes editados, en sus libros, charlas y en sus pocos, pero profundos, discursos emitidos al recibir galardones de distinta índole.

Su principal herramienta fue la palabra. Por eso le preocupó el poder descontrolado que los medios acumulaban en distintas épocas. Llamó a esto una especie de “dictadura comunicacional”, en la que algunos de sus operadores se convertían en una suerte de “divinidades griegas” que, desde el Olimpo de la tecnología, rigen a los hombres de la moderna Atenas global ya que, por un lado, informan, ilustran y aproximan pueblos; empero, por otro, prodigan “mil embrujos y sofismas” tratando de inducir la conducta de la ciudadanía hacia derroteros inciertos.

En su criterio —expresado cuando recibía el Premio Nacional de Periodismo en diciembre de 1993— los viejos imperios se quedan chicos frente a los monopolios tecnológicos que se han erigido con grandes capitales para invadir el mercado de la comunicación en el que operan “comunicadores altaneros que eclipsarían a los más grandes sabios”.

El ranking rige la existencia de los medios, solía decir, porque “el dinero, como Mefistófeles, ha comprado el alma de la comunicación”. Por ello, lanzaba la advertencia: “Cuando el lucro y el poder, y no el sentido de servicio, es el que rige al periodismo, éste se convierte en un enemigo público de la sociedad”.

Gramunt no discrepaba en que la comunicación es un poder incontenible, muchas veces paralelo o superior a los otros formales. Pero una y otra vez afirmaba que como todo poder, el de los medios también tiende a corromper y, frente a esa realidad, recomendó seguir los principios de la ética para moderar y corregir esas desviaciones antisociales. Entendía la ética como la decencia profesional y empresarial. “Un medio que desprecia la ética, tarde o temprano merecerá la sanción social. Y los medios que observen esta norma y la apliquen, más temprano que tarde, merecerán la confianza y credibilidad de la ciudadanía” que, en definitiva, es la materia prima para la existencia de toda forma de periodismo.

En las reuniones semanales con sus discípulos de la Agencia de Noticias Fides (ANF) que fundó y quiso enormemente, solía referirse a los “astros” y a las “estrellas” de los medios —sobre todo televisivos y radiofónicos de gran alcance tecnológico— quienes creían ostentar un poder casi sobrenatural, más allá del bien y del mal, y que por el solo hecho de tener el don de la “influencia en la opinión pública” estaban dotados para herir dignidades y libertades de quien se les ponía al paso de su ascenso espectacular.

A esa clase de periodistas todopoderosos y a la crisis que enfrentaba la profesión u oficio, se refería: “No hay poder que nos tema, no hay juez que nos juzgue, no hay moral que nos cohíba, no hay sabio que nos supere, no hay anciano que nos oriente, no hay prudencia que nos modere, no hay institución que nos encuadre”. Tan profundas palabras obligaban a sus redactores a una autocrítica permanente para no caer en las tentaciones y caminen siempre por la ruta del servicio al bien común, informando, orientando y fiscalizando.

Y eso no era todo. Cuestionaba con frecuencia y, con la puntería de Robin Hood, se preguntaba a voz en cuello: ¿Dónde queda el pluralismo cuando el poder se concentra en los más fuertes? ¿Qué rincón de privacidad nos resta cuando los medios se introducen en las alcobas? ¿Qué instituciones aguantan frente a la aplanadora del superestado comunicacional?

Esos mensajes de fondo, plenos de experiencia y sabiduría quedan como valiosa herencia de un general de tres estrellas doradas que comandó, por más de medios siglo, todas las batallas periodísticas contra las distintas formas del abuso de poder. ¡Dios lo guarde en su regazo celestial, gran tata Gramunt!

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