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La historia de la Guerra del Pacífico, plagada de mitos

Sin la intención de hacer una defensa del general Hilarión Daza, subrayando sus errores, muchos estudios desmienten, de manera documentada, la posibilidad de que se haya callado la noticia de la invasión.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Aguilar Agramont

00:00 / 02 de marzo de 2014

La historia de la Guerra del Pacífico, tras la cual Bolivia perdió su litoral en el océano Pacífico, está plagada de mitos. El ocultamiento de la información hecho por Hilarión Daza de la invasión chilena de Antofagasta, la traición boliviana al pacto con Perú, la existencia de Juancito Pinto o que la causa fundamental de la guerra haya sido el gravamen al salitre contra una empresa privada con capitales ingleses y chilenos, son algunos de los mitos que la historia ha perpetrado. A continuación se relatan estos mitos y se devela, si no una versión definitiva de lo sucedido, sí una desmitificación de lugares comunes inexactos de la historia nacional difundidos por décadas desde el Estado y desde una “oficialidad” de la historia.

El ánimo con que se hace esto no es herir ninguna sensibilidad —cosa posible si se tiene en cuenta que dichos mitos son tomados como verdades hasta ahora— sino más bien seguir lo expresado al final del prólogo del libro Patria Íntima de Néstor Taboada Terán: “Vislumbrar una comunidad nacional que no se deja reducir a los presupuestos del Estado, que encuentra que su tristeza y su alegría es de ser simplemente lo que es, sin un ‘morir antes que esclavos vivir’ que difiere toda felicidad a una realización nunca lograda”.

El mito más difundido sin duda fue el ocultamiento de la noticia de la invasión chilena por el presidente Daza, supuestamente para que la mala nueva no interrumpiera el carnaval de 1879.

CARNAVAL. La versión se originó en Chile desde el principio de la guerra con una campaña de desprestigio de Bolivia. El historiador chileno Benjamín Vicuña Mackena divulgó el mito.

Lo curioso es que la versión chilena es secundada por bolivianos ligados a la facción de Narciso Campero (quien dio un golpe de Estado contra Daza cuando éste se encontraba en el campo de batalla en Perú) y luego perpetrada por los intelectuales bolivianos posteriores a la guerra. Gabriel René Moreno, que es uno de éstos, reproduce la versión como todo un ‘historiador omnisciente’: “Guardando el Presidente de Bolivia (Daza) en los bolsillos de su disfraz la noticia por tres días, reservó su sorpresa para después de los carnavales”.

Este relato fue adoptado por la historiografía liberal del positivismo (encabezada por Alcides Arguedas) y con la venia del líder de esa doctrina política, Eliodoro Camacho; posteriormente fue recitado por escritores más modernos, como Enrique Finot.

El mito quiso ser desmentido por el historiador Fernando Cajías en la película de Antonio Eguino Amargo Mar. En este film, sin embargo, dice el historiador Pablo Michel, se “mitifica e idealiza” a Daza al mostrarlo como desamparado frente a la oligarquía boliviana que le hacía la guerra. Parece ser que de un mito se pasa a otra mitificación...

Sin la intención de hacer una defensa del general Daza, subrayando también sus errores, muchos estudios desmienten, de manera documentada, la posibilidad de que se haya callado la noticia de la invasión. El libro más importante de este tenor es Daza no ocultó la noticia de la invasión chilena (1982) de Luis Antezana, aunque siete años antes Enrique Vidaurre ya presentaría pruebas en su libro El presidente Daza.

La versión de Vicuña tuvo eco en Bolivia por la sencilla razón de que los camperistas —en pos de matizar sus errores— querían desprestigiar al militar derrocado para justificarse en el poder. “Es notorio que el pueblo de La Paz ignorara el aviso funesto del 14 de febrero (fecha en que la tropa chilena invade Antofagasta), mientras que Daza, aturdido por el bullicio del carnaval, ocultaba el parte”, cita a Eliodoro Camacho el historiador Antezana en el libro ya mencionado. Los que sostienen esta posibilidad hablan de que Daza y Eulogio Medina, entonces ministro de Relaciones Exteriores, recibieron el aviso del cónsul boliviano en Tacna, Manuel Granier, al día siguiente de la invasión, el 15 de febrero: “Gobierno chileno ha ordenado a fuerzas reunidas en Caldera ir a Antofagasta y ocupar Litoral”.

La negación del relato chileno se basa en citas de la investigación del patricio Gastón Velasco (compositor de la letra del Himno al Litoral y exalcalde de La Paz). El argumento básico es que no existía una red de telégrafos entre Bolivia y Chile, y la noticia llegó hasta el Presidente a lomo de caballo el Martes de Carnaval (25 de febrero).

La cronología según Velasco es citada por Antezana: El viernes 14 de febrero se inicia la invasión en Antofagasta. En la tarde del 16 llega al puerto el vapor Amazonas con bandera boliviana. El prefecto de la localidad, Severino Zapata, las autoridades y varias familias bolivianas se embarcan en ese buque para escapar de los excesos de los invasores.

El lunes 17, el Amazonas llega a Tocopilla. El martes 18 parte con rumbo al entonces puerto peruano de Iquique y se envía un telegrama escueto al cónsul boliviano en Tacna, Manuel Granier. El 19 el vapor arriba a Arica. En el muelle se encuentra Granier para recabar más información y redactar la noticia para mandarla por correo a La Paz.

El 20 (Jueves de Comadres) parte de Tacna el estafeta Gregorio Choque (apodado Goyo) con la correspondencia urgente; hace el recorrido de 76 leguas (más de 450 kilómetros) en seis días.

“Bolivia no contaba con un servicio telegráfico (...), el camino directo era el de Tacora a Machagas”, escribe Velasco. Por su parte, el historiador chileno Tomás Caivano lo confirma en su libro Historia de la Guerra de América, entre Chile, Perú y Bolivia: “Repetimos, entre Bolivia y Chile no hay telégrafo. El (camino) más cercano del que puede hacer uso Bolivia va de Tacna y Arica”.

El itinerario de Goyo fue el siguiente: el 20 de febrero fue de Tacna a Palca; el 21, de Palca a Huchusuma. El sábado 22 recorrió el trayecto de Huchusuma a la posta de Chulluncayani; el 23, de este lugar a San Andrés de Machaca. El 24, de esa localidad a Tambillo, y el 25 (Martes de Carnaval), de Tambillo a la ciudad de La Paz.Goyo llegó a La Paz a las 23.00 y se encontró con el cochero de Daza, quien lo llevó a la casa de Carlos Frías (esquina Yanacocha y Mercado), donde se festejaba el carnaval y donde había estado la comitiva presidencial. De esa casona, la autoridad se había retirado a la fiesta del coronel José María Baldivia, intendente de Policía, en la calle Pichincha. Efectivamente, allá encontraron a Daza y fue donde éste conoció de la ocupación. Eran las 24.00 cuando la noticia comenzó a circular inmediatamente (esta relación cronológica está registrada en los libros de Antezana y Vidaurre).

Para el expresidente Carlos D. Mesa, la versión de Antezana es definitiva. “En cuanto Daza supo de la invasión suspendió el carnaval y convocó a la lucha”.

Michel, sin embargo, desmiente la desmitificación asegurando haber visto cuatro notas de alerta en la Cancillería, una de ellas de tres días después de iniciada (la invasión)... y que el chasqui es un mito, pues existían “cinco empresas de correos con bases por todo el territorio nacional”.

En todo caso, considera que un ocultamiento de la información no puede ser la causa de haber perdido la guerra, pues desde el 6 de enero los barcos chilenos estaban frente a los puertos bolivianos, es decir que el movimiento de la marina chilena alertaba “a gritos” que se buscaba provocar una guerra. “Que se hubiera guardado o no la información se vuelve totalmente irrelevante. Daza fue irresponsable al no enviar tropas con esas señales incontrastables de hostilidad”.

En cambio, el escritor Mariano Baptista Gumucio avala la versión de Velasco y reitera que el mito del ocultamiento de la información fue obra de los chilenos. “La noticia llegó con semanas de retraso. Además era imposible que Daza haya podido movilizar las tropas por su cuenta, necesitaba el apoyo de Perú”.

SALITRE. Otro mito es que la guerra se inició por el impuesto al salitre que impuso Daza a la Compañía de Salitres de capitales ingleses y chilenos. Esto no fue sino un pretexto para la invasión, nunca una causa.

Tanto Perú como Bolivia —dice Baptista— sabían que había un “designio geopolítico de Chile”, desde hacía décadas, de “dominación en el Pacífico”, por lo que era inevitable que Chile busque un pretexto.

No obstante, Daza “no tiene perdón” porque sabía que movía un “avispero” con el impuesto y daba el pretexto que Chile esperaba.

Asimismo, Chile y Perú afirman hoy que Bolivia provocó la guerra. “Eso es totalmente falso”, dice Mesa y recuerda que Cobija había sido azotada por un tsunami y había una sequía en Bolivia que produjo una hambruna general, por lo que se impuso el impuesto. Chile protestó y Bolivia “soberanamente” rescindió el contrato. “Los chilenos debían haber respondido jurídicamente, pero una invasión armada no tiene ninguna correspondencia, por lo que es inequívoco que Chile inicia la guerra para defender capitales ingleses y chilenos”.

El politólogo y estudioso de la historia bélica boliviana Jorge Abastoflor coincide. Además, dice, el salitre boliviano no le interesaba a Chile, sino el del territorio peruano, que en relación de cantidad al de Bolivia era de cinco a uno.

Otra prueba de esto “es que la guerra terminó en Lima y no así en La Paz”, argumenta.

HÉROES. Otro mito es la existencia histórica de los niños héroes Juancito Pinto y Genoveva Ríos.

Ambos están en el imaginario de Gastón Velasco, que dedicó su vida entera a tratar de “interesar a los bolivianos sobre el tema del Pacífico; se fue exiliado con su padre a Antofagasta y quedó impresionado por la vista del mar”, dice Baptista, quien además confiesa nunca haber encontrado documentos sobre la existencia de ninguno. “La labor de Velasco fue muy buena, seguramente respondió a la necesidad de buscar héroes”.

Mesa destaca que ambos forman parte de la construcción de un “imaginario nacional” que permite destacar actitudes más allá de los personajes como tales, si bien no ha revisado con detenimiento esos episodios como para afirmar o negar la existencia de esos hechos, lo cuales “no forman parte de lo relevante de la historia grande de la guerra”.

Abastoflor rescata la creación del mito como positivo, pues de alguna manera refleja una realidad: “que el ejército boliviano peleó hasta su último hombre”. Michel, en cambio, señala que la existencia de Ríos es histórica, no así la de Pinto.

En los últimos años, hubo estudios que quisieron cuestionar el papel de Eduardo Abaroa (no hay concierto en la manera correcta de escribir su apellido) de quien se dijo que no defendió la patria, sino sus intereses particulares. Mesa considera que esa versión es falsa y que está documentado que tuvo un rol heroico.

En este mismo sentido, Michel apunta que Abaroa, antes de ir a combatir incluso se casó con su concubina para arreglar su herencia en caso de muerte, lo que prueba que se preparaba para dar batalla hasta el final.

PERÚ. En torno al rol que jugó el Perú en el conflicto existen varios mitos. Uno es sobre la falsedad de que Perú se haya involucrado en la guerra a defender a Bolivia en honor del pacto secreto que tenían ambos países.

Perú “no honró” la alianza; de hecho estuvo tratando de ser el negociador y evitar el conflicto, dice Michel. “Chile en realidad quería las salitreras del Perú y que el puerto de Valparaíso supere al del Callao, y Perú solo invocó la alianza cuando Chile le declaró la guerra, explica.

Ya activada la alianza y como causa de un apoyo cuestionable del aliado de Bolivia, Daza estuvo “remoloneando por la impericia” de los gobernantes peruanos por ocho meses en Tacna, cuenta Baptista. El ejército boliviano, sin armas, no se movía de ahí. “El presidente peruano fue a Europa con el pretexto de comprar armamento y no volvió más. Fue una serie de desastres internos de los dos países”.

Michel explica que el Perú nunca tuvo la intención de recuperar territorios bolivianos, sino formar una barrera en Tacna junto al ejército boliviano. Aunque Mesa señala que cuando se activa la alianza, el ejército chileno ya estaba de avanzada en territorio boliviano (la primera batalla conjunta es en territorio peruano, en Pisagua).

Por otro lado, la historiografía oficial peruana está convencida de que Bolivia deshonró el pacto y abandonó a Perú tras la derrota en la batalla del Alto de la Alianza en 1880.

Abastoflor cuenta que tras la derrota, el ejército boliviano quedó con 5.000 hombres (de sus 20.000 iniciales) y que se retiró a La Paz pensando que Chile quería invadir el país, sin embargo siguieron al norte hacia Lima: “a Chile no le interesaban las salitreras bolivianas sino las peruanas, porque eran las más ricas y dominar en el Pacífico, nosotros estábamos en medio...”

Como se puede ver, aun entre conocedores bolivianos de la historia hay discrepancias en la materia. Queda preguntarse ¿por qué no puede haber una historia limpia de los hechos? Para Baptista, la razón de tanta mistificación en los relatos históricos es el “resentimiento y odio” que hubo entre Perú, Bolivia y Chile. Además, es claro que la academia no ha enfocado su vista en el estudio exhaustivo de la historia bélica del país. Es por eso que Baptista aconseja que las academias de historia se dediquen al estudio de la Guerra del Pacífico, tal vez uno de los acontecimientos de la historia de la que más se han hecho mitologías.

Es periodista de La Razón

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