Animal Político

Los héroes están cansados

Recuento de la IX marcha indígena

La Razón / Mario Espinoza Osorio

00:01 / 29 de julio de 2012

No sólo están cansados. Las batallas que libran ya no impresionan como antes. Alguna vez hubo novedad y ahora deben pensar en nuevas formas que guíen a sus huestes y que se conviertan en inspiración para los soldados de las mil batallas que están por venir.

Comenzó con la Marcha por la Vida, esa epopeya que fue detenida por el gobierno de Víctor Paz Estenssoro en Calamarca, antes de llegar a La Paz. Las imágenes que llegaron a la televisión, con la presencia de tropas del Ejército, tanques y aviones volando al ras del piso, le pusieron un condimento tan inquietante como espectacular a ese grupo de mineros que había decidido marchar a la sede de gobierno para exigir sus derechos.

Documentales, canciones, poemas, alguna pintura y decenas de manifestaciones artísticas salieron de esa cruzada que terminó con el retorno a ninguna parte de los mineros, veteranos de mil batallas contra las dictaduras y que sucumbieron esta vez ante la potencia de fuego de las Fuerzas Armadas que no dispararon ni un solo tiro, pero sobre todo ante el convencimiento de que la minería, en ese momento, se había agotado.

Pero la espectacularidad de las imágenes de la Marcha por la Vida y la conmoción de un pueblo que lo pudo ver todo por televisión se repitió luego en otro contexto.

Fue en los momentos previos a las elecciones de 1989, cuando un día de diciembre la universidad paceña se vio llena de unas figuras extrañas. No faltó la anciana conmovida que se tuvo que persignar por lo que estaba viendo. Decenas de mineros relocalizados, crucificados en los mástiles de San Andrés y otros en San Francisco, le dieron otro espectáculo a los paceños digno de una película surrealista. El que lo sufrió, fue el candidato oficialista Gonzalo Sánchez de Lozada que, a pesar de haber ganado luego la elección, la eufemística relocalización le cobró parte de su deuda. Decenas de “crucifixiones”, luego, no conmovieron a nadie.

Entre los nuevos métodos, algunos muy pintorescos y otros crudos y desagradables, los dirigentes inventaron varios. A la vieja huelga de hambre se sumó la nueva huelga seca, el coserse los labios, el tapiarse dentro un cuarto sin comunicación con el exterior o el encerrarse en ataúdes. Estas protestas han sido algunas que han ensayado estos grupos, siempre acompañadas de la efectista frase de salir únicamente muertos de estas acciones. Por suerte, dentro de éstas, nadie salió muerto, a pesar de que la televisión nos regaló escenas desopilantes de gente que se tapiaba y que se despedía de los que quedaban afuera como si realmente los estuviesen enterrando en vida. Pero la espectacularidad de la primera vez quedó en eso. Los actos en todos los casos fueron perdiendo efecto entre la población.

En el gobierno de Jaime Paz Zamora, una nueva marcha, esta vez de las tierras bajas, atrajo la atención de todos: gente, políticos, medios de comunicación, aunque los que creían que venía una masacre o escenas como la Marcha por la Vida se vieron sorprendidos cuando el mandatario en persona salió a recibirlos y lo que debió ser una protesta por el territorio y la dignidad se convirtió en el logro de tres decretos supremos mediante los cuales se reconoció legalmente cuatro territorios indígenas: el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS), Territorio Indígena Multiétnico Chimanes (TIMCH) y Territorio Indígena del pueblo Sirionó en el Ibiato y un área de 30 mil hectáreas en el monte San Pablo.

No fue poco, porque los habitantes de esas tierras lograron por lo menos una pausa para que las empresas madereras, ganaderas y agrícolas no sigan condenando a estas etnias a una asfixia en su propio territorio.

Luego vinieron otras marchas. La VIII marcha indígena en defensa del TIPNIS, por ejemplo, que tuvo el apoyo de millones de ciudadanos dentro y fuera de Bolivia, sobre todo por la brutal represión que sufrieron los indígenas el 25 de septiembre de 2011, en Chaparina.

Sin embargo, la IX marcha no fue lo que se esperaba, y no porque sus pedidos no hayan sido justos. Un análisis sereno nos ha mostrado varios elementos. El primero es que existe un agotamiento del efecto de la marcha, sumado a una población indiferente. No hay duda, mucha gente ayudó a los marchistas, pero no la suficiente. Parte de la guerra, sobre todo de la clase media y clase media alta, se libró en las redes sociales y su aporte fue tan agresivo verbalmente en los muros virtuales como tan pobre y poco efectivo en la realidad.

La gente del TIPNIS se fue con sabor a poco. Los discursos sobre nuevas acciones dentro su territorio parecen simplemente esperanza para evitar lo que el Gobierno ha tomado como cuestión de Estado: la construcción de la carretera sí o sí.

Pero no todo son logros para el Gobierno, que se siente vencedor. Porque en su “hábil” estrategia de ignorar a los marchistas, descalificarlos y ganarlos por cansancio o por inoperancia está posiblemente una semilla que ignora el propio Gobierno; porque quién lo hubiese dicho: aquel 1986 de la Marcha por la Vida los mineros volvieron, como dice la canción de Luis Rico, luego de un periplo que los sacó de las minas, los llevó a buscarse la vida y a encontrar en el Chapare un horizonte y que luego, en 2006, los devolvió a La Paz con Evo Morales como presidente.

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